jueves, 15 de mayo de 2014

La sombra del cielo |3|

    La escena que presencia le resulta tan extraña y absurda que no logra comprenderla. Nada de lo que ve en el interior de la sala le resulta esperanzador o bueno, pero sin embargo por algún motivo que desconoce no puede apartar la mirada.
Por el amor de Dios, ¿Qué diablos está pasando ahí dentro? – se pregunta para sí mismo, esta vez sin intención de conseguir que su otro yo vuelva a hablar con él.
    A su espalda unos pasos silenciosos se acercan sin prisa, pero con un ritmo peligroso.
¿Están…? – no se atreve a terminar la frase.
Creo que deberías salir de aquí antes de que sea demasiado tarde. – sugiere, al fin, su voz interior.
Vaya, así que has decidido volver. – replica con intención de hacerle  sentir mal, y sabe que es una estupidez: se hace sentir mal a sí mismo.
    Su cerebro hace caso omiso de la provocación y el tono recriminatorio, tiene cosas más importantes que explicarle.
Corre, márchate de aquí ahora mismo. No tenemos que estar aquí más tiempo, o nos descubrirán. – apremia, con tono nervioso.
    Descubre con horror que es la primera vez en toda su vida que escucha su voz interior hablar con miedo, y sabe que eso no debe ser nada bueno. Finalmente se vuelve a poner en pie para dar media vuelta e irse, cuando descubre que es demasiado tarde.
Ahora el bloque les pertenece y no nos dejarán salir. – las palabras de su voz interior son devastadoras y directas.
¿A quién le pertenece? – pregunta, confundido pero conociendo la respuesta.
A Ellos. Finalmente han logrado regresar, y ahora están muy cabreados. – se dice, obligándole a correr a toda prisa.
    En su desesperada carrera escaleras abajo, una vez más ha decidido que el ascensor tiene un aspecto de jaula demasiado potente como para atreverse a montar en él, tropieza casi al final del primer piso y cae los últimos diez escalones rodando sobre sí mismo.
    El golpe le deja inconsciente.
Fantástico, estamos en un buen lío. – se lamenta su voz interior, sola en ese mundo extraño en el que vive.
    Imágenes, recuerdos, palabras, ideas, sentimientos. Todo aquello baila a su alrededor en un tropel incoherente e inconexo que él comprende perfectamente: se ha acostumbrado de sobra a vivir en el interior de su cabeza, desde que apenas eran dos fetos en el vientre de su madre y uno absorbió al otro.
Creo que debería ir preparándome para la llegada del nuevo inquilino de la casa. – se dice con humor, tratando de mantener la calma. – Con un poco de suerte todo el caos del subconsciente le aturdirá y le confundirá el tiempo suficiente para que pueda sacar al imbécil de este apuro. – se dice, deslizándose como una sombra. Un cuerpo extraño en una mente retorcida. – Veamos…si yo fuese una babosa del espacio, ¿por dónde entraría? Espero que lo de las sondas anales sólo fuese una leyenda urbana, aunque sería gracioso. – esboza una ligera sonrisa, que se refleja en la cara apagada de su yo exterior.
    Mientras su cabeza se prepara para el inminente ataque de la criatura, la imagina como una miniatura de coloso con cuatro brazos y boca llena de dientes afilados, su exjefe y la mujer a la que golpeó con la silla para poder huir de la oficina le llevan a rastras hacia el sótano del edificio.
– Tenemos que darnos prisa, no ha sido un comienzo exactamente brillante. Creo que todo esto se puede ir al traste. – explica la mujer, que es quien domina la situación.
– Creo que el único que ha comprendido la situación, al menos a medias, es éste espécimen. – replica el exjefe con tranquilidad, confiado.
– Ése es el problema. – dice la mujer, mirándolo fijamente a los ojos. – Se supone que, de momento, ninguno de ellos debía comprender lo que estaba pasando. En teoría el remolino violeta y el destello lo tendrían que haber achacado a cualquier fenómeno meteorológico, no a una invasión. – habla con tono duro, recriminador.
– ¿Y qué más da? – pregunta, abriendo la puerta del sótano. – En un par de horas él ya no podrá ir al baño sin que nosotros le demos permiso. – explica con tono triunfal mientras lo arrastran hacia el interior. – No hay ningún problema.
– ¿De verdad eres tan estúpido? – pregunta la mujer. Hasta ese día, o mejor dicho la noche anterior, había sido una mujer tímida e insegura: su principal objetivo en la vida era pasar desapercibido para evitar los problemas. Sin embargo en las últimas horas su personalidad había cambiado de forma completa, y ahora se permitía el poder hablar a cualquiera como le viniese en gana. – Si este espécimen ha sido capaz de sospechar de que algo no va bien, ¿quién dice que no sea capaz de contrarrestar nuestra voluntad? Deberíamos matarlo, y resolver el problema.
    La acusación de estúpido no supone ningún tipo de problema para él: está por encima de los insultos y banalidades propias de los humanos y sabe que ella aún no ha completado su desarrollo, por lo que aún quedan algunas trazas de la personalidad supuestamente indomable del ser humano. Lo que sí provoca auténtico pánico en él, o más bien en la criatura, es la sugerencia de matar al espécimen.
– ¡Tú debes estar realmente loca! – grita, cerrando la puerta. – ¿Cómo se te ocurre ni siquiera pensar en matar a uno de estos especímenes? – acusa, ofendido.
– No son más que criaturas inferiores. – replica ella con indiferencia. – ¿Qué más da uno más o uno menos?
– En el momento en que agotes a tu huésped comprenderás qué importancia tienen. – asegura él, subiendo las escaleras hacia el primer piso.
    Mientras tanto, en el sótano, algo mira sin ojos a Jack con intenciones aviesas. Algo se desliza lenta y pesadamente hacia él, mientras su voz interior trata de mantener la calma.
    Un microscópico tentáculo se lanza hacia la nuca del humano, comenzando así el adoctrinamiento. 

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