viernes, 14 de marzo de 2014

Centro psiquiátrico

    Finalmente pudieron devolver la corriente al edificio sin problemas; no había ninguna horda de pacientes esperándolos.
    Sin embargo al encenderlas pudieron escuchar una serie de gritos que hicieron que se les pusiese el vello de punta. Se miraron, buscando una explicación, y supieron en el momento que lo mejor era salir de allí cuanto antes.

- Bueno, de momento la cosa está saliendo como habíamos planeado. – comentó Burche, tratando de ignorar las palabras que ella acababa de susurrarle justo en el momento en que activaba de nuevo la energía.
- Sí. – asintió Beaumont, mirándolo fijamente a los ojos un instante. – Igual que la última vez. Nos deja creer que estamos esquivándola para luego darnos caza. – aseguró con un tono frío, convencido.
- No eres muy bueno dando ánimos. – replicó Burche, negando con la cabeza.
- Tal vez sea porque soy realista, y sé lo que está haciendo. – respondió él con indiferencia.

    Suspiró, harto. No sólo quería huir de aquél maldito lugar, en vez de condenarse estúpidamente a morir para intentar “retener” a aquella maldita criatura, sino que además estaba harto de aguantar a aquél maldito desgraciado.
    Se paró en seco, mirándolo mientras se cruzaba de brazos. Roldán tardó un poco en darse cuenta de aquello, por lo que lo miró confundido y desconfiando.

- ¿Se puede saber qué estás haciendo? – preguntó de mal humor. – Por si no te has dado cuenta, no tenemos demasiado tiempo como para estar perdiéndolo con estupideces de egos dolidos.
- ¿No te das cuenta? – preguntó, acercándose despacio hacia él. – No sirve de nada lo que estamos intentando. Ella no va a quedar atrapada en los escombros de este maldito lugar, porque es imposible que haciendo explotar la caldera este lugar se venga abajo. Y aún en el caso de que lo lográsemos, este sitio es mucho más pequeño que el otro. – descruzó los brazos, mirándolo fijamente mientras apretaba los puños. – Estamos perdiendo el tiempo, y condenándonos.

    Escuchó en silencio lo que aquél hombre debía decirle, asintiendo de vez en cuando. Lo peor de todo es que pensaba exactamente igual que él, pero no podía decírselo; no podía rendirse al desánimo y el miedo o de lo contrario ella ya habría ganado.
    Un coro de voces se acercaba hacia ellos pero aun así ninguno de los dos se movió, sabían que eso mostraría debilidad y en aquél momento lo importante era mantenerse fuerte; quien más fuerte fuese sería el que prevaleciese sobre el otro, y sería su opción la que se haría.

- Puedes intentar escapar de aquí, e incluso quizá conseguirlo. – respondió despacio, mirándolo fijamente. Tenía que repetir lo mismo que ya le había dicho antes, pero no le importaba. – Puedes vivir varios años de relativa tranquilidad mientras te escondes  pero algún día ella estará ahí, sonriendo, mirándote, dispuesta a acabar con su obra. Puedes pensar que la mejor carta que tienes es la de huir y que puedes hacer un trato con ella. Puedes pensar en venderme y huir…y tal vez llegues a creer que con eso ella no te mate, pero llegará el día en que seas el último hombre sobre la tierra. – lo miraba fijamente a los ojos, mientras el coro de voces sonaba cada vez más alto y más cerca; una letanía fúnebre que pedía sangre a gritos. – Y ese día te convertirás en la última presa a cazar…y entonces te enfrentarás a ella, y a una prole de cientos de miles de seres como ella.

    Burche guardó silencio, escuchando y bajando la cabeza. Sabía que aquél desgraciado tenía razón.


- Entonces será mejor que no perdamos el tiempo. – replicó de mal humor, echándose a caminar hacia al sala de calderas. 

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