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jueves, 13 de marzo de 2014

Delia en el país de la oligofrenia [19]

    Se perdió sin remedio en los ojos del gato que la miraba, hundiéndose sin querer evitarlo en la mirada ambarina de aquellos ojos intensos que la observaban. Por un segundo estuvo convencida de que aquellos ojos la habían traspasado y que observaban en silencio su alma, juzgándola, pero finalmente el gato comenzó a lamerse una pata con gesto tranquilo; sólo había sentido un ápice de curiosidad por la recién llegada, pero ahora volvía a centrarse en sus propios asuntos.
    Sonrió un poco ante el gesto y negó con la cabeza, aliviada.

- Qué tonterías pienso. – sonrió, pasándose dos dedos por la frente para apartarse unos mechones de pelo. – Al fin hay alguien normal en esta casa, aparte de mí.

    El gato dejó de lamerse la pata y la miró fijamente de nuevo. Se puso en pie, quedando apoyado sobre las patas traseras, como si quisiera mirarla fijamente a los ojos; como si tuviese algo muy importante que decirle y necesitase captar toda la atención de la chica para asegurarse de que entendía lo que estaba a punto de decirle. Delia no pudo evitar una sonrisa divertida al ver el gesto del animal.

- Yo diría que lo que piensas son realidades, y lo que dices son las tonterías. – replicó el gato con tono suave, mirándola con aspecto sagaz.

    Se quedó petrificada al escuchar al gato hablar, incapaz de creer lo que estaba escuchando. Jamás hubiese imaginado que aquél animal también fuese de los que hablase; no le daba esa sensación.
    Abrió la boca para responder, pero era incapaz de articular palabra.

- Yo…yo… - susurró, aún sorprendida.
- Sí, creías que era un gato de verdad, ¿no es así? – preguntó Gato volviendo a apoyarse sobre las cuatro patas. – Es normal, todos en este sitio han ido a hablarte directamente. Todos, excepto yo. – sonrió, o hizo un gesto que se parecía mucho a una sonrisa.
- S-sí, así es. – asintió ella, sonriendo un poco más al ver que el gato quedaba sentado de una forma elegante pero algo cómica. – No…no quería ofenderte, perdona.
- No me ofendes, no podrías hacerlo aunque quisieras. – aseguró, estirándose un poco. – Así que ya has conocido al viejo Oliver, ¿eh? bueno, en realidad no lo has conocido. No te atreviste a mirarlo, ¿verdad? No te culpo. – continuó el animal con tono suave.

    Volvió  a quedarse sin habla. Estaba completamente convencida de que nadie en el interior de la casa se había enterado de lo que había sucedido en el jardín, sin embargo Gato parecía estar enterado. Lo miró con suspicacia, sin fiarse de lo que pudiese querer.
    Gato no pudo evitar reír un poco por lo bajo al ver la forma en que reaccionaba Delia. Había caminado unos pasos por el pasamano pero ahora volvía de nuevo hacia donde ella se encontraba.

- Ya veo, no entiendes aún cómo funciona este lugar, ¿verdad? – dijo mirándola, luego volvió a lamerse una pata. – Supongo que nadie te ha contado gran cosa, pero si estás dispuesta a escuchar sin interrumpirme yo puedo contarte algunas cosas que puedan interesarte.

    Los ojos de ella centellearon y brillaron por lo que el animal acababa de decirle, al fin parecía que alguien estaba dispuesto a ayudarle. Sin embargo Ratón había dicho que algunos de los habitantes de aquél extraño lugar podrían mentirle para beneficiar a Oliver. ¿Sería Gato uno de esos seres? Por el momento escucharía. Mientras fuese él el que hablase no pasaría nada; el problema llegaría en el momento de tener que decir ella algo.

- Te escucho. – dijo, tratando de decir lo menos posible.

