sábado, 8 de marzo de 2014

Centro psiquiátrico

    La idea de volver a ser perseguido por aquella criatura le resultaba aterradora, y ahora ya no sabía exactamente qué hacer. Odiaba a Beaumont por lo que le había hecho, ¿o sería porque ella quería que le odiase?, pero le necesitaría para poder escapar de aquél maldito lugar una vez más.

- Siempre puedo usarle como cebo, yo huyo mientras ella se lo come. – pensó mirando hacia el director del centro, sin saber cómo reaccionar.
- Eso no es ser un buen amiguito, Conrad. – dijo la voz de la mujer con una sonrisa irónica en los labios. Unos labios que nadie querría ver jamás; unos labios de metal oxidado, manchados.
- Como si me importase lo más mínimo. – respondió Burche con un encogimiento de hombros sincero. – Lo que me importa es salvar mi propio pellejo, todo lo demás son cosas sin importancia, ya lo sabes.
- Ya sé que no te importa nada que no seas tú mismo, Conrad. – replicó la voz de mujer, divertida. – Y me alegro de que sea así, eso me da más juego para poder cazaros.

    Aquello fue suficiente para hacerle tomar una decisión: sería mejor enterrar el hacha de guerra, por el momento, con Beaumont para escapar del centro. Una vez estuviese a salvo, y suponiendo que el maldito vejestorio hubiese sobrevivido, se encargaría de retomar el asunto donde lo habían dejado.

- Está bien. ¿Cómo lo hacemos? – dijo al fin, saliendo de las sombras para acercarse a Beaumont, que le miraba con clara desconfianza.
- No lo sé. – confesó él con un encogimiento de hombros. – No quiero volver a entrar en ese sitio nunca más.
- Yo tampoco. – dijo él, aliviado por oír aquello.
- Pero no podemos marcharnos sin más, dejándola aquí a su libre albedrío. – dijo el falso médico con un suspiro cansado. – No tardaría en salir de este sitio.
- ¿Y eso qué me importa? – preguntó Conrad cruzándose de brazos. – Que se coma al resto del mundo, si quiere, pero yo no voy a jugármela volviendo ahí dentro.
- Tarde o temprano acabaría encontrándote. – respondió Roldán con un suspiro impaciente, era increíble que no fuese capaz de pensar en algo tan obvio como aquello.

    El silencio fue incómodo, y ambos se miraron en silencio mientras calculaban las posibilidades de una traición repentina.

- Podemos encerrarla aquí. – dijo al fin Conrad, mirándolo de soslayo.
- ¿Cómo?
- Es fácil, al menos en teoría. – se encogió de hombros. – Sólo tenemos que ir a la sala de calderas y hacerla explotar. Con suerte hará que este sitio se derrumbe.
- ¿Y el resto de pacientes? – preguntó, conociendo de antemano la respuesta. No porque supiera que Conrad fuese un auténtico psicópata, sino porque él opinaba exactamente igual.
- Que se jodan.

    La gran bata blanca volvió a reír de forma silenciosa, pero notable.

- Tenemos que darnos prisa. – dijo Beaumont, aterrorizado por aquella risa.
- Sí, me he dado cuenta. – replicó Burche cargado de ironía.


    En las afueras del edificio principal los cuatro pacientes continuaban tratando de huir de los falsos vigilantes, que les seguían de cerca riendo y gritando para dispersarles. Era crucial mantener la unión del grupo, pero cada vez estaban más distanciados unos de otros, si no volvían a formar una sola mente no podrían salir con vida. 

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