lunes, 17 de febrero de 2014

Centro psiquiátrico

    Se la había jugado como nunca antes en toda su vida, pero era necesario. No las tenía todas consigo ya que aquél tipo era simplemente enorme, y estaba acostumbrado a las drogas. ¿Y si aun consiguiendo inyectarle la dosis suficiente, lo resistía? En ese caso estaría perdido, aunque también lo estaba sin intentarlo. No tenía nada que perder, por lo que lo había hecho y lo había conseguido; le había clavado la aguja en la nuca y había inyectado gran parte de la droga en su cuerpo antes de que Conrad le apartase de un fuerte empujón que le hizo caer casi dos metros hacia la derecha.

- ¡Maldito estúpido! – le gritó, arrastrando un poco las palabras, el medicamento estaba cumpliendo su trabajo - ¡Te mataré! – rugió, lanzándose a por él.
- Ya veremos quién mata a quién, señor Burche – replicó con una sonrisa divertida en los labios mientras se incorporaba – Creo que se va a quedar muy sorprendido con lo que está a punto de descubrir – le guiñó un ojo, divertido.

Burche se acercaba a él y Beaumont jugaba a esquivarlo, a cansarlo. Nadie hubiese supuesto que el “jefe” médico del centro psiquiátrico se atreviese a plantarle cara a una mole como Conrad, ni tampoco que pudiese moverse con tanta agilidad. Roldán era un hombre de mediana edad que había pasado gran parte de su vida recluido en aquél lugar, cuando todavía era un auténtico centro psiquiátrico; antes de que todo cambiara, antes de que ella llegase a sus vidas.

- Está pasando algo – comentó uno de ellos, señalando la cabeza hacia la pared de enfrente.
- ¿El qué? Yo no veo nada – contestó el más nervioso del grupo, pasando el peso del cuerpo de una pierna a la otra.
- Que tú no lo veas no significa que no esté pasando – respondió con tono impaciente, como si no pudiese creer que aquél tipo fuese tan condenadamente corto.
- Sí, ella lo ha provocado – asintió un tercero, acercándose hacia la pared - ¿Qué podrá ser? – preguntó, pegándose contra la pared como si la abrazara.
- No lo sé, pero creo que debemos aprovecharlo en nuestro favor. Si hay un gran jaleo, los matones de Mazazo estarán ocupados.
- Eso creéis, ¿verdad? – dijo una voz cargada de burla, era uno de los subalternos de Burche que se acercaba con una sonrisa, y no lo hacía solo - ¡Vamos, muchachos! ¡Divirtámonos un poco con estos gusanos! – sonrió, imaginando lo que podrían hacerles.
- Ya los habéis oído, divirtámonos – replicó el nervioso, sonriendo mientras se relamía los labios. Eso inquietó un poco a los recién llegados.

La pelea no fue demasiado larga ya que los vigilantes no acostumbraban a llevar armas encima; no las necesitaban para abusar de pacientes drogados e indefensos. Pero los que pretendían fugarse sí que las llevaban encima: pequeños pinchos improvisados para defenderse en su huida hacia la libertad. La fuerza bruta pronto se vio vencida por la locura y la sangre. Los pacientes habían descubierto una verdad increíble: ellos eran más que los vigilantes, ¿por qué tenerles miedo?

No tardaron en sumarse al linchamiento varios pacientes que continuaban drogados, pero que quisieron participar en el baile de sangre, dolor y miedo. Desmembraron, literalmente, a los vigilantes; algunos de ellos llegaron incluso a morderlos con cierta lascivia. Los gritos inundaron las salas del edificio, haciendo que tanto Roldán como Conrad parasen un instante para mirar alrededor.


La gran bata blanca reía desde su posición privilegiada, satisfecha de su trabajo en aquél lugar. Sólo hacía falta un poco de sugestión mental para sacar lo peor del ser humano, para alimentarse de eso. 

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