Se la había
jugado como nunca antes en toda su vida, pero era necesario. No las tenía todas
consigo ya que aquél tipo era simplemente enorme, y estaba acostumbrado a las
drogas. ¿Y si aun consiguiendo inyectarle la dosis suficiente, lo resistía? En
ese caso estaría perdido, aunque también lo estaba sin intentarlo. No tenía
nada que perder, por lo que lo había hecho y lo había conseguido; le había
clavado la aguja en la nuca y había inyectado gran parte de la droga en su
cuerpo antes de que Conrad le apartase de un fuerte empujón que le hizo caer
casi dos metros hacia la derecha.
- ¡Maldito estúpido! – le gritó, arrastrando un poco las
palabras, el medicamento estaba cumpliendo su trabajo - ¡Te mataré! – rugió,
lanzándose a por él.
- Ya veremos quién mata a quién, señor Burche – replicó
con una sonrisa divertida en los labios mientras se incorporaba – Creo que se
va a quedar muy sorprendido con lo que está a punto de descubrir – le guiñó un
ojo, divertido.
Burche se acercaba a él y Beaumont jugaba a esquivarlo, a
cansarlo. Nadie hubiese supuesto que el “jefe” médico del centro psiquiátrico
se atreviese a plantarle cara a una mole como Conrad, ni tampoco que pudiese
moverse con tanta agilidad. Roldán era un hombre de mediana edad que había
pasado gran parte de su vida recluido en aquél lugar, cuando todavía era un
auténtico centro psiquiátrico; antes de que todo cambiara, antes de que ella
llegase a sus vidas.
- Está pasando algo – comentó uno de ellos, señalando la
cabeza hacia la pared de enfrente.
- ¿El qué? Yo no veo nada – contestó el más nervioso del
grupo, pasando el peso del cuerpo de una pierna a la otra.
- Que tú no lo veas no significa que no esté pasando –
respondió con tono impaciente, como si no pudiese creer que aquél tipo fuese
tan condenadamente corto.
- Sí, ella lo ha provocado – asintió un tercero,
acercándose hacia la pared - ¿Qué podrá ser? – preguntó, pegándose contra la
pared como si la abrazara.
- No lo sé, pero creo que debemos aprovecharlo en nuestro
favor. Si hay un gran jaleo, los matones de Mazazo estarán ocupados.
- Eso creéis, ¿verdad? – dijo una voz cargada de burla,
era uno de los subalternos de Burche que se acercaba con una sonrisa, y no lo
hacía solo - ¡Vamos, muchachos! ¡Divirtámonos un poco con estos gusanos! –
sonrió, imaginando lo que podrían hacerles.
- Ya los habéis oído, divirtámonos – replicó el nervioso,
sonriendo mientras se relamía los labios. Eso inquietó un poco a los recién
llegados.
La pelea no fue demasiado larga ya que los vigilantes no
acostumbraban a llevar armas encima; no las necesitaban para abusar de
pacientes drogados e indefensos. Pero los que pretendían fugarse sí que las
llevaban encima: pequeños pinchos improvisados para defenderse en su huida
hacia la libertad. La fuerza bruta pronto se vio vencida por la locura y la
sangre. Los pacientes habían descubierto una verdad increíble: ellos eran más
que los vigilantes, ¿por qué tenerles miedo?
No tardaron en sumarse al linchamiento varios pacientes
que continuaban drogados, pero que quisieron participar en el baile de sangre,
dolor y miedo. Desmembraron, literalmente, a los vigilantes; algunos de ellos
llegaron incluso a morderlos con cierta lascivia. Los gritos inundaron las
salas del edificio, haciendo que tanto Roldán como Conrad parasen un instante
para mirar alrededor.
La gran bata blanca reía desde su posición privilegiada,
satisfecha de su trabajo en aquél lugar. Sólo hacía falta un poco de sugestión
mental para sacar lo peor del ser humano, para alimentarse de eso.
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