- ¿Qué diablos ha sido eso? – preguntó Conrad, lamiéndose
los labios con la lengua. No estaba acostumbrado a escuchar tantos gritos, si
no eran provocados por él o por Beaumont.
- Parece que sus perros se están divirtiendo mucho, señor
Burche – respondió Roldán sin quitarle la vista de encima. Esa distracción le
venía de perlas, así las drogas harían su efecto mientras no trataba de
atacarle. – Al parecer lo tenía todo planeado, ¿no es cierto? – sonrió,
divertido – Una lástima que no vaya a salirse con la suya, pero no siempre se
puede ganar.
- ¿De qué está hablando, medicucho? – replicó tratando de
mirarlo, su imagen comenzaba a difuminarse. Se estaba quedando dormido y no
podía permitirlo. Si quedaba rendido acabaría muerto…dentro de algún tiempo,
con suerte. Se lanzó de nuevo contra el médico para no perder más tiempo, pero
el hombre lo esquivó con gracilidad.
- No se haga el tonto conmigo, Burche, ambos sabemos que
no es precisamente inteligente – sonrió, con un leve brillo en los ojos – Ya lo
ha demostrado claramente al intentar traicionarme, cosa que pagará muy cara
llegado el momento.
El médico había supuesto que él había provocado aquél
banquete de gritos y violencia en alguna sala cercana, pero él no había sido.
¿Habría sido cosa de la gran bata blanca? Era posible, pero no tenía ningún derecho
a preguntárselo; ella no permitía que nadie cuestionase sus actos. Ella era la
única con la libertad real para actuar como quisiese, sin preocuparse de que
nadie tratase de impedírselo.
Cuando acabaron con los tres vigilantes que habían
entrado en la sala sólo quedaba un gran amasijo de carne, sangre y huesos en el
suelo. Los pacientes más despiertos se miraron entre ellos y luego miraron a
los otros que continuaban drogados. Algunos de ellos usaban miembros arrancados
para pintar felizmente por las paredes, otros simplemente…comían. La idea llegó al pequeño grupo al unísono, y
estuvieron completamente de acuerdo; aprovecharían todo lo que estaba
ocurriendo para poder escapar de allí sin problemas.
- ¡Los médicos, tenéis que ir a por los médicos! ¡Ellos
nos hacen daño, los médicos y los vigilantes! – gritó uno, atrayendo la
atención de los pacientes que parecían absortos en sus propios mundos.
- Sí…los médicos y los vigilantes, ellos nos hacen daño.
No vamos a permitírselo más.
- ¡Sangre, sangre, sangre! – exclamó otro de ellos,
azuzando a los pacientes como si de perros se tratase.
No tardó en propagarse ese grito de guerra por todo el
centro. La gran mayoría de los pacientes llevaban puestas camisas de fuerza que
les impedían atacar con los brazos, pero eso no les impedía lanzarse como
auténticos perros a morder a los médicos y los vigilantes, que se vieron
rápidamente superados y arrastrados por la creciente ola de violencia. La
sangre, el dolor, el miedo fluían por todo el centro, llenándolo de gritos y
olores que atravesaban cuerpos, paredes y vacío…buscando la guarida, buscando
el hogar. La gran bata blanca estaba satisfecha por el banquete que le estaban
ofreciendo, pero al mismo tiempo estaba preocupada; no podía permitir que los
hombres que llevaban a los pacientes nuevos hacia su hogar descubriesen el
horror, tenía que hacer algo por impedirlo.
- Mátalo ya, y vete
a recibir a tus nuevos juguetes – susurró en la mente de Conrad,
provocándole un escalofrío por el sonido de la voz – Mátalo, y ve en busca de tus nuevas cobayas – Susurró en la cabeza
de Beaumont, que se lanzó directamente hacia la cabeza de Burche para tratar de
dejarlo inconsciente lo antes posible; la gran bata blanca le daba una última
oportunidad y no debía desaprovecharla.
Ambos se lanzaron a por el otro.
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