La sala donde
habían caído tenía varias entradas, excavada en la propia piedra, que debían
medir casi dos metros y medio de altura. Los pacientes observaron en silencio y
se miraron unos a otros.
- ¿Por dónde vamos? – susurró uno, señalando la hilera de
posibilidades que se abría ante ellos.
- No lo sé, una cualquiera. – respondió otro con
indiferencia.
- No creo que debamos escoger una sin más. – replicó
otro, negando con la cabeza. – Creo que tenemos que elegir bien la puerta por
la que vamos a entrar.
- ¿Qué más da? Lo más lógico sería que nos separásemos.
Con un poco de suerte no elegirán ninguna de las puertas que nosotros hayamos
escogido, pero no es una buena idea que nos escondamos todos en la misma. –
comentó, mirando al grupo seriamente.
- No lo sé… - susurró otro, chasqueando la lengua. La
idea de separar el grupo no era demasiado buena.
La risa volvió
a sonar tras ellos con fuerza, cada vez más cerca, y eso rompió la
concentración. Todos se escondieron en una puerta diferente.
La gran bata blanca percibió aquél desorden
inesperado y sonrió, satisfecha, corriendo hacia la sala.
- ¿Qué te parece, Roldán? – preguntó, riendo. – Parece
que tus conejillos de indias acaban de firmar su sentencia de muerte. Se han
separado, han roto el grupo, y ahora ya no tienen la capacidad de enfrentarse a
mí. – sonrió, relamiéndose. – Ahora sólo son un grupo de animalillos asustados
a punto de recorrer el laberinto, un pequeño aperitivo. Cuando mi prole vuelva
a la vida podrá aprender a cazar con todos ellos. Mucho me temo que has
fracasado.
- Yo no estaría tan segura de mi victoria. – replicó él
con indiferencia. – Crees que has ganado porque se han separado, pero el
laberinto puede volver a unirlos, ¿recuerdas? Fue así como surgió mi grupo. No
creo que sea una buena idea que dejes a tus crías sueltas por ahí con ellos,
quizá sean ellos quienes las cacen. – sonrió de medio lado.
- ¡Basta! – ordenó, lanzándolo por el boquete que había
abierto para huir de la sala.
Beaumont cayó
contra el suelo y observó durante un momento las posibilidades por las que
intentar huir; ninguna de aquellas entradas llevaba a ninguna salida.
Echó la vista a
atrás mientras se ponía en pie, corriendo hacia una de las entradas mientras
rezaba para que ella no viese por cuál entraba; era crucial que encontrase al
grupo de pacientes para que les contase lo que estaba sucediendo allí y que
ellos plantasen cara a la gran bata blanca, encerrándola una vez más. Lo más
probable era que no le creyesen, e incluso que quisiesen vengarse de él por
todo el dolor que les había causado, pero tenía que arriesgarse, no podía
permitir que aquella cosa saliese a la luz del sol.
Corrió hacia
una de las aberturas y se refugió a tiempo en la oscuridad mientras ella bajaba
de un salto ágil.
- Roldán… ¿dónde estás, pequeño? – llamó con una voz que
no era la suya. Sabía que aquella voz traería recuerdos al médico y que en ese
momento estaría temblando de miedo, rió mientras se acercaba hacia la primera
entrada.
Beaumont estuvo
a punto de gritar al escuchar el tono de voz de su madre, pero una mano surgida
de la oscuridad le tapó la boca con fuerza. Miró hacia el interior intentando
distinguir de quién se trataba, pero la oscuridad allí era total.
- Hola, director. ¿Qué le trae por este miserable
agujero? – preguntó una voz cerca de él. - ¿Ha venido a jugar con nosotros? –
sonrió.
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