martes, 18 de febrero de 2014

Centro psiquiátrico

- ¿Qué diablos ha sido eso? – preguntó Conrad, lamiéndose los labios con la lengua. No estaba acostumbrado a escuchar tantos gritos, si no eran provocados por él o por Beaumont.
- Parece que sus perros se están divirtiendo mucho, señor Burche – respondió Roldán sin quitarle la vista de encima. Esa distracción le venía de perlas, así las drogas harían su efecto mientras no trataba de atacarle. – Al parecer lo tenía todo planeado, ¿no es cierto? – sonrió, divertido – Una lástima que no vaya a salirse con la suya, pero no siempre se puede ganar.
- ¿De qué está hablando, medicucho? – replicó tratando de mirarlo, su imagen comenzaba a difuminarse. Se estaba quedando dormido y no podía permitirlo. Si quedaba rendido acabaría muerto…dentro de algún tiempo, con suerte. Se lanzó de nuevo contra el médico para no perder más tiempo, pero el hombre lo esquivó con gracilidad.
- No se haga el tonto conmigo, Burche, ambos sabemos que no es precisamente inteligente – sonrió, con un leve brillo en los ojos – Ya lo ha demostrado claramente al intentar traicionarme, cosa que pagará muy cara llegado el momento.

El médico había supuesto que él había provocado aquél banquete de gritos y violencia en alguna sala cercana, pero él no había sido. ¿Habría sido cosa de la gran bata blanca? Era posible, pero no tenía ningún derecho a preguntárselo; ella no permitía que nadie cuestionase sus actos. Ella era la única con la libertad real para actuar como quisiese, sin preocuparse de que nadie tratase de impedírselo.

Cuando acabaron con los tres vigilantes que habían entrado en la sala sólo quedaba un gran amasijo de carne, sangre y huesos en el suelo. Los pacientes más despiertos se miraron entre ellos y luego miraron a los otros que continuaban drogados. Algunos de ellos usaban miembros arrancados para pintar felizmente por las paredes, otros simplemente…comían.  La idea llegó al pequeño grupo al unísono, y estuvieron completamente de acuerdo; aprovecharían todo lo que estaba ocurriendo para poder escapar de allí sin problemas.

- ¡Los médicos, tenéis que ir a por los médicos! ¡Ellos nos hacen daño, los médicos y los vigilantes! – gritó uno, atrayendo la atención de los pacientes que parecían absortos en sus propios mundos.
- Sí…los médicos y los vigilantes, ellos nos hacen daño. No vamos a permitírselo más.
- ¡Sangre, sangre, sangre! – exclamó otro de ellos, azuzando a los pacientes como si de perros se tratase.

No tardó en propagarse ese grito de guerra por todo el centro. La gran mayoría de los pacientes llevaban puestas camisas de fuerza que les impedían atacar con los brazos, pero eso no les impedía lanzarse como auténticos perros a morder a los médicos y los vigilantes, que se vieron rápidamente superados y arrastrados por la creciente ola de violencia. La sangre, el dolor, el miedo fluían por todo el centro, llenándolo de gritos y olores que atravesaban cuerpos, paredes y vacío…buscando la guarida, buscando el hogar. La gran bata blanca estaba satisfecha por el banquete que le estaban ofreciendo, pero al mismo tiempo estaba preocupada; no podía permitir que los hombres que llevaban a los pacientes nuevos hacia su hogar descubriesen el horror, tenía que hacer algo por impedirlo.

- Mátalo ya, y vete a recibir a tus nuevos juguetes – susurró en la mente de Conrad, provocándole un escalofrío por el sonido de la voz – Mátalo, y ve en busca de tus nuevas cobayas – Susurró en la cabeza de Beaumont, que se lanzó directamente hacia la cabeza de Burche para tratar de dejarlo inconsciente lo antes posible; la gran bata blanca le daba una última oportunidad y no debía desaprovecharla.


Ambos se lanzaron a por el otro. 

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