- Deja de decir estupideces y escúchame atentamente. –
replicó Roldán, sin tiempo para andarse con juegos.
- No, director. Va a ser usted el que me escuche
atentamente. – dijo el paciente, cortándole la frase. – No pensaría que podría
tratarnos como a ratas de laboratorio sin sufrir las consecuencias, ¿verdad? –
le dedicó una sonrisa a medias. – Ahora estamos solos usted y yo, director
Beaumont, y creo que es mi turno de jugar. – volvió a sonreír.
La mano voló
mucho antes de que el hombre pudiese pensar lo que estaba haciendo y la
bofetada fue más sonora de lo que hubiese deseado, ella les había escuchado.
Roldán agarró al paciente por los hombros y lo zarandeó para hacer que callara
y escuchase lo que iba a decirle.
- Esto ya no trata sobre vosotros o yo, muchacho. Se
trata de que eso viene hacia aquí y os va a encontrar. Ella sabe que vosotros
sois los únicos capaces de hacerle frente, por lo que vendrá a mataros ahora
que estáis separados. ¿Lo comprendes? – preguntó, mirándolo fijamente.
- Comprendo que está más loco de lo que creía. – replicó
el paciente, apartándose de él.
- ¿Quieres hacer el favor de escucharme, imbécil? –
insistió Beaumont. – ¡Tienes que buscar a los otros y explicarles lo que voy a
decirte, es muy importante! – dijo mirando por encima del hombro hacia atrás,
con miedo de encontrársela de frente. – Vosotros tenéis la capacidad de
aturdirla y volver a encerrarla aquí dentro, y tenéis que hacerlo. Ella no
puede salir al exterior o todo se habrá acabado.
- Claro, claro Doctor. – asintió el paciente, despacio. –
¿Y cómo la detenemos?
Roldán se
sintió aliviado al ver que el paciente al fin comprendía la gravedad de la
situación y se mostraba dispuesto a encerrar a aquella criatura de nuevo. No le
diría que, casi con toda seguridad, ella acabase matándolos a todos, o a casi
todos, porque era algo que el paciente no tenía por qué saber; de lo contrario
no intentarían detenerla, y hacerlo era crucial.
- Ella se guía por vuestros pensamientos, como si fuesen
un GPS neuronal, o al menos eso es lo que creo. – explicó, mirándolo de nuevo
fijamente. – Lo que tenéis que hacer es captar el pensamiento del grupo y
repetirlo hasta la saciedad para que ella no logre distinguiros y os convirtáis
en uno sólo; de ese modo ese pensamiento será lo suficientemente potente como
para hacerla huir desorientada, y con eso se perderá de nuevo en el laberinto. –
lo miraba fijamente, esperando una reacción del paciente que se limitaba a
escuchar y a asentir de vez en cuando. – Pero debéis tener mucho cuidado,
porque ella aprovechará la mínima distracción para meterse en vuestro
pensamiento y lo usará en vuestra contra. ¿Lo has comprendido bien?
- Perfectamente, doctor. – asintió el paciente, alejándose
de él.
- Bien, tened mucho cuidado…y mucha suerte. – deseó Beaumont,
viéndolo alejarse. – Yo intentaré proporcionaros todo el tiempo que pueda para
que os encontréis de nuevo, pero no creo que sea demasiado. – respondió con
tono de pena.
Roldán se
encaminó por el lado opuesto al que se alejaba el paciente, listo para
encontrarse con la gran bata blanca y distraerla para hacer que el grupo ganase
tiempo. El miedo le latía en el pecho con más fuerza que el propio corazón.
- Espero que sepan
hacerlo, porque si no estaremos todos perdidos. – pensó, de forma deliberada
para atraer la atención de ella, mientras avanzaba en silencio.
- Ya estáis
perdidos de todas formas, Roldán. He ido a buscar a tu amiguito Conrad, quiero
que los dos estéis presentes cuando cace a esos imbéciles. – respondió ella,
satisfecha.
- Adelante, ve a
por él. – animó, satisfecho. –No creo
que los llames imbéciles cuando te derroten.
- Y
yo no creo que lo hagan. – replicó ella.
No hay comentarios:
Publicar un comentario