¿Le había
amenazado? Parecía que lo había hecho, aunque fuese algo imposible de creer.
¿Se había atrevido aquél diminuto hombrecito a amenazarle a él, siendo quién
era? En caso de que lo hubiese hecho tendría que bajarle los humos, y rápido,
para que dejase de creerse al mando de la situación. ¿Acaso creía realmente que
él era el director del centro psiquiátrico? ¿Acaso creía realmente que aquello era un centro
psiquiátrico? Estaba muy equivocado, y no dudaría ni un instante en
hacérselo saber. Claro que… ¿ella estaría de acuerdo con que lo hiciera? No podía
saberlo, y ni siquiera alguien como él se atrevería a enfadarla. Entonces…
¿debía abrirle la cabeza contra el pico de la mesilla de metal? Era posible que
era quisiera algo así, pero también era posible que no lo quisiera. Cerró los
ojos, tratando de adivinar cómo reaccionaría ella si saltaba sobre aquél
engreído hombrecillo con las manos bien abiertas, ansioso de cerrarlas con
fuerza alrededor de su cuello.
- Oh, por favor – dijo Beaumont con tono burlón – ¿Y
ahora qué hace? ¿Acaso intenta asustarme? Márchese inmediatamente de aquí, ya
lo citaré en mi despacho más adelante y le haré comprender que usted está por
debajo de mí y del personal médico, pero por encima de los pacientes – añadió
lo último intentando calmar a aquél bruto, que no respondía.
- ¿Vas a permitir
que te hable así, de verdad? ¿Tú, el gran Conrad Mazazo Burche? No puedo
creerlo, de verdad. Creía que tú eras un hombre de verdad, creía que tú
tendrías el valor necesario para tomar las riendas de este lugar…pero veo que
me equivocaba – susurraron unos sugerentes labios de mujer junto a los
oídos de Burche, quien sintió cómo se le erizaba el vello de la nuca. Las
palabras de la mujer eran de total decepción.
- Si supiera que no
te enfadarías por enseñarle la lección a este maldito imbécil, te aseguro que
lo mataría aquí mismo – respondió, sin abrir la boca, Burche.
- ¿Importarme? – replicaron
los sensuales labios de mujer, con auténtico placer – Mira a tu alrededor, Conrad. ¿Es que no has visto que hay muerte y
sufrimiento? Si permito que ellos provoquen eso en los pacientes, ¿por qué no
voy a permitir que les provoquéis dolor a ellos?
-
Entonces, ¿no te enfadarás conmigo si le abro la garganta con un bisturí? – preguntó,
dudando.
- No, no me
enfadaré. Pero…hazlo cuando lleguen los nuevos inquilinos, ¿quieres? Así les
demostrarás, a ellos y a todos, quién manda aquí.
- Tú
mandas aquí – respondió Burche, temeroso.
- Exacto, Conrad – dijo
la mujer, satisfecha – Pero yo me limito
a observar y a esperar, ¿recuerdas? Yo soy quien manda aquí de verdad, pero en
mi ausencia sois vosotros los que debéis decidir quién cree mandar.
-
Entonces le mataré cuando lleguen los nuevos juguetes –
respondió con un brillo en los ojos cerrados.
- No te olvides de
hacer que me traigan su cuerpo, y todos los que ese ridículo hombrecillo ha
hecho quemar o ha hecho conservar en botes. Ya sabes que todos aquí me
pertenecéis, y que sólo os reclamo cuando morís.
Burche abrió los ojos y comenzó a prestar atención de
nuevo a Beaumont, sin dejarle ver su satisfacción por la conversación con ella;
ya se enteraría dentro de muy poco. Tampoco dejó trascender el miedo que le
daba la voz de mujer en realidad: era algo poderoso que gobernaba con puño de
hierro envuelto en seda fina.
- Sí, doctor – asintió Burche, sin quitarle la vista de
encima – Nosotros estamos por debajo de vosotros, pero por encima del resto –
la conversación con ella no había durado más de dos o tres segundos. La gran
bata blanca siempre estaba atenta a todo lo que pasaba en aquél lugar, y eso
era de agradecer…aunque daba miedo.
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