- Bien, me gusta oír eso. – asintió el animal dejando de lamerse la pata y volviendo a mirarla fijamente. – He visto lo que ha pasado en el jardín, porque yo conozco el camino para ir del jardín a la casa sin que nadie me vea; cosa que tú necesitarás saber si estás realmente dispuesta a enfrentarte a Oliver. – comentó con tono indiferente. - ¿Estás dispuesta a hacerlo?

miércoles, 12 de marzo de 2014

Centro psiquiátrico

    Los tres pacientes le miraron en silencio, preguntándose quién diablos le habría nombrado jefe del grupo; el grupo no tenía ningún jefe, todos eran parte de él y él era parte de todos. No sabrían explicar por qué, pero debía ser así.

- Pero si vamos capo a través correremos el riesgo de andar en círculos durante horas, hasta que alguien del manicomio nos encuentre; estaríamos exactamente en la misma situación. – dijo uno de los pacientes con tono nervioso, mirando a los otros buscando aprobación.
- En cambio si seguimos la carretera podremos ver el edificio desde lejos, por lo que podremos marcharnos antes de que ellos nos vean a nosotros. – asintió otro, mirándolo fijamente a los ojos.
- Creo que lo más inteligente es seguir la carretera y dar media vuelta si resulta que vamos en la dirección incorrecta. – miró al tipo que seguía por delante de los tres. Tenían que hacerle entrar en razón como fuese. – Además, no tenemos agua ni comida encima. Si nos perdemos y no encontramos nada… - no terminó la frase. Todos sabían perfectamente lo que pasaría.

    Los miró en silencio, incapaz de resistirse a la presión de grupo. Algo le hacía pensar que era mejor que siguiesen juntos y que no debían separarse; al menos de momento.

- Puede que tengáis razón… - aventuró, con tono dudoso.
- Adelante, ve con ellos. En cuanto os encontréis frente al manicomio te darán una patada para que te atrapen a ti mientras ellos huyen. No creerás realmente que puedes fiarte de ninguno de esos locos, ¿verdad? No creo que seas tan tonto como para poner tu vida en sus manos. – susurró una voz en sus oídos.

    La repentina voz le aturdió, sacudiéndolo por completo como una onda expansiva repentina. Era femenina y sensual, no podía resistirse a las palabras que sonaban justo tras su oído; le hacían suaves cosquillas y le embelesaban.
    No sabía quién las había pronunciado, pero no quería saberlo; sabía que si se arriesgaba a cuestionarlas, aquellas palabras no volverían a hablarle jamás, y él no sería capaz de vivir sin volver a oírlas.

- Pero no es la mejor opción. – insistió, convencido. – Si vamos por la carretera no tardarán en encontrarnos, ¿no recordáis que tienen vehículos? – se cruzó de brazos, negando con la cabeza. – No pienso dejar que esos desgraciados me vuelvan a atrapar, y mucho menos voy a dejar que vosotros me entreguéis. – escupió las palabras como si fuese una serpiente escupiendo veneno, con tono acusador.

    Los tres pacientes le miraron estupefactos, incapaces de creer lo que estaban oyendo. Ese hombre estaba intentando romper el grupo, y era algo que no podían permitir; en las cabezas de los tres sonaban alarmas que indicaban que el grupo no debía romperse.
    La gran bata blanca sonrió satisfecha, relamiéndose para limpiarse las manchas de sangre fresca de los labios. Ella había sembrado la semilla de la duda en uno de esos cuatro, y ahora sólo tendría que esperar a que germinase el árbol de la desconfianza. No podía permitir que ese grupo permaneciese compacto; podrían estropear sus planes.

- No digas tonterías, claro que no vamos a entregarte a esos desgraciados. – respondió uno de ellos, cruzándose de brazos.
- Todos hemos vivido esa pesadilla, ninguno quiere volver a ella. Estamos juntos en esto, y así seguiremos. Al menos hasta que logremos salir de aquí. – dijo otro de ellos, reforzando el compromiso.


