- Y yo creo que no dices más que tonterías – replicó otro
de ellos, que llegaba desde otra habitación. Estaba manchado de sangre, pero
sonreía de manera compulsiva – ¿Un ente aquí, entre nosotros? – sonrió de
manera sarcástica, negando con la cabeza – No es más que una sarta de estupideces.
No hay ningún ser maligno aquí dentro, más que nosotros mismos – se cruzó de
brazos, a la defensiva, mirándolos a todos. Parecía como si los estuviese
retando a llevarle la contraria.
Durante un instante se miraron en silencio, preguntándose
qué hacer, cómo reaccionar. Si bien era cierto que la idea de una criatura
extraordinaria, responsable de los actos cometidos en esos edificios, no dejaba
de ser una locura tampoco podían asegurar que no existiera algo así. Cuando las
tres miradas se encontraron sintieron el mutuo acuerdo de inmediato, y se
lanzaron a por el cuarto miembro en discordia para hacerlo callar de una vez
por todas – Una sola voz, una sola alma. Un solo cuerpo, una sola mente –
susurraban al unísono, persiguiéndolo por la habitación.
- Está bien, ya es
hora de terminar con esta tontería. Alguien debe poner fin a toda esta locura
para devolver el orden al centro, y ese debo ser yo – pensó saliendo del
despacho, aún con los nervios a flor de piel.
El pasillo por el que tenía que avanzar en ese momento
estaba oscuro, pero desierto. Ya no se escuchaban los gritos tan fuertes como
antes, y sabía que eso era bueno: significaba que la locura se había alejado de
él, o al menos eso esperaba. No se alejaba la idea de encargarse de Burche en
primer lugar; sabía que ella tenía razón y que si no se encargaba de quitarlo
de en medio cuanto antes lo acabaría lamentando demasiado. Se dirigió
directamente hacia la sala donde había tenido lugar el enfrentamiento, sabiendo
que el cuerpo ya no estaría allí, que se habría marchado. Afortunadamente el
cuerpo seguía allí, tumbado – No voy a
ser tan estúpido de caer en una trampa tan antigua, señor Burche – pensó,
seguro de que estaba fingiendo seguir inconsciente.
- Vosotros dos – ordenó a dos “enfermeros” que se
escondían bajo unas mesas – Coged a ese y llevadlo a mi quirófano personal,
aseguraos de que no puede escaparse – dijo con seriedad.
- Pero doctor… ¿qué está pasando? – preguntó uno de
ellos, claramente asustado.
- Nada fuera de lo corriente – respondió Beaumont sin ni
siquiera mirarlo – Limítense a cumplir con lo que les he ordenado, y háganlo
como dios manda. Espero que no sea necesario recordar que YO soy dios – esbozó
una sonrisa gélida.
Los dos enfermeros no perdieron tiempo en llevárselo a
rastras, aunque apenas podían cargar con aquella mole, para no hacer enfadar al
director del centro. No sabían qué estaba ocurriendo allí, pero desde luego no
querían hacer enfadar a aquél hombre. – Bien,
solucionado el problema más acuciante puedo continuar con el siguiente: la
llegada de los nuevos pacientes. Tengo que recibirlos y convencer a esos dos
idiotas de que no hay nada fuera de lo corriente – pensó, acercándose hacia
la salida del edificio – Tú, ve al sótano y arregla el problema de la luz –
Ordenó a otro de los enfermeros, que le miraba en silencio. El hombre salió
corriendo, ignorando sus propios miedos. – Bien,
todo está recuperando la razón. Poco a poco los problemas se van solucionando.
Cuando me haya ocupado de recibir a los nuevos conejillos de indias podré
enfrentarme a los otros vigilantes. Les diré que Conrad fue asesinado por un
grupo de pacientes eufóricos, pero que pueden divertirse con los recién
llegados. Cuando haya terminado con eso…podré ajustar cuentas con Burche, sí señor
– pensó satisfecho mientras esperaba en la entrada del centro, silbando una
cancioncilla infantil de forma inconsciente.
Mientras tanto, la gran bata blanca continuaba riendo en
su guarida, atenta a todo cuanto hacían los humanos en su fina red de seda
invisible.
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