domingo, 9 de febrero de 2014

Centro psiquiátrico

    ¿Le había amenazado? Parecía que lo había hecho, aunque fuese algo imposible de creer. ¿Se había atrevido aquél diminuto hombrecito a amenazarle a él, siendo quién era? En caso de que lo hubiese hecho tendría que bajarle los humos, y rápido, para que dejase de creerse al mando de la situación. ¿Acaso creía realmente que él era el director del centro psiquiátrico? ¿Acaso  creía realmente que aquello era un centro psiquiátrico? Estaba muy equivocado, y no dudaría ni un instante en hacérselo saber. Claro que… ¿ella estaría de acuerdo con que lo hiciera? No podía saberlo, y ni siquiera alguien como él se atrevería a enfadarla. Entonces… ¿debía abrirle la cabeza contra el pico de la mesilla de metal? Era posible que era quisiera algo así, pero también era posible que no lo quisiera. Cerró los ojos, tratando de adivinar cómo reaccionaría ella si saltaba sobre aquél engreído hombrecillo con las manos bien abiertas, ansioso de cerrarlas con fuerza alrededor de su cuello.

- Oh, por favor – dijo Beaumont con tono burlón – ¿Y ahora qué hace? ¿Acaso intenta asustarme? Márchese inmediatamente de aquí, ya lo citaré en mi despacho más adelante y le haré comprender que usted está por debajo de mí y del personal médico, pero por encima de los pacientes – añadió lo último intentando calmar a aquél bruto, que no respondía.

- ¿Vas a permitir que te hable así, de verdad? ¿Tú, el gran Conrad Mazazo Burche? No puedo creerlo, de verdad. Creía que tú eras un hombre de verdad, creía que tú tendrías el valor necesario para tomar las riendas de este lugar…pero veo que me equivocaba – susurraron unos sugerentes labios de mujer junto a los oídos de Burche, quien sintió cómo se le erizaba el vello de la nuca. Las palabras de la mujer eran de total decepción.
- Si supiera que no te enfadarías por enseñarle la lección a este maldito imbécil, te aseguro que lo mataría aquí mismo – respondió, sin abrir la boca, Burche.
- ¿Importarme? – replicaron los sensuales labios de mujer, con auténtico placer – Mira a tu alrededor, Conrad. ¿Es que no has visto que hay muerte y sufrimiento? Si permito que ellos provoquen eso en los pacientes, ¿por qué no voy a permitir que les provoquéis dolor a ellos?
- Entonces, ¿no te enfadarás conmigo si le abro la garganta con un bisturí? – preguntó, dudando.
- No, no me enfadaré. Pero…hazlo cuando lleguen los nuevos inquilinos, ¿quieres? Así les demostrarás, a ellos y a todos, quién manda aquí.
- Tú mandas aquí – respondió Burche, temeroso.
- Exacto, Conrad – dijo la mujer, satisfecha – Pero yo me limito a observar y a esperar, ¿recuerdas? Yo soy quien manda aquí de verdad, pero en mi ausencia sois vosotros los que debéis decidir quién cree mandar.
- Entonces le mataré cuando lleguen los nuevos juguetes – respondió con un brillo en los ojos cerrados.
- No te olvides de hacer que me traigan su cuerpo, y todos los que ese ridículo hombrecillo ha hecho quemar o ha hecho conservar en botes. Ya sabes que todos aquí me pertenecéis, y que sólo os reclamo cuando morís.

Burche abrió los ojos y comenzó a prestar atención de nuevo a Beaumont, sin dejarle ver su satisfacción por la conversación con ella; ya se enteraría dentro de muy poco. Tampoco dejó trascender el miedo que le daba la voz de mujer en realidad: era algo poderoso que gobernaba con puño de hierro envuelto en seda fina.


- Sí, doctor – asintió Burche, sin quitarle la vista de encima – Nosotros estamos por debajo de vosotros, pero por encima del resto – la conversación con ella no había durado más de dos o tres segundos. La gran bata blanca siempre estaba atenta a todo lo que pasaba en aquél lugar, y eso era de agradecer…aunque daba miedo. 

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