La escena
que presencia le resulta tan extraña y absurda que no logra comprenderla. Nada de
lo que ve en el interior de la sala le resulta esperanzador o bueno, pero sin
embargo por algún motivo que desconoce no puede apartar la mirada.
– Por el
amor de Dios, ¿Qué diablos está pasando ahí dentro? – se pregunta para sí
mismo, esta vez sin intención de conseguir que su otro yo vuelva a hablar con él.
A su
espalda unos pasos silenciosos se acercan sin prisa, pero con un ritmo
peligroso.
– ¿Están…?
– no se atreve a terminar la frase.
– Creo
que deberías salir de aquí antes de que sea demasiado tarde. – sugiere, al
fin, su voz interior.
– Vaya,
así que has decidido volver. – replica con intención de hacerle sentir mal, y sabe que es una estupidez: se
hace sentir mal a sí mismo.
Su cerebro
hace caso omiso de la provocación y el tono recriminatorio, tiene cosas más
importantes que explicarle.
– Corre,
márchate de aquí ahora mismo. No tenemos que estar aquí más tiempo, o nos
descubrirán. – apremia, con tono nervioso.
Descubre
con horror que es la primera vez en toda su vida que escucha su voz interior
hablar con miedo, y sabe que eso no debe ser nada bueno. Finalmente se vuelve a
poner en pie para dar media vuelta e irse, cuando descubre que es demasiado
tarde.
– Ahora
el bloque les pertenece y no nos dejarán salir. – las palabras de su voz
interior son devastadoras y directas.
– ¿A quién
le pertenece? – pregunta, confundido pero conociendo la respuesta.
– A
Ellos. Finalmente han logrado regresar, y ahora están muy cabreados. – se dice,
obligándole a correr a toda prisa.
En su
desesperada carrera escaleras abajo, una vez más ha decidido que el ascensor
tiene un aspecto de jaula demasiado potente como para atreverse a montar en él,
tropieza casi al final del primer piso y cae los últimos diez escalones rodando
sobre sí mismo.
El golpe
le deja inconsciente.
– Fantástico,
estamos en un buen lío. – se lamenta su voz interior, sola en ese mundo
extraño en el que vive.
Imágenes,
recuerdos, palabras, ideas, sentimientos. Todo aquello baila a su alrededor en
un tropel incoherente e inconexo que él comprende perfectamente: se ha
acostumbrado de sobra a vivir en el interior de su cabeza, desde que apenas eran
dos fetos en el vientre de su madre y uno absorbió al otro.
– Creo
que debería ir preparándome para la llegada del nuevo inquilino de la casa. –
se dice con humor, tratando de mantener la calma. – Con un poco de suerte todo el caos del subconsciente le aturdirá y le
confundirá el tiempo suficiente para que pueda sacar al imbécil de este apuro. –
se dice, deslizándose como una sombra. Un cuerpo extraño en una mente retorcida.
– Veamos…si yo fuese una babosa del
espacio, ¿por dónde entraría? Espero que lo de las sondas anales sólo fuese una
leyenda urbana, aunque sería gracioso. – esboza una ligera sonrisa, que se
refleja en la cara apagada de su yo exterior.
Mientras
su cabeza se prepara para el inminente ataque de la criatura, la imagina como
una miniatura de coloso con cuatro brazos y boca llena de dientes afilados, su exjefe
y la mujer a la que golpeó con la silla para poder huir de la oficina le llevan
a rastras hacia el sótano del edificio.
– Tenemos que darnos prisa, no ha sido un comienzo
exactamente brillante. Creo que todo esto se puede ir al traste. – explica la
mujer, que es quien domina la situación.
– Creo que el único que ha comprendido la
situación, al menos a medias, es éste espécimen. – replica el exjefe con
tranquilidad, confiado.
– Ése es el problema. – dice la mujer, mirándolo
fijamente a los ojos. – Se supone que, de momento, ninguno de ellos debía
comprender lo que estaba pasando. En teoría el remolino violeta y el destello
lo tendrían que haber achacado a cualquier fenómeno meteorológico, no a una
invasión. – habla con tono duro, recriminador.
– ¿Y qué más da? – pregunta, abriendo la puerta
del sótano. – En un par de horas él ya no podrá ir al baño sin que nosotros le
demos permiso. – explica con tono triunfal mientras lo arrastran hacia el
interior. – No hay ningún problema.
– ¿De verdad eres tan estúpido? – pregunta la
mujer. Hasta ese día, o mejor dicho la noche anterior, había sido una mujer tímida
e insegura: su principal objetivo en la vida era pasar desapercibido para
evitar los problemas. Sin embargo en las últimas horas su personalidad había cambiado
de forma completa, y ahora se permitía el poder hablar a cualquiera como le
viniese en gana. – Si este espécimen ha sido capaz de sospechar de que algo no
va bien, ¿quién dice que no sea capaz de contrarrestar nuestra voluntad? Deberíamos
matarlo, y resolver el problema.
La acusación
de estúpido no supone ningún tipo de problema para él: está por encima de los
insultos y banalidades propias de los humanos y sabe que ella aún no ha
completado su desarrollo, por lo que aún quedan algunas trazas de la
personalidad supuestamente indomable del ser humano. Lo que sí provoca auténtico
pánico en él, o más bien en la criatura, es la sugerencia de matar al espécimen.
– ¡Tú debes estar realmente loca! – grita,
cerrando la puerta. – ¿Cómo se te ocurre ni siquiera pensar en matar a uno de
estos especímenes? – acusa, ofendido.
– No son más que criaturas inferiores. –
replica ella con indiferencia. – ¿Qué más da uno más o uno menos?
– En el momento en que agotes a tu huésped
comprenderás qué importancia tienen. – asegura él, subiendo las escaleras hacia
el primer piso.
Mientras
tanto, en el sótano, algo mira sin ojos a Jack con intenciones aviesas. Algo se
desliza lenta y pesadamente hacia él, mientras su voz interior trata de
mantener la calma.
Un microscópico
tentáculo se lanza hacia la nuca del humano, comenzando así el adoctrinamiento.
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