- Te digo que hay algo que no me gusta en todo esto –
insistió, mirando al conductor con miedo.
El conductor suspiró profundamente, mirándolo de reojo.
Estaba cansado, tenía sueño y también estaba asustado, aunque no permitiría que
el otro lo supiese; sólo le faltaba eso, que a su compañero le diese un total
ataque de histeria. – Y yo te digo que no está pasando nada de lo corriente –
repitió, cono tono mecánico – Mira, francamente creo que todo esto no es más
que mera cuestión de sugestividad, ¿sabes? Creo que estás cansado y que tu
mente te está jugando una mala pasada, ¿me sigues? – hizo una pausa, aunque no
le dejaría responder aún – Estamos aquí, rodeados de criminales y locos, camino
de un centro psiquiátrico en plena noche. Comprendo perfectamente que todo esto
te afecte, tranquilo; a mí también me pasaba exactamente lo mismo cuando empecé
a trabajar haciendo esta ruta, pero con el tiempo verás que no va a suceder
nada malo, ¿de acuerdo? – hablaba con tono áspero mal disimulado – Sólo tienes
que relajarte un poco y seguir concentrado en tu tarea.
- ¿Tú crees? – preguntó, sin convencimiento, mirándolo. –
Quiero decir, ¿crees que sólo se trate de mera sugestión? – no lo creía. Estaba
completamente convencido de que allí estaba sucediendo algo malo, algo muy
malo. Todo su cuerpo estaba gritándole que obligase al conductor a dar la media
vuelta o, al menos, a que parase para dejarle salir. No quería permanecer en
aquél lugar ni un segundo más.
- ¡Pues claro, hombre! – exclamó el conductor, calmándose
un poco. No había sido justo perder los nervios con el novato; comprendía que
estuviese cagado de miedo – Mira, te entiendo perfectamente. Este lugar
desprende malas vibraciones porque dentro no hay precisamente ositos de peluche
y golosinas, ¿sabes? – se encogió de hombros, tratando de mostrarse todo lo
indiferente que podía – Pero al final acabarás acostumbrándote, y llegará el
momento en que no hagas el mínimo caso a todo eso. A mí al principio tampoco me
gustaba un pelo hacer esta ruta, pero es la mejor manera para poder elegir ruta
en el futuro. Es como si te diesen preferencia por hacer esta.
- Espero que tengas razón – dijo volviendo la mirada a
los pacientes, que por suerte para él continuaban drogados y dormidos. Aunque
habría jurado que había visto a algunos sonreír en una ocasión, y eso le ponía
más nervioso – Siento estar dándote la nochecita, es que este sitio… - se
encogió de hombros.
- Tranquilo, no tardaremos demasiado. Nos estará esperando
el director con un par de enfermeros que se encargarán de sacarlos de aquí y
llevarlos a las habitaciones. Un par de
firmas y luego tú y yo nos marcharemos de aquí lo más rápido posible. Y no
habrá más trabajo hasta el próximo traslado de pacientes – explicó con voz
mucho más tranquila, a sabiendas de que su compañero lo agradecería.
Ya había visto las luces del vehículo a lo lejos, y se
frotó las manos para entrar en calor. Había tenido un escalofrío pero lo había
achacado al frío que hacía allí fuera, en el patio. Había hablado con algunos
de los vigilantes, sorprendiéndose de la ausencia de otros, y los había logrado
convencer de que habían sido los propios pacientes quienes le habían atacado y
asesinado. Sonrió un poco, mirándolos por el rabillo del ojo – Me ganaré la absoluta lealtad de estos
cuatro brutos y nombraré jefe de vigilantes al más leal de todos. Por fin se ha
acabado esta pesadilla…y puedo ser yo, una vez más, el que las desate – pensó,
satisfecho.
En alguna habitación, olvidada, atado a la camilla con
varias correas Conrad Mazazo Burche tenía un sueño horrible. Soñaba que una
gran araña de resplandeciente metal le perseguía por túneles de hierro oxidado,
siempre riendo tras él.
- Lo siento,
Conrad. Te he dado una oportunidad y la has desaprovechado, ahora debes pagar
las consecuencias – susurró una voz en su oído, haciendo que se
estremeciera, asustado.
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