miércoles, 26 de febrero de 2014

Delia en el país de la oligofrenia [6]

     Miró al búho con incredulidad y cierta ansiedad, ¿qué acababa de decirle? ¿Alguien se había tomado muchas molestias en tenerla allí encerrada, con ellos? Las preguntas se agolparon en su garganta y tuvo que hacer un auténtico esfuerzo titánico para controlarse y poder hacerlas de manera ordenada; de lo contrario no podría hacer ninguna coherente.

- ¿Quién se ha tomado tantas molestias para tenerme aquí, búho? – preguntó con tono amable, paciente, sonriendo, mostrándose agradable al… ¿animal? ¿Hombre? no podría definirlo.
- Bueno…no creo que a él le haga mucha gracia que yo te vaya contando cosas, ¿sabes? ¡Ni siquiera sé cómo se llama! – replicó el búho, mirándola con cierta curiosidad.
- Yo me llamo Delia – respondió ella mostrándole una sonrisa amable, ahogando la necesidad de lanzarse sobre él y estrangularlo mostrarse impaciente. Quitarle las plumas, una a una, y luego arrancarle la cabeza de un mordisco. Enseñarle a esa rata con alas quién era la que mandaba allí, eso sería suficiente.
- Es un placer conocerla, señorita Delia. ¿Qué hace aquí, en nuestra humilde morada? – preguntó el búho con el mismo tono lento, calmado, que la hacía ponerse nerviosa.
- Eso es lo que estoy intentando averiguar, señor búho. No sé qué hago aquí, quién me ha traído o por qué, ni cómo puedo marcharme. – Lo miró, esperando que el animal-hombre le diese algunas explicaciones.
- Vaya, eso puede ser un problema. – Asintió el búho mirándola con cierta curiosidad, girando la cabeza por completo. En la parte de atrás, donde se supone que debería estar la nuca, había una cabeza negra de pico alargado; un cuervo. – Un gran problema, para ti. Si no descubres las pistas antes de tiempo…te quedarás aquí, para siempre. Él no te permitirá salir de aquí, te quiere con nosotros. – Graznó el cuervo con voz chillona y desagradable.
- ¿Qué quieres decir? – preguntó con impaciencia, no le había gustado esa “cara” de búho. - ¿Quién eres tú? ¡Quiero que me respondas, AHORA! – gritó, desobedeciendo una de las estúpidas reglas de Reloj. En ese momento no le importaban en absoluto las reglas de nadie, sólo quería respuestas. Nadie le hacía caso, todos hablaban estupideces.

El grito no había sido una buena idea, y pudo descubrirlo en cuanto se apagó. Algo se agitó en el jardín; las hojas de los árboles temblaron y, durante un segundo, se giraron hacia ella mirándola…con odio malas intenciones. No sabía a qué se debía todo aquello, pero les devolvió una mirada igual de agresiva. Cuando el cuervo terminó de hacer girar la cabeza el búho volvió a mirarla con gesto sereno, amable. Parecía estar preocupado de repente.

- Señorita Dalia, no debería usted gritar en el jardín. Es una de las normas, sin duda Reloj se las ha explicado todas – dijo con tono amable, reprimiéndola como si fuese una niña rebelde.
- ¡Me importan un cuerno las reglas! – exclamó ella, mirando a búho desafiante. - ¡Sólo quiero saber qué diablos es este lugar, y quiero saberlo ahora! ¡Todos me tratáis como a una niñita estúpida, y me he cansado!
- No la trataríamos de esa manera si no se comportase como tal, señorita Dalia. – Respondió búho con paciencia, mirándola comprensivo. Eso la ponía más nerviosa aún.
- Está bien, lo siento – respondió, dolida y avergonzada, tratando de calmarse. – Es sólo que no sé qué está pasando y estoy poniéndome nerviosa. Quiero saber por qué estoy aquí, qué es este sitio, y cómo marcharme. Quiero irme a mi casa, búho. Estoy segura de que tú podrás entenderme.
- Claro que la comprendo, señorita Dalia, de verdad – respondió búho mirando alrededor, como si vigilase que no hubiese nadie espiando. – Pero no se preocupe, esa sensación se pasará pronto cuando todo se haya acabado, y sea una más.
- ¿Una más? – repitió, confusa. – ¿Una más de qué, búho?
- Una más de los nuestros, por supuesto. – Respondió búho, volviendo a hacer girar el cuello 360º, dejando que cuervo la mirase con superioridad y burla. – Lo mejor que podrías hacer es ir pensando en qué te quieres convertir, niña. Nunca podrás salir de aquí, y todo el tiempo que lo retrases no hará más que empeorar tu situación. Deberías aceptar mi consejo.

- ¿Qué? – preguntó, estupefacta, incrédula. 

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