Cuando terminaron los gritos y las protestas el doctor
Beaumont pudo apartarse un poco de la camilla del quirófano para poder admirar
su “obra” con total fascinación.
El cuerpo del paciente había sido abierto en canal, como
si de una autopsia se tratase; una autopsia en vida. El corazón aún latía
tratando de enviar la sangre a las distintas partes del cuerpo, tratando de
bombear la vida a las ya muertas extremidades. Casi podría decirse que lo había
cortado en dos, pero con un cuidado milimétrico; se aseguró de no romper
ninguna vena, de no cortar ningún órgano. Simplemente había quitado las partes
“innecesarias” del cuerpo como la piel, la grasa y el músculo para poder observar,
con total maravilla, cómo funcionaba el cuerpo en su total esplendor antes de
que el cuerpo finalmente quedase inerte. Pudo ver no sólo cómo el corazón
lograba permanecer vivo durante unos minutos más, sino que también observó cómo
los pulmones se llenaron una última vez de oxígeno. Un oxígeno que nunca más
recorrería esos kilómetros de venas y órganos, unos pulmones que nunca más
volverían a probar el aire fresco, y eso le maravillaba.
Sin embargo pese a toda la maravilla y la fascinación que
le provocaba haber conseguido lo que nadie hasta el momento; estudiar las
funciones de los órganos en pleno funcionamiento, había algo que le ofendía.
Aún había mucho que descubrir sobre el funcionamiento del cuerpo humano: ¿cómo
viajaba el oxígeno y la sangre por el cuerpo? Daría cualquier cosa por poder
hacer ese viaje, por descubrir todos los secretos que aún escondía el cuerpo
humano.
- Pero los
descubriré, de eso estoy seguro. No importa cuánto tarde en encontrar la forma
de poder investigar esos asuntos ni tampoco cuántos sujetos necesite emplear
para hacerlo; aquí sobran los sujetos, literalmente. Sí, sobran…creo que
debería hacer un estudio más intensivo al respecto de estos asuntos. Además,
pronto contaremos con nuevos…invitados en esta casa, ¿no? Entonces no hay
problema porque emplee más tiempo con estos asuntos – pensó, contento
mientras aún observaba su “obra”. Todavía quedaba por abrir el cerebro y ver
cómo actuaba en los primeros minutos tras el fallecimiento del paciente, y eran
muchas las preguntas que debía resolver en ese tema concreto. Se disponía a
hacerlo cuando la puerta del quirófano se abrió de golpe, pero él no prestó la
menor atención.
- Usted también sabe divertirse, doctor – dijo la voz de
Burche, cerca. Estaba cargada de una enfermiza jovialidad y Beaumont pudo
imaginar perfectamente esa sádica sonrisa asomar a los estúpidos labios de
aquél bruto.
- ¿Divertirme? – preguntó, con tono impaciente, mirándolo
con mala cara – Yo, a diferencia de usted señor Burche, no me divierto a costa
del sufrimiento del ser humano. No, yo investigo y descubro las maravillas y
secretos del ser humano.
- Y por eso los corta sin anestesia, ¿verdad? – preguntó
Conrad, sonriente – Para que toda la gente que hay aquí pueda descubrir los
secretos del dolor humano.
- Mi método de trabajo no es asunto suyo, Burche –
replicó con aspereza, volviendo la atención al cráneo del paciente – ¿Para qué
ha venido?
- ¿Por qué debo tener un motivo para venir? – preguntó,
fingiendo inocencia.
- No se haga el gracioso conmigo, Burche – respondió con
autoridad Beaumont, mirándolo con seriedad – Usted tiene algunos privilegios
por el trabajo que desempeña, pero eso no le permite andar por donde quiera en
estas instalaciones, ¿me ha comprendido?
- ¿Quién me lo va a impedir? - preguntó, acercándose algo más, sonriendo -
¿Usted? – preguntó, claramente desafiando su autoridad.
- ¿Yo? – sonrió, divertido – No, claro que no. Yo no
empleo la fuerza bruta para mi labor, para eso le tengo a usted y a su manada
de perros, Burche. Ya sabe perfectamente quién se lo impediría, ¿verdad? – le
devolvió la sonrisa.
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