DALIA:
Los sueños
habían volado a través de su mente, llevando consigo los recuerdos del pasado;
unos recuerdos que jamás serían recordados durante más tiempo que el del propio
sueño. Cuando despertó se sintió una vez más desorientada y perdida, incapaz de
ubicarse en un espacio lógico o conocido. Cuando abrió los ojos no pudo salir
de su asombro cuando se percató de que estaba en una habitación acolchada.
El miedo
acudió a Ella cuando vio que no estaba sola en la habitación. Había junto a su
cama una mujer de aspecto nervioso y asustado y un hombre de mediana edad, con
barba recortada y mirada amable.
- Buenos días, Dalia. – dijo el hombre con una
sonrisa afable en los labios. - ¿Has dormido bien? – preguntó sin moverse, no
quería que se sintiese acorralada, aunque ya se sentía así.
- ¿Dónde estoy? – preguntó mirando hacia la puerta,
buscando una salida a aquella trampa en la que se había despertado. - ¿Qué es
este lugar? – preguntó comenzando a sentir que el miedo se volvía palpable.
- Tranquilízate, por favor. – respondió el médico,
esbozando una nueva sonrisa. – Estás a salvo, entre amigos. Este lugar es
nuestra humilde casa.
- ¿Casa? – repitió Ella, incrédula. - ¿Qué clase de
casa es esta? – se puso en pie de un salto, observando la reacción de aquellos
dos que le cerraban el paso.
El médico
permaneció quieto en el sitio sin mostrar ningún tipo de reacción especial,
pero la enfermera dio dos pasos hacia atrás de forma inconsciente. La forma de
su cara le resultaba familiar, aunque no podía decir por qué. Las preguntas
llegaban a su mente sin freno, y tenía la impresión de que no llegarían
respuestas.
- Bueno, es una casa un poco especial. – admitió el
médico sonriendo un poco, encogiéndose de hombros. – Pero en este sitio hay
gente especial, como tú, que tiene algunas necesidades especiales, ¿comprendes
lo que quiero decirte?
- No. – respondió de forma seca y directa. – Quiero
respuestas, y las quiero ahora.
- Tienes que aprender a tener un poco de paciencia,
Dalia. – pidió el médico con tono paciente. – Comprendemos que no sepas dónde
estás ni cómo has llegado aquí, y vamos a responder a tus preguntas, pero
tienes que darnos un poco de tiempo para poder explicarlo. – el tono que
empezaba era el de un padre que aleccionaba a un niño, ese tono no le gustó.
- ¿Cómo se sentiría usted si se despertase en un
sitio como este, sin recordar nada? – preguntó Ella con tono desafiante.
- Exactamente igual que tú. – asintió con calma. –
Pero guardaría silencio cuando las personas que quieren responder empezaran a
hablar. – sonrió.
Durante
apenas un breve segundo sintió el deseo de lanzarse sobre aquél médico para
arrancarle la garganta a mordiscos, segura de que no podía ser real. Nadie
sonreía tanto y tan estúpidamente como aquél tipo. No sabía quién era o qué
hacía, pero no le gustaba en absoluto; a decir verdad nada de todo aquello le
gustaba.
- ¿Estás bien?
¿Qué está pasando? – preguntó en su mente una voz muy parecida a la suya.
Aquella voz fue como un bálsamo de calma y de paz, se relajó casi de inmediato.
Conocía esa voz, la conocía a ella.
- No lo sé, no
me acuerdo de nada. Me he despertado en una habitación extraña y me he
encontrado con dos personas muy raras. ¿Quiénes son? – preguntó,
esperanzada.
- No lo sé, no
recuerdo nada anterior a mi llegada aquí. – respondió con pena.
- ¿Lo ve, doctor? – susurró la enfermera. – Ya
empieza otra vez, se ha vuelto a encerrar en una especie de mundo aparte…y no
es buena idea molestarla, se vuelve violenta.
- Lo veo, sí. – asintió el médico ajustándose las
gafas en la cara. – Es muy interesante, - susurró, absorto. - ¿alguien ha
tomado nota ya de este cambio repentino en la conducta?
- No, doctor. Nadie se atreve a entrar aquí.
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