viernes, 7 de febrero de 2014

Centro psiquiátrico

A menudo fallecían pacientes en el centro psiquiátrico, pero eso no era ningún problema: tenían un centro de incineración donde se ocupaban de los restos de aquellos desgraciados. Los encargados de llevar los cuerpos hacia los hornos crematorios eran, por supuesto, pacientes del manicomio; hombres y mujeres que habían sido aislados del edificio principal para que no pudiesen comunicarse con los otros sujetos de la investigación. La gran bata blanca sabía que exponer a aquellos malditos trabajadores a las preguntas ansiosas de los otros sería algo simplemente catastrófico. Aunque los encargados de llevar a los cuerpos a los crematorios nunca habían llegado a entrar en el edificio, siempre dejaban los cuerpos en la entrada para que “otros” los llevasen hasta el horno central, tenían un miedo atroz a aquél lugar al que tenían que ir en varias ocasiones a lo largo de la semana, incluso a veces del día.

Aunque ninguno de los pacientes comunes, los del edificio principal, estaba autorizado a salir a la enorme extensión del centro todos eran conscientes, en mayor o menor medida, de que de las enormes chimeneas del horno nunca salía una pizca de humo. Las teorías al respecto eran de lo más imaginativas, aunque otras eran bastante acertadas. La respuesta correcta era que de las chimeneas no salía humo no porque la misma no funcionase o porque los incineraban de noche para que no pudiesen verlo; era porque no había hornos crematorios en el centro psiquiátrico. La gran bata blanca daba otro tipo de uso a los cuerpos de los fallecidos, un uso que ni siquiera Beaumont conocía en realidad.

- Bueno, ¿y cómo nos marchamos de aquí? – preguntó uno de los pacientes sin nombre.
- Creo que lo mejor es intentar convencer a algunos de los vigilantes para…
- ¿Estás loco? – dijo otro, negando con la cabeza, alarmado – Esos capullos están aquí para amargarnos la existencia, no para ayudarnos. Están muy contentos con su situación actual como para intentar estropearla por ayudarnos.
- Podríamos convencer a Burche – respondió una de las mujeres, sonriente – Ese tipo es estúpido, lento y bruto. Si le convencemos de que los médicos quieren quitarle de en medio porque le tienen miedo…
- Pero aun así continúa siendo un peligro – dijo uno de los pacientes, nervioso – Quiero decir, ¿y si conseguimos eliminar a los médicos pero él se hace con el control del sitio? Si no podemos escapar…no quiero tenerlo de jefe absoluto del cotarro.
- No iba a haber ninguna diferencia – dijo uno de ellos, poniéndose en pie – Ese cabrón ya hace lo que le da la gana, cuando le da la gana, con quien le da la gana – negó con la cabeza, apartándose un poco del grupo – Le utilizaremos para que nos ayude a mantener a raya a los otros vigilantes; a él le escucharán y le harán caso porque le tienen miedo. Pero cuando hayamos acabado con los médicos nos ocuparemos de él, y de sus amiguitos. Luego nos marcharemos de aquí.
- ¿Y entonces por qué no marcharnos de aquí sin más? – replicó el paciente de voz nerviosa – Quiero decir, si nos quedamos para intentar vengarnos puede que acaben cogiéndonos, o algo parecido. Si no perdiéramos el tiempo…
- Darían la alarma en cuanto notasen nuestra desaparición – respondió el que se había alejado un poco del grupo, sin girarse para mirarlo – Además, esos cerdos nos han hecho mil cosas horribles. Yo no podría estar en paz conmigo mismo si me marcho sin vengarme – se giró mirándolos a todos, con una sonrisa afilada en la boca – Primero los mataremos a todos, y luego nos marcharemos – se acercó al paciente despacio, sonriendo aún – Y si a ti o a alguno de los demás se os ocurra volver a cuestionar ninguna de mis órdenes, me encargaré personalmente de encerraros en una habitación con Burche. ¿Ha quedado claro?


Todos asintieron. Cuando hubiesen matado a los médicos y a los vigilantes luego le matarían a él. La gran bata blanca sonreía, satisfecha. 

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