    Se hizo el silencio mientras los miraba, preguntándose si realmente podía seguir confiando en aquellos tres. Los necesitaba, pero no pensaba dejarse engañar. 

martes, 11 de marzo de 2014

Centro psiquiátrico

- No eres el único al que se lo parece, te lo prometo. – replicó Beaumont con tono irónico.
- Quiero decir… ¿por qué se supone que tenemos que ser nosotros los que se encarguen, otra vez, de intentar encerrarla? Ya tuve suficiente con la primera vez que la vi. No necesito una segunda vez para volverme más loco de lo que ya estamos. – insistió Burche con tono inseguro.
- No hace falta que lo jures, ya veo que te da auténtico miedo. Sin embargo no has dudado un momento en aliarte con ella para matarme. – dijo Roldán con una sonrisa divertida en los labios, no había ápice de reproche en sus palabras.
- Bueno, ya me había cansado de que fueses tú el que se divertía. – se encogió de hombros sin más. – Pensé que era hora de renovar la sangre de este sitio, y darle un cambio de imagen. Quizá hubiese sido un bonito coto de caza privado. – sonrió.
- Tal vez. – asintió Beaumont, convencido. – La verdad es que hay una buena extensión de terreno hasta cualquier salida, se podrían organizar unas bonitas y divertidas jornadas de caza.
- Y se harán, no os preocupéis. Soy yo la que os está cazando en este momento, ¿recordáis? Claro que lo hacéis. – dijo la voz femenina de la gran bata blanca, aquello les provocó un escalofrío a ambos.
- Démonos prisa. – susurró Burche.

    Se la dieron; tenían que avanzar hacia el sótano del edificio para poder encontrar la sala de calderas  y buscar la forma de volarla. No era seguro que con eso lograsen encerrarla, por no decir que no estaban seguros de que siquiera provocasen un derrumbamiento, pero era la mejor opción de que disponían.

- Por favor, dime que sólo fuiste tú el que desconectó la luz. – pidió Beaumont en un susurro.
- Sí, he sido sólo yo, ¿pero qué más da eso? – preguntó Conrad mirándolo de soslayo sin comprender, cosa que no sorprendió en absoluto al otro.
- Si pusiste a alguien al cargo de proteger que la luz estuviese apagada, vamos listos. – respondió Beaumont con tono sarcástico.
- Si hubiese puesto a alguien al cargo de eso, daría igual. Nos vería llegar a ambos y cumpliría a tus órdenes o las mías. – replicó Burche con un encogimiento de hombros.
- Si pusiste a alguien al cargo de eso, pedazo de alcornoque, lo más probable es que ella se hubiese encargado de convencerle de que nos mate. – dijo Roldán mirándolo fijamente.
- Aunque así fuera, somos dos y él sólo sería uno. – insistió Burche con otro encogimiento de hombros sencillo.
- A menos que ese hombre hubiese llamado a media docena más, o incluso a dos docenas. – replicó Beaumont, incapaz de creer lo que estaba oyendo.
- En cuyo caso no podríamos hacer gran cosa, y acabarían matándonos o entregándonos a ella. – replicó Burche, cansado. – Por lo que tampoco tendría mucho sentido preocuparse por eso, ¿no crees? – preguntó ahora con tono sarcástico él.
- Pues…tienes razón. – asintió, tras un breve silencio.

    La risa de la gran bata blanca volvió a resonar por el pasillo. Avanzaron en silencio entre aquellas paredes llenas de pintadas y dibujos, llenas de un simbolismo extraño y desconocido; símbolos que no habían visto antes, y cuya escritura era reciente. Tan reciente, que la “pintura” aún chorreaba por la pared dejando sinuosos y oscuros surcos. La temperatura comenzaba a bajar a cada paso que daban, y sabían perfectamente a qué se debía eso; y no les gustaba en absoluto.

- Creo que lo más inteligente sería buscar la carretera por la que se fue el autobús, y seguirla. – propuso uno con tono nervioso.

- Nos arriesgaríamos a que nos encontrasen, o a acabar volviendo al edificio por error. – negó otro con la cabeza. – No pienso arriesgarme a eso, iremos campo a través. 

