No sabía
qué iba a encontrar allí en el ático pero sabía, sin saber cómo, que no sería
peligroso. Al menos…no para ella.
Los escalones
de madera crujían bajo su peso, al contrario que con Gato que había subido con
agilidad y rapidez, y temía que tarde o temprano Reloj apareciese por allí para
intentar reñirla o retenerla por seguir rompiendo las normas aunque nunca le
hubiese hablado del ático. No podía evitar sentir al mismo tiempo una
excitación creciente, al igual que su curiosidad, al estar cada vez más cerca
de aquél lugar.
La entrada
continuaba siendo un agujero negro de aspecto amenazador, la imaginaba como la
boca de alguna criatura hambrienta, pero ella ya no tenía miedo de la
oscuridad; Rata tenía razón al decir que la oscuridad sacaba la otra cara de
cualquiera. En ese momento la oscuridad la llamaba con fuerza, y ella no
pretendía resistirse a la llamada.
Primero
asomó la cabeza al interior del ático, imaginando con descabellado júbilo que
la boca de la criatura se cerraría en ese momento para comérsela, para ver qué
había en el interior de aquél lugar que ahora le resultaba como de maravilla.
Sin embargo la falta de luz le impedía poder ver más allá de sus manos, e incluso estas estaban un poco difuminadas borrosas, como si estuviesen
transformándose en el punto perfecto
entre luz y oscuridad. Aquella sensación le gustaba.
- Está aquí, está aquí. Ha venido. – susurró una voz
en voz baja, cerca de ella.
- ¿Pero viene a ayudarnos? – preguntó otra voz. – No
sé si podemos fiarnos de ella en realidad. – añadió con tono inseguro.
- Callaos. – ordenó Gato con tono autoritario. –
Hará lo que crea conveniente.
- ¿Quién está ahí? – preguntó ella con cierto miedo
en la voz. - ¿Con quién estás ahora, Gato? – insistió, a punto de dar media
vuelta para marcharse.
Durante un
segundo el silencio se hizo delatador
incómodo. Delia pensó que aquello no había sido más que una trampa y que ella
había caído de lleno como una tonta.
Comenzó a
bajar cuando Gato se acercó a ella con paso lento y tranquilo, mirándola
fijamente como si estuviese juzgándola
sopesando la capacidad de ella para poder hablar con claridad o no.
- No te preocupes, Delia. – habló al fin. No habían
pasado más de tres segundos desde que ella había preguntado hasta que él
respondió, pero habían parecido una eternidad.
- Eso es lo
que sentimos cuando estamos a punto de dar o recibir una respuesta importante
en nuestras vidas. – susurró Ella en la mente de ella.
- ¿Una
respuesta importante? – preguntó ella con tono confuso. – Sólo he preguntado quién andaba ahí.
- Tal vez sea
importante lo que están a punto de decirte, ¿no crees? A fin de cuentas, no sabes
si puedes fiarte de ellos. Ahora conocerás la respuesta, ¿no crees que, por
tanto, es una respuesta importante? – respondió Ella con cierta calidez en
la voz.
- Supongo que
lo descubriremos, ¿no?
- Son amigos. – continuó Gato tras ese extraño
momento de silencio en el que ella había mostrado claros signos de no estar
atenta a lo que él estaba diciéndole. – A decir verdad, conoces a uno de ellos.
– sonrió un poco.
- ¿Sí? – preguntó con curiosidad renovada, volviendo
a subir los dos escalones que había bajado.
- Sí, claro que sí. Cuando estábamos en la luz casi
me aplastas, pero en la oscuridad no estabas tan dispuesta a hacerlo. – sonrió
una voz conocida. Se acercó la silueta de Rata, que reconoció en el instante, y
ella sonrió un poco.
- Siento haber sido tan bruta antes… - respondió con
aire tímido.
- No quiero meterte prisa, Delia. – dijo Gato,
entrometiéndose en la conversación. – Pero no podemos tener esa puerta abierta
todo el día. Oliver no recuerda que este sitio existe, por lo que nadie lo recuerda,
pero si Reloj lo ve no dudará en llamarlo. – dijo con voz apremiante para que
se diese cuenta de que no bromeaba.
- Sí, claro, perdona. – respondió ella subiendo y
ayudando a cerrar la puerta. – Entonces, Reloj no es de fiar. – afirmó,
mirándolo.
- No exactamente. Reloj sólo cuida de que las normas
se cumplan. – dijo Gato con tono triste.