La idea de
volver a ser perseguido por aquella criatura le resultaba aterradora, y ahora
ya no sabía exactamente qué hacer. Odiaba a Beaumont por lo que le había hecho,
¿o sería porque ella quería que le odiase?, pero le necesitaría para poder
escapar de aquél maldito lugar una vez más.
- Siempre puedo
usarle como cebo, yo huyo mientras ella se lo come. – pensó mirando hacia
el director del centro, sin saber cómo reaccionar.
- Eso no es ser un
buen amiguito, Conrad. – dijo la voz de la mujer con una sonrisa irónica en
los labios. Unos labios que nadie querría ver jamás; unos labios de metal
oxidado, manchados.
- Como si me
importase lo más mínimo. – respondió Burche con un encogimiento de hombros
sincero. – Lo que me importa es salvar mi
propio pellejo, todo lo demás son cosas sin importancia, ya lo sabes.
- Ya
sé que no te importa nada que no seas tú mismo, Conrad. – replicó
la voz de mujer, divertida. – Y me alegro
de que sea así, eso me da más juego para poder cazaros.
Aquello fue
suficiente para hacerle tomar una decisión: sería mejor enterrar el hacha de
guerra, por el momento, con Beaumont para escapar del centro. Una vez estuviese
a salvo, y suponiendo que el maldito vejestorio hubiese sobrevivido, se
encargaría de retomar el asunto donde lo habían dejado.
- Está bien. ¿Cómo lo hacemos? – dijo al fin, saliendo de
las sombras para acercarse a Beaumont, que le miraba con clara desconfianza.
- No lo sé. – confesó él con un encogimiento de hombros.
– No quiero volver a entrar en ese sitio nunca más.
- Yo tampoco. – dijo él, aliviado por oír aquello.
- Pero no podemos marcharnos sin más, dejándola aquí a su
libre albedrío. – dijo el falso médico con un suspiro cansado. – No tardaría en
salir de este sitio.
- ¿Y eso qué me importa? – preguntó Conrad cruzándose de
brazos. – Que se coma al resto del mundo, si quiere, pero yo no voy a jugármela
volviendo ahí dentro.
- Tarde o temprano acabaría encontrándote. – respondió
Roldán con un suspiro impaciente, era increíble que no fuese capaz de pensar en
algo tan obvio como aquello.
El silencio fue
incómodo, y ambos se miraron en silencio mientras calculaban las posibilidades
de una traición repentina.
- Podemos encerrarla aquí. – dijo al fin Conrad,
mirándolo de soslayo.
- ¿Cómo?
- Es fácil, al menos en teoría. – se encogió de hombros.
– Sólo tenemos que ir a la sala de calderas y hacerla explotar. Con suerte hará
que este sitio se derrumbe.
- ¿Y el resto de pacientes? – preguntó, conociendo de
antemano la respuesta. No porque supiera que Conrad fuese un auténtico
psicópata, sino porque él opinaba exactamente igual.
- Que se jodan.
La gran bata
blanca volvió a reír de forma silenciosa, pero notable.
- Tenemos que darnos prisa. – dijo Beaumont, aterrorizado
por aquella risa.
- Sí, me he dado cuenta. – replicó Burche cargado de
ironía.
En las afueras
del edificio principal los cuatro pacientes continuaban tratando de huir de los
falsos vigilantes, que les seguían de cerca riendo y gritando para
dispersarles. Era crucial mantener la unión del grupo, pero cada vez estaban
más distanciados unos de otros, si no volvían a formar una sola mente no
podrían salir con vida.
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