jueves, 27 de febrero de 2014

Delia en el país de la oligofrenia

- Ya lo has oído, niña. – Respondió Cuervo tratando de sonreír satisfecho por la crueldad de sus palabras, disfrutando del momento escaso mientras la cabeza volvía a girar.
- ¿Cómo que retrasar la decisión empeorará mi situación? ¿Qué diablos queréis decir con eso? – preguntó, claramente sorprendida y enfadada.
- Perdone los modales de mi otro yo, señorita Dalia – respondió Búho, estaba claramente avergonzado. – Creo que lo que quiere decir es que no le conviene perder demasiado tiempo en la elección de lo que quiere ser en su futura vida, de lo contrario no se transformará de forma completa y acabará…bueno, como nosotros.
- ¿Pero a qué viene todo esto? ¡Quiero una respuesta, Y LA QUIERO AHORA! – gritó, enfurecida. De nuevo la vegetación y todos los elementos exteriores de la casa se giraron para mirarla con odio enfado. Ella les devolvió la misma mirada.
- N-no grite, señorita Dalia, por favor. No queremos que él se enfade y haga venir a… - silencio, una vez más. Todo aquello enfurecía a la mujer, y probablemente lo sabían, pero no podía ser de otra forma, así eran las reglas.
- ¿A quién? – preguntó ella, desafiante. – ¿A Reloj? – preguntó con tono de burla.
- Al gu-guardian del jardín, señorita Dalia – respondió Búho, nervioso, mirando alrededor.
- ¿Quién es el guardián del jardín? – preguntó ella, cansada de tanto misterio.

Búho no respondió a la pregunta, simplemente alzó el vuelo y se perdió en uno de aquellos árboles. Parecía tener bastante prisa para alejarse de ella en ese momento. Se dirigió hacia la fuente que no funcionaba y se sentó en el borde, harta. Dio un fuerte puñetazo contra el mármol y maldijo en voz baja.

- Ñem… ¿sabes qué? Sí, no creo que eso sea una buena idea – dijo una voz baja y ligeramente aguda, una voz definitivamente chillona.
- ¿Por qué el estúpido guardián del jardín se va a enfadar? – respondió ella, sarcástica. - ¿Y qué aspecto se supone que tiene, eh? ¿Será quizás una mezcla de hombre y regadera? ¿O tal vez el cuerpo de una pala y la cabeza de un niño? ¡Aquí todo es muy raro! – replicó, dando otro puñetazo.
- No…en realidad no, es de lógica, ¿sabes? No puedes poner a un tipo que se vea ridículo para proteger nada, nadie se lo tomaría en serio. – Respondió la voz, cada vez más cerca. Sin embargo Dalia no podía distinguir quién hablaba ahora.
- Si has venido a contarme las cosas a medias y luego marcharte, dejándome llena de preguntas y dudas, será mejor que te marches. No estoy de humor para seguir soportando tonterías. – Advirtió en tono serio. La voz tardó unos segundos en responder, como si estuviese pensándoselo. En realidad, estaba comiendo.
- Oh, no, yo no soy de esos. Yo sé muchas cosas, ¿sabes? Soy el tipo más listo de todo este sitio – respondió con orgullo.
- ¿Pero vas a responderme lo que yo quiero saber? – volvió a insistir ella, al borde del límite.
- Puedo responder a muchas cosas, sí, pero que yo pueda responderlas no significa que quiera hacerlo, ¿no crees? Por cierto, me llamo Ratón. – Dijo la vocecilla, saliendo por fin de debajo del muro, escalando por las piedras hasta colocarse sobre una de las piernas de la muchacha. – Está claro que aquí no son muy imaginativos poniendo nombres, ¿verdad?

No perdió el tiempo con tonterías; agarró al ratón con una mano con más fuerza de la necesaria y lo puso ante sus ojos. Lo miró en silencio durante unos segundos, esbozando una sonrisa satisfecha. Había causado dolor y miedo en Ratón, y eso le gustaba, haría que esa cosa le diese respuestas.

- Escúchame bien, porque sólo te lo diré una vez. ¿Entendido? – preguntó mirándolo fijamente. – Si no me respondes lo que yo quiero, te aplastaré como si no fueses más que una hoja seca.
Ratón sonrió un poco y mordió uno de los dedos de Dalia, consiguiendo soltarse. Se escabulló de ella lo suficiente como para sentirse a salvo y le devolvió la mirada, enfadado. – Iba a contarte muchas cosas que te interesan, pero ahora te quedas sola.

