miércoles, 19 de marzo de 2014

Centro psiquiátrico

    La explosión les había hecho caer a ellos, pero no a ella. Ella corría hacia donde se encontraban, dispuesta para cosecharlos
    Burche, que fue el primero en volver a levantar, trató de ayudar a Beaumont pero sin éxito; Roldán había caído en una mala posición y ahora se dolía de un tobillo que probablemente se habría partido. Durante un instante Conrad se planteó ayudarlo a levantar, pero el aullido que produjo la carcajada de la gran bata blanca fue suficiente para que decidiese echar a correr para salvarse.

- ¡Ayúdame! – exclamó, cogiéndolo del tobillo, asustado.
- ¡Suéltame, viejo asqueroso! – replicó Burche, tratando de soltarse. – Tú ya estás acabado, deja que yo intente salvarme. – dijo tratando de convencerlo. Sin embargo no dudó en soltarle una fuerte patada en la cara que lo dejó lo suficientemente atontado como para que le soltase. – Lo siento, viejo, pero mejor tú que yo. – pensaba mientras corría pasillo adentro, buscando refugio.

    Primero los gritos de miedo ante la idea de ser atrapado por aquella criatura horrenda, luego llegaron los aullidos de auténtico terror cuando las manos de mujer se cernieron sobre su espalda, levantándolo del suelo sin esfuerzo.
    Ella rió, satisfecha, al atrapar a su presa. Se lo llevó, cargándolo sobre los hombros, hacia el edificio donde la habían encerrado; allí tenía algo muy importante y no podía permitir dejarlo sin protección demasiado tiempo.
    Beaumont observó con horror y obsesión la espalda de la criatura que le había atrapado. Aquella zona del cuerpo estaba completamente retorcida y reseca, como si hubiese sido expuesta durante mucho tiempo a un ardiente fuego. Como si hubiesen intentado quemarla viva para matarla. Trató de retorcerse para zafarse de ella, pero le tenía sujeto con tanta fuerza que todo fue inútil. También trató de golpearla para intentar hacerla caer, pero la idea de tocar aquella zona tan cicatrizada le daba auténtico asco.

- ¡Suéltame, suéltame! – aulló, intentando escapar pero al mismo tiempo sin hacerlo, presa del pánico.
- Te di la oportunidad de pactar tu vida conmigo, pero no la quisiste aprovechar, Roldán. – respondió ella por primera vez con su voz real. Una voz sucia, quebrada, que sonaba artificial y lejana; como si no fuese de ese planeta, sino de otro a millones de años luz.
- ¡Por favor, suéltame, déjame marchar! – exclamó, tratando de soltarse de nuevo.
- No te preocupes, Roldán, no estarás solo en la oscuridad. – respondió ella con una sonrisa divertida. – Pronto atraparé también a Conrad, y juntos volveréis a jugar al escondite conmigo. ¿No os apetece? Yo me muero de ganas por hacerlo. – tras aquellas palabras se relamió de forma lenta y concienciada, quería que Beaumont escuchase el sonido de su lengua, una lengua demasiado larga para ser humana, pasar por los labios cortados.
- ¡No, no! – aulló.

    La gran bata blanca se llevó a su primera presa hacia su guardia, donde la tendría encerrada hasta el momento adecuado. Aquellos dos eran los responsables, vivos, de su encierro y pensaba cobrarse aquél tiempo perdido.
    En el edificio menor el grupo de pacientes no encontró nada en ninguna habitación, todas estaban completamente vacías y completamente limpias, lo cual no les resultaba lógico en absoluto.

- Es como si este lugar no fuese real. – susurró uno de ellos.
- Yo lo veo muy real. – respondió otro con tono irónico, negando con la cabeza.

- Quiero decir que esto lleva mucho tiempo abandonado, ¿cómo es que no hay ninguna mancha de tierra por ninguna parte? 

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