- Entonces, ¿cómo se supone que voy a plantarle cara
yo? – preguntó con tono incrédulo, negando con la cabeza, y los ojos abiertos
como platos. – Si nadie se ha atrevido a plantarle cara, ¿cómo esperáis que yo
pueda hacer nada contra él? ¡Es ridículo! – exclamó, golpeando el suelo con un
puño, mirándolos a todos.
- Con nuestra ayuda, por supuesto. – respondió Gato
con un ligero brillo en los ojos. – No vamos a dejarte sola en todo esto porque
también nos concierne a nosotros. Creo que, cuando hayamos empezado, más
habitantes nos ayudarán a derrotarle. No va a ser fácil, Delia. – dijo
mirándola fijamente a los ojos. – Y probablemente tampoco va a ser agradable,
pero te necesitamos. Necesitamos que alguien como tú acabe con el veneno de
Oliver para que podamos volver a ser libres.
- ¿Pero por qué yo? – preguntó, dudosa. – No soy la
más grande ni la más fuerte, hay cientos de personas mucho más preparadas que
yo para hacerle frente.
- Porque tú tienes más poder del que crees. –
respondió Gato con voz segura y firme. – Tu gemela puede ayudarte a resolver
trampas y acertijos, y cuando consigamos liberar a tu amor…serás imparable. –
hablaba con resolución, convencido de lo que decía, y se la estaba contagiando
a ella. – Juntos seréis totalmente indestructibles para Oliver.
- Bueno, quizá no tanto. – dijo Rata,
entrometiéndose en la conversación sin poder evitarlo. – Pero sí que estarás en
disposición de darle una buena tunda a ese maldito diablo. – aseguró,
sonriendo.
- ¡Eh! – exclamó Cucaracha con voz trémula. – ¿Qué
tal si dejamos un momento los discursos de guerra y le echamos una pata a un
servidor? ¡Esto pesa!
Cucaracha
y Rata se habían marchado de la habitación a buscar algo que podría servirle,
pero no le habían dicho de qué se trataba, y ahora llegaban por fin. La figura
de Gato, frente a ella, tapaba lo que traían entre manos, por lo que sentía una
gran curiosidad por saber de qué se trataba. Por fin Rata volvió a su lugar
para ayudar a cucaracha.
Cuando vio
de qué se trataba no pudo evitar un grito, mezcla de asombro y júbilo, al
distinguir la forma y comprender de qué diablos se trataba. Tenía un mango de
madera negra bastante largo y el objeto acababa en una hoja de metal curvada;
una hoja que resplandecía con un brillo siniestro, una hoja que prometía estar
muy afilada. La unión entre el cabo de madera y la hoja metálica estaba
decorada con dos enormes caras hechas con el mismo metal; una sonreía, la otra
se lamentaba. El grueso de la hoja estaba decorado con una carta francesa, un
as de picas sangrante.
- Una… - susurró con un hilo de voz. – Una guadaña.
– dijo al fin, todos asintieron. – Pero… ¿para qué?
- Oliver ya sabe que estás aquí, y que eres un
peligro para él y sus planes. – respondió Gato con tono serio, mirándola
fijamente. – Necesitarás toda la ayuda posible para deshacerte de sus secuaces,
y ésta guadaña te será útil para eso. Además, si quieres recuperar a tu novio
tendrás que abrirte paso por la prisión.
- Pero…pero yo no quería matar a nadie, yo no sabía
que iba a ser necesario derramar sangre para todo esto. – dijo ella, negando
con la cabeza repetidas veces. ¿Asesinar a alguien? Lo había hecho muchas veces
en su propia mente, cuando se hartaba de escuchar las tonterías de alguien en
particular, pero nunca había pensado en pasar esos pensamientos a la realidad.
- No te preocupes, Delia, porque no va a correr
ninguna sangre. – sonrió Rata, divertido. – Los secuaces de Oliver no son más
que títeres, marionetas a su servicio, y como tal sólo están rellenos de
tierra. Su sangre se secó hace mucho tiempo, por lo que realmente no vas a
asesinar a nadie. – aseguró.
Llevó una
mano temblorosa hacia el mango de madera viejo para cogerlo. Cuando cerró su
mano en torno a la madera pudo sentir, durante un breve momento, el poder que
emanaba de aquél instrumento; notaba la fuerza que poseía, y eso le gustaba.
Había
cerrado los ojos al tocar el mango de la guadaña pero ahora los abría con un
brillo oscuro y demencial. Sonreía, dispuesta a recuperar su vida y la de todos
en la casa.
- Muy bien, vamos allá. – se colocó en pie,
mirándolos a todos. – ¿Por dónde empezamos? – sonrió una vez más, relamiéndose
lentamente.
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