domingo, 23 de febrero de 2014

Delia en el país de la oligofrenia [3]

DALIA:

    Abrió los ojos un poco confundida, desorientada, sin saber dónde estaba exactamente. Siempre que despertaba se sentía agotada mentalmente, sobre todo si hablaba con ella, la ella que en ocasiones le hablaba en la mente. Se sorprendió un poco al ver que se encontraba en una habitación acolchada, con una simple cama como único mueble en todo el espacio, que no era demasiado grande. - ¿Dónde demonios estoy? – se preguntó mentalmente, deseando que ella le respondiese – Y, más importante aún, ¿cómo he llegado hasta aquí? – se preguntó ahora, poniéndose en pie. Era un fastidio no recordar qué había pasado desde la última vez que se había despertado. Se acercó hacia la puerta de metal que tenía frente a la cama y tuvo que ponerse de puntillas para poder echar un vistazo por el pequeño panel de cristal que había. – ¿Qué demonios es este lugar? – se preguntó con cierto pánico al ver una infinidad de puertas, iguales a la suya, en el pasillo frente a ella. Debía de estar en una especie de cárcel u hospital, o algo similar, pero no recordaba cómo había llegado hasta allí. Y, ahora que lo pensaba, ¿quién era esa ella? La conocía, estaba segura de eso, pero no lo recordaba. Trató de abrir la puerta, pero no había pomo en su lado.

- ¿Tú tampoco sabes dónde estás? – preguntó la voz de ella, era un alivio escucharla.
- No, ¿tú estás conmigo? – preguntó, sin recordar nada.
- No lo sé, no lo creo. Yo estoy en un lugar muy extraño, nada es lo que parece. Un hombre con aspecto de reloj parece ser el que manda aquí, pero no me cuenta nada. Y en el jardín hay una araña que habla…pero tampoco me cuenta nada – respondió ella, con voz apagada. – ¿Qué ves tú, en  tu ventana? – su voz sonaba lejos.
- Sólo veo un largo pasillo, y un montón de puertas. No veo a nadie, no sé qué pasa, pero no hay ningún jardín – respondió Ella, tratando de abrir una vez más.

El pánico estaba adueñándose de sus acciones, y no podía controlarlo. Trató de forcejear con la puerta y trató de abrirla a golpes, pero no consiguió nada. Finalmente trató de derribarla, lanzándose contra ella, pero sólo consiguió hacerse daño…y provocar gritos. ¿De dónde provenían aquellos gritos? De algún lugar, cerca de Ella, los oía. ¿Vendrían de las puertas que había visto? Era lo más probable, pero no por ello lo correcto. Empezó a golpear de nuevo la puerta, tratando de llamar la atención de alguien. – Al menos no estoy sola en este lugar – pensó, aunque no resultaba un gran consuelo. – No estás sola, nunca lo estás. De una forma u otra, siempre me tienes a mí. O al menos eso creo – dijo la voz de ella. ¿Pero dónde estaba esa ella, y quién era? La sentía casi como si fuese ella misma, ¿pero por qué? Las preguntas se acumulaban y no habían respuestas.

- ¡Basta, basta! – gritaba una voz, fuera de la habitación. – He dicho que ya está bien, ¡calmaos! – exclamaba, tratando de hacer callar los gritos sin conseguirlo.
- ¿Quién es ell…esa? – corrigió, consciente de que sólo habían dos ella. Ella y ella, Ella y ella. Sólo dos.
- ¡Ya está bien! – insistía, subiendo las escaleras de metal que la llevaban hacia su galería. Se acercaba hacia su habitación, ella lo sabía. ¿Sería amiga o enemiga? Eso no lo sabía, así que decidió esperar, alerta.

La puerta de su habitación después de que una mujer, joven, se asomase a mirar por el cristal. Cuando entró pudo ver que se trataba de una enfermera que la miraba en silencio, como si estuviese calculando posibilidades decidiendo cómo actuar a continuación. Al fin abrió la boca, dando un paso al frente.

- ¿Otra pesadilla, Dalia? – preguntó, con tono amable, mirándola con cierta lástima.
- No lo sé, ¿dónde estoy? – preguntó Ella, alejándose cuanto le era posible de la enfermera, pegándose a la pared de la minúscula habitación.
- Una vez más… - susurró la enfermera, cansada – Estás en tu casa, Dalia, con la gente que te quiere y te cuida – sonrió de forma exagerada – ¿No lo recuerdas?
- No, no lo recuerdo. Pero esto no tiene pinta de ser una casa – respondió, con más desconfianza aún.

- Bueno, es tu casa desde hace tiempo – respondió, mirándola a los ojos, como si estuviese harta de tener que contarle la misma historia una y otra vez. 

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