Se acercó
hacia la fuente de mármol. En la parte superior sostenía un feísimo angelito
con cara de gnomo de jardín que se sujetaba con ambas manos el minúsculo pene,
por donde se supone que saldría el agua. Sin embargo la fuente estaba seca, y
tenía aspecto de llevar así mucho tiempo.
- Reloj, ¿por qué no funciona la fuente? – preguntó,
mirándolo a él y a la misma alternativamente.
- No lo sé, nunca ha funcionado – respondió él con
sencillez.
- ¿Y por qué poner una fuente que no funciona? ¡No
tiene sentido! – protestó, mirando a Reloj sorprendida.
- No lo sé, yo no la he puesto – respondió una vez
más con la misma sencillez. ¿Cómo era posible que Reloj nunca se plantease
nada?
- ¿Y quién la ha puesto? – preguntó, volviendo la
vista a la fuente una vez más. Era fea, demasiado fea, y encima no funcionaba.
¿Nadie se había planteado alguna vez quitarla? Las preguntas se acumulaban en
su cabeza, pero Reloj no parecía dispuesto a responderlas.
- No lo sé, alguien – se encogió de hombros una vez
más.
- ¿Pero…?
- ¡Preguntas, preguntas, preguntas! – exclamó Reloj,
alzando los brazos – No sabes hacer más que preguntas. No preguntes, y
simplemente cumple las reglas.
Volvió a marcharse dejándola sola. Caminó por el
jardín, alejándose de la fuente. Se acercó hacia los rosales, había algo allí
que le había llamado la atención. Una pequeña lata vieja, oxidada, descansaba
clavada en la tierra. Con curiosidad alargó la mano hacia ella para sacarla,
¿qué estaba haciendo esa lata fea en un jardín de rosas? Nada bueno, desde
luego.
- ¿Qué se arrastra…por mi jardín? – preguntó una
voz, también femenina. Delia se giró en redondo buscando la procedencia de la
voz, pero no había nadie más allí, estaba sola. Sola con la lata.
- ¿Quién está hablando? – preguntó, rozando con la
punta de los dedos la metálica superficie.
- ¿Quién está preguntando? – preguntó a su vez la
voz, parecía provenir de la lata. ¿Debía sacarla? No estaba segura.
- Me llamo Delia – respondió con una sonrisa. Las
sonrisas estaban prohibidas, pero Reloj no estaba cerca - ¿Quién eres tú?
- Yo soy la araña del rosal – respondió la voz, que
cada vez sonaba con más fuerza. Pudo escuchar perfectamente el repiqueteo que provocaban
las patas de la araña en el metal mientras subía. Al salir del interior de la
lata Delia se apartó de un salto, sorprendida y asustada por el aspecto del
animal. Era una mujer, o al menos tenía su cabeza, brazos y torso, que
terminaba en el clásico cuerpo de una araña. Parecía ser una viuda negra. – No
te asustes, Delia – sonrió la araña, mirándola con los ocho ojos rojos
cubiertos por una fina capa de metal – No voy a hacerte daño. Reloj ha debido
enseñarte las normas, ¿verdad? Nada de hacer daño a ninguna criatura viva. Ni
tampoco a ninguna no viva que pueda sentir el dolor – imitó la voz de Reloj, y
rió un poco, divertida ante su propio chiste – Pareces sorprendida, niña.
- Eso es porque lo estoy – respondió Delia, mirando
a la araña con curiosidad y complicidad. Le devolvió una sonrisa divertida, le
resultaba graciosa. – No sabía que las arañas pudiesen hablar, ni tampoco que
tuviesen forma de mujer.
- Bueno, no soy la única criatura aquí que tiene una
forma así – contestó Araña, mirándola mientras subía por el tallo de un rosal –
Fíjate en el propio Reloj, sin ir más lejos. ¿Acaso puede alguien ser un reloj
y un hombre al mismo tiempo?
- Eso me hace preguntarme qué aspecto tengo yo –
asintió Delia, dándole la razón – ¿Cómo me ves tú, Araña? – preguntó con
curiosidad.
- No lo sé, niña – respondió la araña levantando los
dos brazos de mujer en señal de desconocimiento – Bueno, en realidad lo sé,
pero no puedo decírtelo. Reloj no nos permite saber qué aspecto tenemos, por
eso aquí no hay espejos.
- ¿Y por qué no? – preguntó, con curiosidad.
- No lo sé, Reloj no nos permite preguntarlo.
- Reloj no permite nada – respondió, con enfado.