Se perdió
sin remedio en los ojos del gato que la miraba, hundiéndose sin querer evitarlo
en la mirada ambarina de aquellos ojos intensos que la observaban. Por un
segundo estuvo convencida de que aquellos ojos la habían traspasado y que
observaban en silencio su alma, juzgándola, pero finalmente el gato comenzó a
lamerse una pata con gesto tranquilo; sólo había sentido un ápice de curiosidad
por la recién llegada, pero ahora volvía a centrarse en sus propios asuntos.
Sonrió un
poco ante el gesto y negó con la cabeza, aliviada.
- Qué tonterías pienso. – sonrió, pasándose dos
dedos por la frente para apartarse unos mechones de pelo. – Al fin hay alguien
normal en esta casa, aparte de mí.
El gato
dejó de lamerse la pata y la miró fijamente de nuevo. Se puso en pie, quedando
apoyado sobre las patas traseras, como si quisiera mirarla fijamente a los
ojos; como si tuviese algo muy importante que decirle y necesitase captar toda
la atención de la chica para asegurarse de que entendía lo que estaba a punto
de decirle. Delia no pudo evitar una sonrisa divertida al ver el gesto del
animal.
- Yo diría que lo que piensas son realidades, y lo
que dices son las tonterías. – replicó el gato con tono suave, mirándola con
aspecto sagaz.
Se quedó
petrificada al escuchar al gato hablar, incapaz de creer lo que estaba
escuchando. Jamás hubiese imaginado que aquél animal también fuese de los que
hablase; no le daba esa sensación.
Abrió la
boca para responder, pero era incapaz de articular palabra.
- Yo…yo… - susurró, aún sorprendida.
- Sí, creías que era un gato de verdad, ¿no es así?
– preguntó Gato volviendo a apoyarse sobre las cuatro patas. – Es normal, todos
en este sitio han ido a hablarte directamente. Todos, excepto yo. – sonrió, o
hizo un gesto que se parecía mucho a una sonrisa.
- S-sí, así es. – asintió ella, sonriendo un poco
más al ver que el gato quedaba sentado de una forma elegante pero algo cómica.
– No…no quería ofenderte, perdona.
- No me ofendes, no podrías hacerlo aunque
quisieras. – aseguró, estirándose un poco. – Así que ya has conocido al viejo
Oliver, ¿eh? bueno, en realidad no lo has conocido. No te atreviste a mirarlo,
¿verdad? No te culpo. – continuó el animal con tono suave.
Volvió a quedarse sin habla.
Estaba completamente convencida de que nadie en el interior de la casa se había
enterado de lo que había sucedido en el jardín, sin embargo Gato parecía estar
enterado. Lo miró con suspicacia, sin fiarse de lo que pudiese querer.
Gato no
pudo evitar reír un poco por lo bajo al ver la forma en que reaccionaba Delia.
Había caminado unos pasos por el pasamano pero ahora volvía de nuevo hacia
donde ella se encontraba.
- Ya veo, no entiendes aún cómo funciona este lugar,
¿verdad? – dijo mirándola, luego volvió a lamerse una pata. – Supongo que nadie
te ha contado gran cosa, pero si estás dispuesta a escuchar sin interrumpirme
yo puedo contarte algunas cosas que puedan interesarte.
Los ojos
de ella centellearon y brillaron por lo que el animal acababa de decirle, al
fin parecía que alguien estaba dispuesto a ayudarle. Sin embargo Ratón había
dicho que algunos de los habitantes de aquél extraño lugar podrían mentirle
para beneficiar a Oliver. ¿Sería Gato uno de esos seres? Por el momento escucharía.
Mientras fuese él el que hablase no pasaría nada; el problema llegaría en el
momento de tener que decir ella algo.
- Te escucho. – dijo, tratando de decir lo menos
posible.
- Bien, me gusta oír eso. – asintió el animal
dejando de lamerse la pata y volviendo a mirarla fijamente. – He visto lo que
ha pasado en el jardín, porque yo conozco el camino para ir del jardín a la
casa sin que nadie me vea; cosa que tú necesitarás saber si estás realmente
dispuesta a enfrentarte a Oliver. – comentó con tono indiferente. - ¿Estás
dispuesta a hacerlo?