miércoles, 19 de febrero de 2014

Centro psiquiátrico

La gran bata blanca se sentía completamente satisfecha ante el enfrentamiento que estaban teniendo Conrad y Roldán por el puesto de liderazgo. No se inmiscuiría más en esa reyerta ni daría más ayudas a uno u otro, ya había hecho más que suficiente para que se enfrentasen; ahora simplemente se limitaría a observar y a esperar el resultado. Los dos sabían cuál era el final para el perdedor y qué premio se llevaría el vencedor, y ninguno quería acabar en las fauces de la gran bata blanca.

- ¿Listo para irse a la cama, señor Burche? – preguntó Beaumont con una sonrisa paternal, provocándolo.
- ¿Listo para que te aplaste la cabeza contra el suelo, doctor? – replicó Burche con una sonrisa homicida en los labios, sin embargo cada vez arrastraba más palabras y se volvía más lento, más torpe.
- Veremos si se muestra tan beligerante atado a la camilla de disección, señor Burche – respondió Roldán, seguro de la victoria.
- Veremos si sigue con esa palabrería inútil cuando use su cabeza como retrete – devolvió una nueva sonrisa, justo antes de lanzarse una vez más a por su víctima.

Sin embargo Beaumont bien pudo esquivarlo con facilidad y le hizo la zancadilla para que cayese redondo contra el suelo. El efecto de la droga hizo el resto, y Conrad Mazazo Burche acabó tendido en el suelo, inconsciente. – Bien, un problema menos del que preocuparme – comentó con indiferencia mientras se limpiaba las gafas con aire ausente, pensativo. Sabía que aún le quedaban problemas mayores que resolver antes de poder centrarse en la rebelión de ese hombre: tenía que descubrir qué estaba pasando en el centro psiquiátrico y parar la revuelta antes de que fuese demasiado tarde, sin embargo tenía miedo.

Los gritos en los pasillos se clavaban en cualquier rincón del edificio, rebotando entre paredes y multiplicándose a placer. La idea de caminar por aquél lugar, de noche, escuchando los aullidos que prometían sangre era simplemente aterradora, y Beaumont no estaba dispuesto a arriesgarse personalmente a ser atacado cuando podía mandar a alguien a que restableciese la paz en el lugar, ¿pero a quién? Era evidente que si Burche se había atrevido a rebelarse contra él no podía fiarse de ningún otro vigilante; con toda seguridad Burche los habría puesto sobre aviso y eran los mismos vigilantes los responsables de aquellos gritos que le aterraban.

- ¿Entonces qué tengo que hacer? Debería contactar con el personal médico pero…no sé dónde están, y aunque lo supiese seguimos siendo una minoría, no podríamos hacer nada – se preguntaba, camino de su despacho. Tenía que encerrarse allí, donde estaría seguro, para trazar un plan de actuación.
- Yo no permitiría que Conrad se quedase tirado en el pasillo, sin más. Si se despierta irá a por ti, tú lo sabes – susurró a su oído la sensual voz femenina que tan bien conocía.
- Burche no deja de ser una consideración menor en este momento. Lo que nos urge ahora es poner fin a toda esta espiral de locura y destrucción, para poder retomar el mando de las investigaciones y avances científicos propiamente dichos – respondió Beaumont, queriendo aparentar calma.
- Esa consideración menor puede arrancarte la espina dorsal con las propias manos – replicó la voz femenina antes de marcharse una vez más, dejando en el aire el perfume de la muerte.

Tenía que tomar la decisión, y tenía que tomarla rápidamente.

- ¿Alguno de vosotros le tiene miedo a la oscuridad? – preguntó uno de los pacientes, sonriendo.
- No, pero ellos se lo van a tener muy pronto – respondió otro.
- Hazlo, súmelos en la oscuridad. La oscuridad es buena, nos abraza – respondió el tercero.


Cuando bajó el interruptor de la energía principal, todo el centro se quedó a oscuras. Los gritos y las risas se mezclaron. 

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