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sábado, 15 de marzo de 2014

Delia en el país de la oligofrenia [21]

    No sabía qué iba a encontrar allí en el ático pero sabía, sin saber cómo, que no sería peligroso. Al menos…no para ella.
    Los escalones de madera crujían bajo su peso, al contrario que con Gato que había subido con agilidad y rapidez, y temía que tarde o temprano Reloj apareciese por allí para intentar reñirla o retenerla por seguir rompiendo las normas aunque nunca le hubiese hablado del ático. No podía evitar sentir al mismo tiempo una excitación creciente, al igual que su curiosidad, al estar cada vez más cerca de aquél lugar.
    La entrada continuaba siendo un agujero negro de aspecto amenazador, la imaginaba como la boca de alguna criatura hambrienta, pero ella ya no tenía miedo de la oscuridad; Rata tenía razón al decir que la oscuridad sacaba la otra cara de cualquiera. En ese momento la oscuridad la llamaba con fuerza, y ella no pretendía resistirse a la llamada.
    Primero asomó la cabeza al interior del ático, imaginando con descabellado júbilo que la boca de la criatura se cerraría en ese momento para comérsela, para ver qué había en el interior de aquél lugar que ahora le resultaba como de maravilla. Sin embargo la falta de luz le impedía poder ver más allá de sus manos,  e incluso estas estaban un poco difuminadas borrosas, como si estuviesen transformándose en el punto perfecto entre luz y oscuridad. Aquella sensación le gustaba.

- Está aquí, está aquí. Ha venido. – susurró una voz en voz baja, cerca de ella.
- ¿Pero viene a ayudarnos? – preguntó otra voz. – No sé si podemos fiarnos de ella en realidad. – añadió con tono inseguro.
- Callaos. – ordenó Gato con tono autoritario. – Hará lo que crea conveniente.
- ¿Quién está ahí? – preguntó ella con cierto miedo en la voz. - ¿Con quién estás ahora, Gato? – insistió, a punto de dar media vuelta para marcharse.

    Durante un segundo el silencio se hizo delatador incómodo. Delia pensó que aquello no había sido más que una trampa y que ella había caído de lleno como una tonta.
    Comenzó a bajar cuando Gato se acercó a ella con paso lento y tranquilo, mirándola fijamente como si estuviese juzgándola sopesando la capacidad de ella para poder hablar con claridad o no.

- No te preocupes, Delia. – habló al fin. No habían pasado más de tres segundos desde que ella había preguntado hasta que él respondió, pero habían parecido una eternidad.
- Eso es lo que sentimos cuando estamos a punto de dar o recibir una respuesta importante en nuestras vidas. – susurró Ella en la mente de ella.
- ¿Una respuesta importante? – preguntó ella con tono confuso. – Sólo he preguntado quién andaba ahí.
- Tal vez sea importante lo que están a punto de decirte, ¿no crees? A fin de cuentas, no sabes si puedes fiarte de ellos. Ahora conocerás la respuesta, ¿no crees que, por tanto, es una respuesta importante? – respondió Ella con cierta calidez en la voz.
- Supongo que lo descubriremos, ¿no?
- Son amigos. – continuó Gato tras ese extraño momento de silencio en el que ella había mostrado claros signos de no estar atenta a lo que él estaba diciéndole. – A decir verdad, conoces a uno de ellos. – sonrió un poco.
- ¿Sí? – preguntó con curiosidad renovada, volviendo a subir los dos escalones que había bajado.
- Sí, claro que sí. Cuando estábamos en la luz casi me aplastas, pero en la oscuridad no estabas tan dispuesta a hacerlo. – sonrió una voz conocida. Se acercó la silueta de Rata, que reconoció en el instante, y ella sonrió un poco.
- Siento haber sido tan bruta antes… - respondió con aire tímido.
- No quiero meterte prisa, Delia. – dijo Gato, entrometiéndose en la conversación. – Pero no podemos tener esa puerta abierta todo el día. Oliver no recuerda que este sitio existe, por lo que nadie lo recuerda, pero si Reloj lo ve no dudará en llamarlo. – dijo con voz apremiante para que se diese cuenta de que no bromeaba.
- Sí, claro, perdona. – respondió ella subiendo y ayudando a cerrar la puerta. – Entonces, Reloj no es de fiar. – afirmó, mirándolo.

