La explosión
les había hecho caer a ellos, pero no a ella. Ella corría hacia donde se
encontraban, dispuesta para cosecharlos
Burche, que fue
el primero en volver a levantar, trató de ayudar a Beaumont pero sin éxito;
Roldán había caído en una mala posición y ahora se dolía de un tobillo que
probablemente se habría partido. Durante un instante Conrad se planteó ayudarlo
a levantar, pero el aullido que produjo la carcajada de la gran bata blanca fue
suficiente para que decidiese echar a correr para salvarse.
- ¡Ayúdame! – exclamó, cogiéndolo del tobillo, asustado.
- ¡Suéltame, viejo asqueroso! – replicó Burche, tratando
de soltarse. – Tú ya estás acabado, deja que yo intente salvarme. – dijo
tratando de convencerlo. Sin embargo no dudó en soltarle una fuerte patada en
la cara que lo dejó lo suficientemente atontado como para que le soltase. – Lo siento, viejo, pero mejor tú que yo. –
pensaba mientras corría pasillo adentro, buscando refugio.
Primero los
gritos de miedo ante la idea de ser atrapado por aquella criatura horrenda,
luego llegaron los aullidos de auténtico terror cuando las manos de mujer se
cernieron sobre su espalda, levantándolo del suelo sin esfuerzo.
Ella rió,
satisfecha, al atrapar a su presa. Se lo llevó, cargándolo sobre los hombros,
hacia el edificio donde la habían encerrado; allí tenía algo muy importante y
no podía permitir dejarlo sin protección demasiado tiempo.
Beaumont
observó con horror y obsesión la espalda de la criatura que le había atrapado.
Aquella zona del cuerpo estaba completamente retorcida y reseca, como si
hubiese sido expuesta durante mucho tiempo a un ardiente fuego. Como si
hubiesen intentado quemarla viva para matarla. Trató de retorcerse para zafarse
de ella, pero le tenía sujeto con tanta fuerza que todo fue inútil. También
trató de golpearla para intentar hacerla caer, pero la idea de tocar aquella
zona tan cicatrizada le daba auténtico asco.
- ¡Suéltame, suéltame! – aulló, intentando escapar pero
al mismo tiempo sin hacerlo, presa del pánico.
- Te di la oportunidad de pactar tu vida conmigo, pero no
la quisiste aprovechar, Roldán. – respondió ella por primera vez con su voz
real. Una voz sucia, quebrada, que sonaba artificial y lejana; como si no fuese
de ese planeta, sino de otro a millones de años luz.
- ¡Por favor, suéltame, déjame marchar! – exclamó,
tratando de soltarse de nuevo.
- No te preocupes, Roldán, no estarás solo en la
oscuridad. – respondió ella con una sonrisa divertida. – Pronto atraparé
también a Conrad, y juntos volveréis a jugar al escondite conmigo. ¿No os
apetece? Yo me muero de ganas por hacerlo. – tras aquellas palabras se relamió
de forma lenta y concienciada, quería que Beaumont escuchase el sonido de su
lengua, una lengua demasiado larga para ser humana, pasar por los labios
cortados.
- ¡No, no! – aulló.
La gran bata
blanca se llevó a su primera presa hacia su guardia, donde la tendría encerrada
hasta el momento adecuado. Aquellos dos eran los responsables, vivos, de su
encierro y pensaba cobrarse aquél tiempo perdido.
En el edificio
menor el grupo de pacientes no encontró nada en ninguna habitación, todas
estaban completamente vacías y completamente limpias, lo cual no les resultaba
lógico en absoluto.
- Es como si este lugar no fuese real. – susurró uno de
ellos.
- Yo lo veo muy real. – respondió otro con tono irónico,
negando con la cabeza.
- Quiero decir que esto lleva mucho tiempo abandonado,
¿cómo es que no hay ninguna mancha de tierra por ninguna parte?
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