- Si
es verdad que no tienes miedo, ¿por qué pretendes sobornarme con promesas de
libertad? – preguntó con tono irónico mientras continuaba
avanzando.
- Para que
traiciones a Conrad, por supuesto. ¿Por qué? Porque quiero divertirme un poco a
vuestra costa. – replicó con voz burlesca. – Me estoy dando cuenta de que cazar es divertido, pero también lo es
influenciaros para que cometáis auténticas barbaridades. – hizo una pequeña
pausa que Roldán supo interpretar perfectamente; estaba devorando a una nueva
víctima. – Si uniésemos vuestro potencial
destructivo y mi mente retorcida… ¿te imaginas lo que podría pasar? – rió.
- Sería atroz. –
respondió Beaumont, asqueado. Empezaba a estar libre de la influencia de
aquella voz y, por primera vez en toda su vida, comenzaba a darse cuenta de los
crímenes que había cometido. Definitivamente no debían dejarla salir de aquél
maldito lugar, nunca.
- No le hagas caso. – dijo Burche, dándole una palmada en
el pecho. – No me mires así, llevas un buen rato callado y con la mirada
perdida. Sé perfectamente que estás hablando con ella, y no me interesa de qué
habléis. Pero no le hagas caso, o será peor.
- Sí, tienes razón. – asintió con calma, tratando de
mantenerse lúcido y centrado.
Llegaron
finalmente a la sala de la caldera, y descubrieron que estaba completamente
vacía; ella no debía tener miedo de lo que pudiesen hacer, pues de lo contrario
habría estado allí. Se miraron en silencio durante un momento, y luego se
pusieron en marcha.
La única forma
de hacer reventar la caldera era haciendo que produjese demasiada presión, y
que nadie la liberase. Harían que la caldera sobrepasase los límites de
seguridad y esperarían a que explotase.
- Espero que funcione. – susurró Beaumont, mirando al
otro.
- Sí, ambos lo esperamos. – asintió Burche, accionando la
caldera para hacer que produjese más calor del que pudiese soportar. Se
asegurarían de tapar todas las posibles fugas.
- Sois demasiado
estúpidos, los dos, como para daros cuenta. Pero no pasa nada, yo os he dado la
oportunidad de salir con vida por vuestros servicios prestados, pero la habéis
rechazado. No podréis salir de aquí con vida. – dijo la voz de mujer,
hablando con ambos.
Se miraron en
silencio mutuamente durante un momento, mientras sopesaban qué hacer o decir
ahora. No es que hubiesen hecho las paces, y ya habían cumplido con lo que
debían hacer…podían perfectamente resolver la pequeña “disputa”, aunque ambos
sabían que la mejor opción en ese momento era morir.
- ¿Y si no es suficiente? – por fin uno abrió la boca, y
fue Roldán.
- No tenemos NADA más que pueda explotar en este sitio. –
respondió Burche encogiéndose de hombros, resignado. – Diría que los
extintores, pero ya los hemos gastados todos. No queda nada que contenga la
presión suficiente como para estallar. – se encogió de hombros de nuevo.
- Entonces tal vez deberíamos intentar salir de aquí
mientras podamos. Ella está ahora muy ocupada cazando como para hacernos caso.
– sugirió Beaumont, tras un momento de silencio.
- Podemos intentarlo, sí. – asintió él, convencido.
Ahora dejaron
que el pánico se apoderase de ellos para echar a correr de nuevo hacia la
primera planta del edificio y buscar la salida mientras rezaban para que ella
no estuviese por allí; sabían que tarde o temprano se la encontrarían.
Sin embargo la
gran bata blanca estaba demasiado ocupada con algo realmente importante; el
grupo de cuatro pacientes que buscaba huir…ya no podía encontrarlo, lo que
suponía que estaban demasiado lejos de ella para poder influenciarlos. Eso era
malo, la ponía nerviosa y la asustaba, pero también bueno; significaba que se
habían marchado.
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