Se adentró en
el edificio de nuevo, acompañado por el frío y una sonrisa torcida en los
labios. Era hora de reclamar venganza y pensaba disfrutarlo. Burche se había
atrevido a desafiarle y había intentado traicionarle y ahora lo iba a pagar
caro, sí señor. Tenía que demostrarle a la gran bata blanca, y de paso al resto
de los miembros del centro, que no se podía jugar con él y salir limpiamente
del asunto; brindaría un baile de gritos y súplicas que tardaría siglos en
borrarse de las paredes y las mentes. – Oh,
sí, señor Burche, haré que se arrepienta de lo que ha hecho, se lo prometo.
Cuando acabe con usted no será más que un despojo sanguinolento que apenas
podrá ser consciente de lo que pase a su alrededor. Le prometo que incluso el
respirar se convertirá en una auténtica tortura que le hará lamentar haber
nacido. Pero no se preocupe, señor Burche, que llegados a ese punto no le
quedará demasiado tiempo de vida…claro que, según he podido descubrir, cuando
uno agoniza de la forma en la que usted lo va a hacer, los segundos parecen una
auténtica eternidad. Eso es lo que tengo reservado para usted, una eternidad de
dolor y sufrimiento…apenas unos segundos antes de ser entregado a ella.
- Ya está llegando –
susurró la voz de mujer en la mente de Burche, que permanecía atado a la
camilla.
- No es a él al que
le tengo miedo, sino a ti, y lo sabes. Él no podrá hacerme gran cosa, aunque
crea lo contrario, en comparación con lo que tú me harás pasar. Una vida entera
bajo sus manos no serán sino unos segundos de eterno dolor en tus redes –
respondió Burche, resignado.
Ella se rió por lo que le había dicho, satisfecha de que
ese hombre reconociese su poder. – Tienes
razón en eso, sólo quería que estuvieses preparado.
-
Mientes – replicó Conrad, sin miedo de contradecirla. – Tú lo único que buscabas era que yo me
echase a temblar y te suplicase clemencia. Sólo querías regodearte en mi miedo,
antes de empezar a alimentarte de mí. No te culpo por eso, no me
malinterpretes, pero no me gusta que me mientan. Si esperabas que me echase a
temblar por lo que está a punto de pasarme, puedes olvidarlo.
De nuevo rompió a reír, y de nuevo la risa abominable
zarandeó los cimientos del lugar, ante la respuesta que aquél hombrecillo le
había dado. En cualquier otra situación le habría hecho pagar la insolencia,
pero esa vez le resultó divertido; Burche había comprendido una gran verdad en
la que ni siquiera Beaumont se había atrevido a pensar: ella no tendría
clemencia con nadie. Tarde o temprano todos acabarían sumidos en la oscuridad
de sus túneles, obligados a vagar hasta doblar la esquina errónea, cayendo en
sus redes. – De acuerdo, sí, tienes
razón. Sólo pretendía asustarte y regodearme en tu miedo. Cualquiera en tu
situación estaría hecho un auténtico manojo de miedo y no dejaría de suplicar y
llorar para intentar salir. ¿Por qué tú no? – preguntó, con auténtica
admiración y curiosidad.
- ¿Por qué tener
miedo a la muerte, si llevas muerto toda tu vida? Cuando no tienes motivos por
los que vivir y te refugias en el placer fácil, sin tener en cuenta aspectos
estúpidos como la ética y la moral, en realidad todo te da igual. No quiero
morir así, y mucho menos quiero sufrir todo lo que ese cabrón está a punto de
hacerme, pero en realidad no me importa. Ha llegado un punto en el que la única
diferencia entre estar muerto y vivo es la obligación de respirar.
-
Eso ha sido muy profundo, Conrad – respondió la gran bata
blanca, riéndose de nuevo.
Bajó las escaleras con deliberada lentitud, procurando
hacer sonar cada paso descendente, sonriendo divertido. Silbaba una musiquilla
infantil y animada que cada vez se acercaba más a los oídos de Burche; quería
que fuese completamente consciente de que se acercaba, quería disfrutar de cada
segundo antes de que ese hombre dejase de respirar. Abrió la puerta del
quirófano con una sonrisa de cruda satisfacción, empujándola lentamente,
recreándose en el crujido metálico que hacía al abrirse. El brillo de sus gafas
le delató antes de que pudiese dar un paso al interior de la habitación.
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