- No exactamente. Reloj sólo cuida de que las normas se cumplan. – dijo Gato con tono triste. 

viernes, 14 de marzo de 2014

Centro psiquiátrico

    Finalmente pudieron devolver la corriente al edificio sin problemas; no había ninguna horda de pacientes esperándolos.
    Sin embargo al encenderlas pudieron escuchar una serie de gritos que hicieron que se les pusiese el vello de punta. Se miraron, buscando una explicación, y supieron en el momento que lo mejor era salir de allí cuanto antes.

- Bueno, de momento la cosa está saliendo como habíamos planeado. – comentó Burche, tratando de ignorar las palabras que ella acababa de susurrarle justo en el momento en que activaba de nuevo la energía.
- Sí. – asintió Beaumont, mirándolo fijamente a los ojos un instante. – Igual que la última vez. Nos deja creer que estamos esquivándola para luego darnos caza. – aseguró con un tono frío, convencido.
- No eres muy bueno dando ánimos. – replicó Burche, negando con la cabeza.
- Tal vez sea porque soy realista, y sé lo que está haciendo. – respondió él con indiferencia.

    Suspiró, harto. No sólo quería huir de aquél maldito lugar, en vez de condenarse estúpidamente a morir para intentar “retener” a aquella maldita criatura, sino que además estaba harto de aguantar a aquél maldito desgraciado.
    Se paró en seco, mirándolo mientras se cruzaba de brazos. Roldán tardó un poco en darse cuenta de aquello, por lo que lo miró confundido y desconfiando.

- ¿Se puede saber qué estás haciendo? – preguntó de mal humor. – Por si no te has dado cuenta, no tenemos demasiado tiempo como para estar perdiéndolo con estupideces de egos dolidos.
- ¿No te das cuenta? – preguntó, acercándose despacio hacia él. – No sirve de nada lo que estamos intentando. Ella no va a quedar atrapada en los escombros de este maldito lugar, porque es imposible que haciendo explotar la caldera este lugar se venga abajo. Y aún en el caso de que lo lográsemos, este sitio es mucho más pequeño que el otro. – descruzó los brazos, mirándolo fijamente mientras apretaba los puños. – Estamos perdiendo el tiempo, y condenándonos.

    Escuchó en silencio lo que aquél hombre debía decirle, asintiendo de vez en cuando. Lo peor de todo es que pensaba exactamente igual que él, pero no podía decírselo; no podía rendirse al desánimo y el miedo o de lo contrario ella ya habría ganado.
    Un coro de voces se acercaba hacia ellos pero aun así ninguno de los dos se movió, sabían que eso mostraría debilidad y en aquél momento lo importante era mantenerse fuerte; quien más fuerte fuese sería el que prevaleciese sobre el otro, y sería su opción la que se haría.

- Puedes intentar escapar de aquí, e incluso quizá conseguirlo. – respondió despacio, mirándolo fijamente. Tenía que repetir lo mismo que ya le había dicho antes, pero no le importaba. – Puedes vivir varios años de relativa tranquilidad mientras te escondes  pero algún día ella estará ahí, sonriendo, mirándote, dispuesta a acabar con su obra. Puedes pensar que la mejor carta que tienes es la de huir y que puedes hacer un trato con ella. Puedes pensar en venderme y huir…y tal vez llegues a creer que con eso ella no te mate, pero llegará el día en que seas el último hombre sobre la tierra. – lo miraba fijamente a los ojos, mientras el coro de voces sonaba cada vez más alto y más cerca; una letanía fúnebre que pedía sangre a gritos. – Y ese día te convertirás en la última presa a cazar…y entonces te enfrentarás a ella, y a una prole de cientos de miles de seres como ella.

    Burche guardó silencio, escuchando y bajando la cabeza. Sabía que aquél desgraciado tenía razón.


