miércoles, 19 de marzo de 2014

Delia en el país de la oligofrenia [25]

- Entonces, ¿cómo se supone que voy a plantarle cara yo? – preguntó con tono incrédulo, negando con la cabeza, y los ojos abiertos como platos. – Si nadie se ha atrevido a plantarle cara, ¿cómo esperáis que yo pueda hacer nada contra él? ¡Es ridículo! – exclamó, golpeando el suelo con un puño, mirándolos a todos.
- Con nuestra ayuda, por supuesto. – respondió Gato con un ligero brillo en los ojos. – No vamos a dejarte sola en todo esto porque también nos concierne a nosotros. Creo que, cuando hayamos empezado, más habitantes nos ayudarán a derrotarle. No va a ser fácil, Delia. – dijo mirándola fijamente a los ojos. – Y probablemente tampoco va a ser agradable, pero te necesitamos. Necesitamos que alguien como tú acabe con el veneno de Oliver para que podamos volver a ser libres.
- ¿Pero por qué yo? – preguntó, dudosa. – No soy la más grande ni la más fuerte, hay cientos de personas mucho más preparadas que yo para hacerle frente.
- Porque tú tienes más poder del que crees. – respondió Gato con voz segura y firme. – Tu gemela puede ayudarte a resolver trampas y acertijos, y cuando consigamos liberar a tu amor…serás imparable. – hablaba con resolución, convencido de lo que decía, y se la estaba contagiando a ella. – Juntos seréis totalmente indestructibles para Oliver.
- Bueno, quizá no tanto. – dijo Rata, entrometiéndose en la conversación sin poder evitarlo. – Pero sí que estarás en disposición de darle una buena tunda a ese maldito diablo. – aseguró, sonriendo.
- ¡Eh! – exclamó Cucaracha con voz trémula. – ¿Qué tal si dejamos un momento los discursos de guerra y le echamos una pata a un servidor? ¡Esto pesa!

    Cucaracha y Rata se habían marchado de la habitación a buscar algo que podría servirle, pero no le habían dicho de qué se trataba, y ahora llegaban por fin. La figura de Gato, frente a ella, tapaba lo que traían entre manos, por lo que sentía una gran curiosidad por saber de qué se trataba. Por fin Rata volvió a su lugar para ayudar a cucaracha.
    Cuando vio de qué se trataba no pudo evitar un grito, mezcla de asombro y júbilo, al distinguir la forma y comprender de qué diablos se trataba. Tenía un mango de madera negra bastante largo y el objeto acababa en una hoja de metal curvada; una hoja que resplandecía con un brillo siniestro, una hoja que prometía estar muy afilada. La unión entre el cabo de madera y la hoja metálica estaba decorada con dos enormes caras hechas con el mismo metal; una sonreía, la otra se lamentaba. El grueso de la hoja estaba decorado con una carta francesa, un as de picas sangrante.

- Una… - susurró con un hilo de voz. – Una guadaña. – dijo al fin, todos asintieron. – Pero… ¿para qué?
- Oliver ya sabe que estás aquí, y que eres un peligro para él y sus planes. – respondió Gato con tono serio, mirándola fijamente. – Necesitarás toda la ayuda posible para deshacerte de sus secuaces, y ésta guadaña te será útil para eso. Además, si quieres recuperar a tu novio tendrás que abrirte paso por la prisión.
- Pero…pero yo no quería matar a nadie, yo no sabía que iba a ser necesario derramar sangre para todo esto. – dijo ella, negando con la cabeza repetidas veces. ¿Asesinar a alguien? Lo había hecho muchas veces en su propia mente, cuando se hartaba de escuchar las tonterías de alguien en particular, pero nunca había pensado en pasar esos pensamientos a la realidad.
- No te preocupes, Delia, porque no va a correr ninguna sangre. – sonrió Rata, divertido. – Los secuaces de Oliver no son más que títeres, marionetas a su servicio, y como tal sólo están rellenos de tierra. Su sangre se secó hace mucho tiempo, por lo que realmente no vas a asesinar a nadie. – aseguró.

    Llevó una mano temblorosa hacia el mango de madera viejo para cogerlo. Cuando cerró su mano en torno a la madera pudo sentir, durante un breve momento, el poder que emanaba de aquél instrumento; notaba la fuerza que poseía, y eso le gustaba.
    Había cerrado los ojos al tocar el mango de la guadaña pero ahora los abría con un brillo oscuro y demencial. Sonreía, dispuesta a recuperar su vida y la de todos en la casa.


- Muy bien, vamos allá. – se colocó en pie, mirándolos a todos. – ¿Por dónde empezamos? – sonrió una vez más, relamiéndose lentamente. 

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