viernes, 16 de mayo de 2014

La sombra del cielo |4|

Su sueño es plácido y tranquilo, se siente arropado por la calma: no hay nada en absoluto a su alrededor que le haga sospechar de que el lugar donde se encuentra no resulta ser tan tranquilo y limpio como él cree.
– ¿Una…playa? Hace muchos años que no veo el mar. – piensa, reconfortado, mientras camina en silencio hacia la orilla.
    Descalzo siente el tibio calor bajo sus pies, que se hunden casi hasta los tobillos en la fina arena, mientras se acerca despacio hacia el mar, notando la agradable sensación de cambio de calor a frío del agua. Durante toda su vida ha estado enamorado del mar, y ahora rodeado de él está tranquilo y feliz. Sin embargo hay algo que desentona por completo con toda la situación, pero no logra averiguar qué es.
– Me pregunto si podría bañarme. – dice en voz baja, mirando a su alrededor. No tiene ropa de baño, pero no dudaría en hacerlo desnudo si no hubiese demasiada gente cerca.
    La playa está completamente desierta, un paraíso en la tierra. Es una playa larga, casi infinita, de fina arena blanca y aguas cristalinas que mueren con cierta dulzura en la orilla, creando con ello una dulce melodía que le relaja y le transporta al sueño. No obstante algo sigue desentonando con la situación: algo que no debería haber en ese lugar, y que sin embargo se encuentra allí.
– No creo que deba. – susurra, notando un escalofrío. De pronto siente que el agua frente a él no resulta tan tranquila y apacible como aparenta.

Con cuidado, hijo. El mar aparenta siempre ser dulce y amable, pero también puede ser duro y peligroso. Nunca te fíes.

    La frase, que la recuerda a la perfección de labios de su abuelo, le ha hecho replantearse la situación idílica en la que se encuentra. Es entonces cuando descubre qué no encaja con el lugar en el que se encuentra: una piedra.
– En el mar hay piedras, ¿no? La Tierra en sí tiene muchas piedras. – susurra una voz que no es la suya. Sin embargo está solo en la playa, o eso cree.
– Una sola piedra en medio de una playa plana de arena y un agua tan cristalina y transparente... no pinta a ser precisamente normal, ¿no? – replica él, dudoso.
– ¿Por qué? Sólo es una piedra, y está ahí, a lo lejos. – continúa la voz, con indiferencia. – ¿Qué problema hay? Sólo es una piedra. – insiste.
– Este sitio parece demasiado placentero y relajado como para que haya una sola piedra. – responde él, acercándose. – No creo que exista un solo lugar en todo el mundo donde sólo haya una sola piedra, ¿no te parece?
– A lo mejor la ha arrastrado la marea. – sugiere la voz. – ¿Por qué no te acercas a comprobarlo? Seguro que si nadas un poco encontrarás alguna más. A fin de cuentas, parte de la arena está compuesta por diminutas piedras.

Hay muchas leyendas en el mundo sobre el mar, Jack, y no todas son buenas, ¿sabes? A veces la gente ve monstruos en el mar. Yo los he visto algunas veces…créeme, es mejor no molestarlos.

    De nuevo las palabras de su abuelo repican en su mente con insistencia, haciéndole alejarse varios pasos más de la orilla del mar. No sabe por qué, ya que desde siempre ha amado encontrarse bajo el agua: siempre se siente tranquilo, en calma. Sin embargo en ese momento hay algo que le asusta.
– Sólo es agua. – susurra la voz con suavidad. – Te gusta estar en el agua, ¿verdad? Sobre todo bajo ella. ¿Cuánto tiempo hace que no te sumerges? – pregunta, con indiferencia.
– Hace muchos años… sí, hace muchos años que no me meto bajo el agua. – responde, acercándose.
    Algo dentro de él le aconseja que no se acerque más, que se aleje, pero otra parte le impulsa con fuerza a entrar en el agua.

Jack, creo que hay monstruos bajo estas aguas. No entres ahí.

    De nuevo la voz de su abuelo, ahora más clara y autoritaria que antes, le saca de la ensoñación y hace que se aleje de nuevo.
– ¿Vas a dejar pasar esta oportunidad sin más? Tal vez éste haya sido el último baño que puedas darte en mucho tiempo. – replica la voz, crispada.
    Ese ese tono frustrado y obsceno de la voz el que le hace reaccionar por completo, tirando al suelo el velo que ocultaba la realidad: no se encuentra en una playa desierta y paradisiaca.
    Se encuentra en un espacio oscuro y caótico, flotando. Frente a él puede ver con total claridad a la babosa.
    Es una criatura grande, casi de su tamaño, sin ojos y sin extremidades: sólo un cuerpo gelatinoso y repulsivo que se desliza lentamente por el lugar, tratando de encontrarle. Una criatura horrenda de un color violáceo oscuro que se desliza, envuelta en una especie de capullo protector semi transparente.
Por el amor de Dios, ¿qué diablos es eso? – pregunta, asustado, tratando de huir.
Eso, amigo mío, es una de las criaturas que ha infectado a tu querido jefe y esa banda de lameculos. – responde con tono triunfal su voz interior. – Espero que estés contento de habernos metido en este lío, porque necesito que tú nos saques de aquí.
– ¿Qué nos saque de aquí? – pregunta, incrédulo, mirando a su alrededor en busca de la voz, la nota cerca. – ¿Qué es este lugar?
– Esto es tu cerebro, Jack. Esa cosa ha intentado engañarte utilizando aspectos de tu vida que echas de menos, y a mí me ha tocado hurgar en tus recuerdos para impedir que te metieses en el agua.
– ¿Y si hubiese entrado…?
– Si hubieses entrado en esa agua, esa cosa nos habría separado por completo y te habría controlado. – responde la voz con cierta brutalidad.
    Mira de nuevo hacia la criatura, sintiendo algo de curiosidad mezclada con la repulsión que le provoca.
¿Puede vernos? – pregunta, notando un escalofrío.
NO ME HACE FALTA VEROS PARA SABER DÓNDE ESTÁIS, JACK.

    La voz de la criatura asusta ambos. 

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