viernes, 28 de marzo de 2014

Centro psiquiátrico

- Deja de decir estupideces y escúchame atentamente. – replicó Roldán, sin tiempo para andarse con juegos.
- No, director. Va a ser usted el que me escuche atentamente. – dijo el paciente, cortándole la frase. – No pensaría que podría tratarnos como a ratas de laboratorio sin sufrir las consecuencias, ¿verdad? – le dedicó una sonrisa a medias. – Ahora estamos solos usted y yo, director Beaumont, y creo que es mi turno de jugar. – volvió a sonreír.

    La mano voló mucho antes de que el hombre pudiese pensar lo que estaba haciendo y la bofetada fue más sonora de lo que hubiese deseado, ella les había escuchado. Roldán agarró al paciente por los hombros y lo zarandeó para hacer que callara y escuchase lo que iba a decirle.

- Esto ya no trata sobre vosotros o yo, muchacho. Se trata de que eso viene hacia aquí y os va a encontrar. Ella sabe que vosotros sois los únicos capaces de hacerle frente, por lo que vendrá a mataros ahora que estáis separados. ¿Lo comprendes? – preguntó, mirándolo fijamente.
- Comprendo que está más loco de lo que creía. – replicó el paciente, apartándose de él.
- ¿Quieres hacer el favor de escucharme, imbécil? – insistió Beaumont. – ¡Tienes que buscar a los otros y explicarles lo que voy a decirte, es muy importante! – dijo mirando por encima del hombro hacia atrás, con miedo de encontrársela de frente. – Vosotros tenéis la capacidad de aturdirla y volver a encerrarla aquí dentro, y tenéis que hacerlo. Ella no puede salir al exterior o todo se habrá acabado.
- Claro, claro Doctor. – asintió el paciente, despacio. – ¿Y cómo la detenemos?

    Roldán se sintió aliviado al ver que el paciente al fin comprendía la gravedad de la situación y se mostraba dispuesto a encerrar a aquella criatura de nuevo. No le diría que, casi con toda seguridad, ella acabase matándolos a todos, o a casi todos, porque era algo que el paciente no tenía por qué saber; de lo contrario no intentarían detenerla, y hacerlo era crucial.

- Ella se guía por vuestros pensamientos, como si fuesen un GPS neuronal, o al menos eso es lo que creo. – explicó, mirándolo de nuevo fijamente. – Lo que tenéis que hacer es captar el pensamiento del grupo y repetirlo hasta la saciedad para que ella no logre distinguiros y os convirtáis en uno sólo; de ese modo ese pensamiento será lo suficientemente potente como para hacerla huir desorientada, y con eso se perderá de nuevo en el laberinto. – lo miraba fijamente, esperando una reacción del paciente que se limitaba a escuchar y a asentir de vez en cuando. – Pero debéis tener mucho cuidado, porque ella aprovechará la mínima distracción para meterse en vuestro pensamiento y lo usará en vuestra contra. ¿Lo has comprendido bien?
- Perfectamente, doctor. – asintió el paciente, alejándose de él.
- Bien, tened mucho cuidado…y mucha suerte. – deseó Beaumont, viéndolo alejarse. – Yo intentaré proporcionaros todo el tiempo que pueda para que os encontréis de nuevo, pero no creo que sea demasiado. – respondió con tono de pena.

    Roldán se encaminó por el lado opuesto al que se alejaba el paciente, listo para encontrarse con la gran bata blanca y distraerla para hacer que el grupo ganase tiempo. El miedo le latía en el pecho con más fuerza que el propio corazón.

- Espero que sepan hacerlo, porque si no estaremos todos perdidos. – pensó, de forma deliberada para atraer la atención de ella, mientras avanzaba en silencio.
- Ya estáis perdidos de todas formas, Roldán. He ido a buscar a tu amiguito Conrad, quiero que los dos estéis presentes cuando cace a esos imbéciles. – respondió ella, satisfecha.
- Adelante, ve a por él. – animó, satisfecho. –No creo que los llames imbéciles cuando te derroten.

- Y yo no creo que lo hagan. – replicó ella. 

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