miércoles, 26 de febrero de 2014

Centro psiquiátrico

    Se adentró en el edificio de nuevo, acompañado por el frío y una sonrisa torcida en los labios. Era hora de reclamar venganza y pensaba disfrutarlo. Burche se había atrevido a desafiarle y había intentado traicionarle y ahora lo iba a pagar caro, sí señor. Tenía que demostrarle a la gran bata blanca, y de paso al resto de los miembros del centro, que no se podía jugar con él y salir limpiamente del asunto; brindaría un baile de gritos y súplicas que tardaría siglos en borrarse de las paredes y las mentes. – Oh, sí, señor Burche, haré que se arrepienta de lo que ha hecho, se lo prometo. Cuando acabe con usted no será más que un despojo sanguinolento que apenas podrá ser consciente de lo que pase a su alrededor. Le prometo que incluso el respirar se convertirá en una auténtica tortura que le hará lamentar haber nacido. Pero no se preocupe, señor Burche, que llegados a ese punto no le quedará demasiado tiempo de vida…claro que, según he podido descubrir, cuando uno agoniza de la forma en la que usted lo va a hacer, los segundos parecen una auténtica eternidad. Eso es lo que tengo reservado para usted, una eternidad de dolor y sufrimiento…apenas unos segundos antes de ser entregado a ella.

- Ya está llegando – susurró la voz de mujer en la mente de Burche, que permanecía atado a la camilla.
- No es a él al que le tengo miedo, sino a ti, y lo sabes. Él no podrá hacerme gran cosa, aunque crea lo contrario, en comparación con lo que tú me harás pasar. Una vida entera bajo sus manos no serán sino unos segundos de eterno dolor en tus redes – respondió Burche, resignado.
Ella se rió por lo que le había dicho, satisfecha de que ese hombre reconociese su poder. – Tienes razón en eso, sólo quería que estuvieses preparado.
- Mientes – replicó Conrad, sin miedo de contradecirla. – Tú lo único que buscabas era que yo me echase a temblar y te suplicase clemencia. Sólo querías regodearte en mi miedo, antes de empezar a alimentarte de mí. No te culpo por eso, no me malinterpretes, pero no me gusta que me mientan. Si esperabas que me echase a temblar por lo que está a punto de pasarme, puedes olvidarlo. 
De nuevo rompió a reír, y de nuevo la risa abominable zarandeó los cimientos del lugar, ante la respuesta que aquél hombrecillo le había dado. En cualquier otra situación le habría hecho pagar la insolencia, pero esa vez le resultó divertido; Burche había comprendido una gran verdad en la que ni siquiera Beaumont se había atrevido a pensar: ella no tendría clemencia con nadie. Tarde o temprano todos acabarían sumidos en la oscuridad de sus túneles, obligados a vagar hasta doblar la esquina errónea, cayendo en sus redes. – De acuerdo, sí, tienes razón. Sólo pretendía asustarte y regodearme en tu miedo. Cualquiera en tu situación estaría hecho un auténtico manojo de miedo y no dejaría de suplicar y llorar para intentar salir. ¿Por qué tú no? – preguntó, con auténtica admiración y curiosidad.
- ¿Por qué tener miedo a la muerte, si llevas muerto toda tu vida? Cuando no tienes motivos por los que vivir y te refugias en el placer fácil, sin tener en cuenta aspectos estúpidos como la ética y la moral, en realidad todo te da igual. No quiero morir así, y mucho menos quiero sufrir todo lo que ese cabrón está a punto de hacerme, pero en realidad no me importa. Ha llegado un punto en el que la única diferencia entre estar muerto y vivo es la obligación de respirar.
- Eso ha sido muy profundo, Conrad – respondió la gran bata blanca, riéndose de nuevo.


Bajó las escaleras con deliberada lentitud, procurando hacer sonar cada paso descendente, sonriendo divertido. Silbaba una musiquilla infantil y animada que cada vez se acercaba más a los oídos de Burche; quería que fuese completamente consciente de que se acercaba, quería disfrutar de cada segundo antes de que ese hombre dejase de respirar. Abrió la puerta del quirófano con una sonrisa de cruda satisfacción, empujándola lentamente, recreándose en el crujido metálico que hacía al abrirse. El brillo de sus gafas le delató antes de que pudiese dar un paso al interior de la habitación. 

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