lunes, 24 de marzo de 2014

Centro psiquiátrico

    Sin embargo Beaumont sabía que la presencia de aquellos pacientes ponía demasiado nerviosa a la gran bata blanca, y en ese momento se alegraba de no haberlos escogido como conejillos de indias en algún absurdo experimento científico que sólo les hubiese ocasionado la muerte. Tenía que encontrar la manera de hablar con el grupo para decirles el poder que tenían en las manos y cómo usarlo, pero sin que Ella se enterase de lo que estaba pasando; por eso no podía pensar en absoluto sobre ese tema, o de lo contrario Ella le oiría, y lo mataría antes de tiempo.
    Ella, la poderosa gran bata blanca, se adentraba cada vez más en lo que antaño había sido su prisión, sintiendo que la opresión en el deformado pecho se hacía cada vez más patente; cuanto más se adentraba en las entrañas de la tierra más se acercaba al grupo de pacientes, y más miedo tenía. Debía buscar la manera de eliminarlos a todos, o al menos a uno, y evitar que pudiesen cerrar el círculo a tiempo; debía impedir que volviesen a confundirla el tiempo suficiente como para hacer que olvidase la salida, encerrándola de nuevo allí.
    Sonrió, relamiéndose, acercándose hacia la guardia, debía dar la impresión a Beaumont de que todo estaba bajo control y no tenía miedo de nada, o de lo contrario éste intentaría hacer algo contra ella; era duro admitir que, al menos por el momento, no era tan intocable como desearía ser.

- Pronto, Roldán, muy pronto. – susurró, sonriendo.
- Muy pronto, ¿qué, te darás cuenta de que estás perdida? – preguntó él, manteniendo la compostura.
- No, querido. Tú te darás cuenta de que no sirves más que para alimentar a mi prole, y entonces te rendirás por completo.
- Estoy seguro de que eso es lo que más deseas en este momento, ¿verdad? – preguntó con tono condescendiente. – Quieres pensar que estás a salvo por fin, y que podrás salir al exterior para adueñarte de todo cuanto te plazca, pero sabes que eso no pasará.

    Titubeó y odió al humano por eso, le hacía parecer débil. Hizo un gran esfuerzo por controlarse para no matarlo en ese momento, pero lo logró consolándose en la idea del horror que le tenía reservado. Continuó adentrándose por el túnel, en silencio.
    El grupo avanzaban por delante de las voces que habían oído, aunque sin saber a cuánta distancia de las mismas. La idea inicial era esconderse en alguna desviación o pequeña cueva que encontrasen, pero el túnel por el que avanzaban era completamente liso. Parecía estar perfectamente excavado por alguien.

- ¿Alguien puede decirme cuánto tiempo llevamos caminando? – susurró uno de los pacientes, cansado.
- Ssh, calla. – ordenó otro con tono autoritario. – Sigamos avanzando, al menos de momento no tenemos riesgo de perdernos, ¿no? – añadió, intentando suavizar sus palabras.
- Bueno, eso está por ver. – terció un tercero con tono crítico. – No podemos perdernos porque el camino de vuelta es en línea recta pero, ¿cómo diablos vamos a salir de este jodido agujero? Esas voces están entre nosotros y la libertad.

    El grupo guardó silencio, consciente de aquello. Ninguno de ellos había propuesto encararse a las voces e intentar derribarlas para poder salir ya que todos habían percibido algo extraño en aquella entonación, algo que no les había gustado; algo que prometía ser lo suficientemente fuerte como para acabar con los cuatro de un plumazo.

    Avanzaron en silencio, adentrándose más en aquella gruta sin saber cuánto tiempo llevaban caminando sin descanso, hasta encontrarse accidentalmente con una caída de casi dos metros que los dejó en una gran sala de piedra lisa. En aquella sala podían comenzar a ver un poco, algo resplandecía. Las voces que les seguían rieron, tras ellos. 

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