- ¡No, espera, por favor! – exclamó ella, arrepentida. – Lo siento, Ratón, no quería hacerte daño. Estoy cansada de tonterías. ¿Me perdonas?

viernes, 21 de febrero de 2014

Centro psiquiátrico

- Y yo creo que no dices más que tonterías – replicó otro de ellos, que llegaba desde otra habitación. Estaba manchado de sangre, pero sonreía de manera compulsiva – ¿Un ente aquí, entre nosotros? – sonrió de manera sarcástica, negando con la cabeza – No es más que una sarta de estupideces. No hay ningún ser maligno aquí dentro, más que nosotros mismos – se cruzó de brazos, a la defensiva, mirándolos a todos. Parecía como si los estuviese retando a llevarle la contraria.

Durante un instante se miraron en silencio, preguntándose qué hacer, cómo reaccionar. Si bien era cierto que la idea de una criatura extraordinaria, responsable de los actos cometidos en esos edificios, no dejaba de ser una locura tampoco podían asegurar que no existiera algo así. Cuando las tres miradas se encontraron sintieron el mutuo acuerdo de inmediato, y se lanzaron a por el cuarto miembro en discordia para hacerlo callar de una vez por todas – Una sola voz, una sola alma. Un solo cuerpo, una sola mente – susurraban al unísono, persiguiéndolo por la habitación.

- Está bien, ya es hora de terminar con esta tontería. Alguien debe poner fin a toda esta locura para devolver el orden al centro, y ese debo ser yo – pensó saliendo del despacho, aún con los nervios a flor de piel.

El pasillo por el que tenía que avanzar en ese momento estaba oscuro, pero desierto. Ya no se escuchaban los gritos tan fuertes como antes, y sabía que eso era bueno: significaba que la locura se había alejado de él, o al menos eso esperaba. No se alejaba la idea de encargarse de Burche en primer lugar; sabía que ella tenía razón y que si no se encargaba de quitarlo de en medio cuanto antes lo acabaría lamentando demasiado. Se dirigió directamente hacia la sala donde había tenido lugar el enfrentamiento, sabiendo que el cuerpo ya no estaría allí, que se habría marchado. Afortunadamente el cuerpo seguía allí, tumbado – No voy a ser tan estúpido de caer en una trampa tan antigua, señor Burche – pensó, seguro de que estaba fingiendo seguir inconsciente.

- Vosotros dos – ordenó a dos “enfermeros” que se escondían bajo unas mesas – Coged a ese y llevadlo a mi quirófano personal, aseguraos de que no puede escaparse – dijo con seriedad.
- Pero doctor… ¿qué está pasando? – preguntó uno de ellos, claramente asustado.
- Nada fuera de lo corriente – respondió Beaumont sin ni siquiera mirarlo – Limítense a cumplir con lo que les he ordenado, y háganlo como dios manda. Espero que no sea necesario recordar que YO soy dios – esbozó una sonrisa gélida.

Los dos enfermeros no perdieron tiempo en llevárselo a rastras, aunque apenas podían cargar con aquella mole, para no hacer enfadar al director del centro. No sabían qué estaba ocurriendo allí, pero desde luego no querían hacer enfadar a aquél hombre. – Bien, solucionado el problema más acuciante puedo continuar con el siguiente: la llegada de los nuevos pacientes. Tengo que recibirlos y convencer a esos dos idiotas de que no hay nada fuera de lo corriente – pensó, acercándose hacia la salida del edificio – Tú, ve al sótano y arregla el problema de la luz – Ordenó a otro de los enfermeros, que le miraba en silencio. El hombre salió corriendo, ignorando sus propios miedos. – Bien, todo está recuperando la razón. Poco a poco los problemas se van solucionando. Cuando me haya ocupado de recibir a los nuevos conejillos de indias podré enfrentarme a los otros vigilantes. Les diré que Conrad fue asesinado por un grupo de pacientes eufóricos, pero que pueden divertirse con los recién llegados. Cuando haya terminado con eso…podré ajustar cuentas con Burche, sí señor – pensó satisfecho mientras esperaba en la entrada del centro, silbando una cancioncilla infantil de forma inconsciente.


Mientras tanto, la gran bata blanca continuaba riendo en su guarida, atenta a todo cuanto hacían los humanos en su fina red de seda invisible.