- Entonces será mejor que no perdamos el tiempo. – replicó de mal humor, echándose a caminar hacia al sala de calderas. 

lunes, 10 de marzo de 2014

Delia en el país de la oligofrenia [16]

    La enfermera volvió a subir las escaleras de metal para dirigirse hacia el segundo piso de la galería, donde se encontraba la habitación de Dalia. Nadie conocía el apellido de la interna, y a decir verdad muchos dudaban que en realidad se llamase así, ya que no había ningún dato registrado sobre la joven; era como si hubiese aparecido de la nada en aquél accidente.

- ¿Cómo se puede pasar por el mundo sin que nadie sepa quién eres? – se preguntaba a menudo la enfermera, aquella era una de las cosas que la ponían más nerviosa.

    En su habitación acolchada Ella esperaba en silencio a que alguien viniese a decirle qué diablos estaba pasando allí; había despertado en un lugar que no conocía, y no sabía cómo había acabado en aquél maldito lugar. Eso la ponía nerviosa, llegando incluso a asustarla.

- Tal vez deberías intentar salir de ese sitio, no parece muy bonito. – dijo ella mientras la enfermera subía las escaleras con paso lento y desganado, sin querer volver a enfrentarse a la paciente.
- ¿Pero cómo? No conozco este lugar, y no sé si ahí fuera pueda haber algo peor que esto. – respondió Ella, ajena a los pasos que se acercaban.
- No lo sé, tal vez debas…bueno, ya sabes. – dijo ella con tono dudoso.
- ¿Tal vez deba hacer qué? – preguntó Ella, confusa.
- Bueno…matarlos. – respondió ella al tiempo que la puerta de la habitación se abrió.
- Hola, Dalia… - susurró la enfermera, que jamás acabó la frase.

    No era un secreto que tenía miedo de la paciente aunque ésta nunca le hubiese atacado, pero ahora tenía una justificación real al miedo que sentía por aquella mujer: la estaba mirando fijamente con un brillo extraño en los ojos y una sonrisa que no le había gustado nada. Durante un momento se le heló la sangre y se le paró el corazón, convencida de que estaba a punto de saltarle encima para atacarla por algún motivo tan descabellado como válido. No tardó ni un segundo en volver a salir de la habitación y en cerrar la puerta con llave, nerviosa y asustada.

Delia:

    Reloj parecía no haberse dado cuenta de lo que había pasado en el jardín pero desde luego estaba raro, pálido y tembloroso; parecía enfermo. A decir verdad todo en la casa era diferente a como lo recordaba de antes.
    La casa tenía varios pasillos llenos de puertas cerradas, habitaciones para invitados había dicho Reloj, y sólo había una habitación central que hacía las veces de recibidor, aunque no había ni un solo mueble en ella. - ¿Dónde se hace la comida? – preguntó ella con aire tímido al llegar. – Aquí no se come, Delia. – respondió Reloj con tono tranquilo. La casa en sí no era fea, aunque sí era muy fría al estar tan vacía de muebles y vida; ella nunca había visto a nadie, aparte de Reloj, en los pasillos de la casa, por lo que comenzaba a sospechar que aquellas no eran habitaciones de invitados.
- Está pasando algo, algo muy malo – pensó mientras caminaba en silencio por uno de los pasillos de la casa tras él. – Es como si toda la casa estuviera enferma.

- Bueno, espero que estés lista para ver de una vez tu habitación, Delia. – dijo Reloj con tono oxidado quebrado, enfermo.
- Se está muriendo. Hay algo en su interior que lo está oxidando de forma lenta pero imparable. – pensó de súbito al escuchar el tono de Reloj. - ¿Estás bien? – preguntó acercándose a él.
- Sí, claro que sí. Todos estamos bien, Delia, tú también. – respondió con tono mecánico, mirándola de soslayo.
- No es Reloj. No es el verdadero Reloj, no hay un ápice de vida en él. No es que el auténtico fuese demasiado expresivo, pero parecía…vivo, éste no es más que una marioneta, un juguete de trapo. – se dijo al ver los ojos apagados, artificiales, del falso Reloj. – Aún no, pero gracias. – respondió asustada; lo último que quería en ese momento era entrar en ninguna jaula habitación.

- Como quieras. – respondió con tono falso.