La gran bata blanca se sentía completamente satisfecha
ante el enfrentamiento que estaban teniendo Conrad y Roldán por el puesto de
liderazgo. No se inmiscuiría más en esa reyerta ni daría más ayudas a uno u
otro, ya había hecho más que suficiente para que se enfrentasen; ahora
simplemente se limitaría a observar y a esperar el resultado. Los dos sabían
cuál era el final para el perdedor y qué premio se llevaría el vencedor, y
ninguno quería acabar en las fauces de la gran bata blanca.
- ¿Listo para irse a la cama, señor Burche? – preguntó
Beaumont con una sonrisa paternal, provocándolo.
- ¿Listo para que te aplaste la cabeza contra el suelo,
doctor? – replicó Burche con una sonrisa homicida en los labios, sin embargo
cada vez arrastraba más palabras y se volvía más lento, más torpe.
- Veremos si se muestra tan beligerante atado a la
camilla de disección, señor Burche – respondió Roldán, seguro de la victoria.
- Veremos si sigue con esa palabrería inútil cuando use
su cabeza como retrete – devolvió una nueva sonrisa, justo antes de lanzarse
una vez más a por su víctima.
Sin embargo Beaumont bien pudo esquivarlo con facilidad y
le hizo la zancadilla para que cayese redondo contra el suelo. El efecto de la
droga hizo el resto, y Conrad Mazazo Burche acabó tendido en el suelo,
inconsciente. – Bien, un problema menos del que preocuparme – comentó con
indiferencia mientras se limpiaba las gafas con aire ausente, pensativo. Sabía
que aún le quedaban problemas mayores que resolver antes de poder centrarse en
la rebelión de ese hombre: tenía que descubrir qué estaba pasando en el centro
psiquiátrico y parar la revuelta antes de que fuese demasiado tarde, sin
embargo tenía miedo.
Los gritos en los pasillos se clavaban en cualquier
rincón del edificio, rebotando entre paredes y multiplicándose a placer. La
idea de caminar por aquél lugar, de noche, escuchando los aullidos que
prometían sangre era simplemente aterradora, y Beaumont no estaba dispuesto a
arriesgarse personalmente a ser atacado cuando podía mandar a alguien a que
restableciese la paz en el lugar, ¿pero a quién? Era evidente que si Burche se
había atrevido a rebelarse contra él no podía fiarse de ningún otro vigilante;
con toda seguridad Burche los habría puesto sobre aviso y eran los mismos
vigilantes los responsables de aquellos gritos que le aterraban.
- ¿Entonces qué
tengo que hacer? Debería contactar con el personal médico pero…no sé dónde
están, y aunque lo supiese seguimos siendo una minoría, no podríamos hacer nada
– se preguntaba, camino de su despacho. Tenía que encerrarse allí, donde
estaría seguro, para trazar un plan de actuación.
- Yo no permitiría
que Conrad se quedase tirado en el pasillo, sin más. Si se despierta irá a por
ti, tú lo sabes – susurró a su oído la sensual voz femenina que tan bien
conocía.
- Burche no deja de
ser una consideración menor en este momento. Lo que nos urge ahora es poner fin
a toda esta espiral de locura y destrucción, para poder retomar el mando de las
investigaciones y avances científicos propiamente dichos – respondió
Beaumont, queriendo aparentar calma.
- Esa consideración
menor puede arrancarte la espina dorsal con las propias manos – replicó la
voz femenina antes de marcharse una vez más, dejando en el aire el perfume de
la muerte.
Tenía que tomar la decisión, y tenía que tomarla
rápidamente.
- ¿Alguno de vosotros le tiene miedo a la oscuridad? –
preguntó uno de los pacientes, sonriendo.
- No, pero ellos se lo van a tener muy pronto – respondió
otro.
- Hazlo, súmelos en la oscuridad. La oscuridad es buena,
nos abraza – respondió el tercero.
Cuando bajó el interruptor de la energía principal, todo
el centro se quedó a oscuras. Los gritos y las risas se mezclaron.
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