miércoles, 26 de marzo de 2014

Centro psiquiátrico

    La sala donde habían caído tenía varias entradas, excavada en la propia piedra, que debían medir casi dos metros y medio de altura. Los pacientes observaron en silencio y se miraron unos a otros.

- ¿Por dónde vamos? – susurró uno, señalando la hilera de posibilidades que se abría ante ellos.
- No lo sé, una cualquiera. – respondió otro con indiferencia.
- No creo que debamos escoger una sin más. – replicó otro, negando con la cabeza. – Creo que tenemos que elegir bien la puerta por la que vamos a entrar.
- ¿Qué más da? Lo más lógico sería que nos separásemos. Con un poco de suerte no elegirán ninguna de las puertas que nosotros hayamos escogido, pero no es una buena idea que nos escondamos todos en la misma. – comentó, mirando al grupo seriamente.
- No lo sé… - susurró otro, chasqueando la lengua. La idea de separar el grupo no era demasiado buena.

    La risa volvió a sonar tras ellos con fuerza, cada vez más cerca, y eso rompió la concentración. Todos se escondieron en una puerta diferente.
    La gran bata blanca percibió aquél desorden inesperado y sonrió, satisfecha, corriendo hacia la sala.

- ¿Qué te parece, Roldán? – preguntó, riendo. – Parece que tus conejillos de indias acaban de firmar su sentencia de muerte. Se han separado, han roto el grupo, y ahora ya no tienen la capacidad de enfrentarse a mí. – sonrió, relamiéndose. – Ahora sólo son un grupo de animalillos asustados a punto de recorrer el laberinto, un pequeño aperitivo. Cuando mi prole vuelva a la vida podrá aprender a cazar con todos ellos. Mucho me temo que has fracasado.
- Yo no estaría tan segura de mi victoria. – replicó él con indiferencia. – Crees que has ganado porque se han separado, pero el laberinto puede volver a unirlos, ¿recuerdas? Fue así como surgió mi grupo. No creo que sea una buena idea que dejes a tus crías sueltas por ahí con ellos, quizá sean ellos quienes las cacen. – sonrió de medio lado.
- ¡Basta! – ordenó, lanzándolo por el boquete que había abierto para huir de la sala.

    Beaumont cayó contra el suelo y observó durante un momento las posibilidades por las que intentar huir; ninguna de aquellas entradas llevaba a ninguna salida.
    Echó la vista a atrás mientras se ponía en pie, corriendo hacia una de las entradas mientras rezaba para que ella no viese por cuál entraba; era crucial que encontrase al grupo de pacientes para que les contase lo que estaba sucediendo allí y que ellos plantasen cara a la gran bata blanca, encerrándola una vez más. Lo más probable era que no le creyesen, e incluso que quisiesen vengarse de él por todo el dolor que les había causado, pero tenía que arriesgarse, no podía permitir que aquella cosa saliese a la luz del sol.
    Corrió hacia una de las aberturas y se refugió a tiempo en la oscuridad mientras ella bajaba de un salto ágil.

- Roldán… ¿dónde estás, pequeño? – llamó con una voz que no era la suya. Sabía que aquella voz traería recuerdos al médico y que en ese momento estaría temblando de miedo, rió mientras se acercaba hacia la primera entrada.

    Beaumont estuvo a punto de gritar al escuchar el tono de voz de su madre, pero una mano surgida de la oscuridad le tapó la boca con fuerza. Miró hacia el interior intentando distinguir de quién se trataba, pero la oscuridad allí era total.


- Hola, director. ¿Qué le trae por este miserable agujero? – preguntó una voz cerca de él. - ¿Ha venido a jugar con nosotros? – sonrió. 

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