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sábado, 22 de marzo de 2014

Delia en el país de la oligofrenia [28]

    No sabía por qué había robado las llaves del médico y se había fugado, pero ahora se alegraba de hacerlo. Había usado a las otras pacientes como cebo para que entretuviesen a los celadores del edificio mientras ella escapaba en el coche del hombre al que había encerrado, sin saber que al hacerlo le había salvado la vida.
    La idea de volver a subirse a un coche, después de recordar lo que había pasado antes de llegar a aquél lugar, no le gustaba en absoluto. A decir verdad estaba completamente aterrorizada ante la idea de volver a conducir. ¿Y si Oliver volvía a aparecer? ¿Y si atropellaba a alguien? ¿Y si no conseguía lo que se proponía? ¿Y si, de vuelta en el manicomio, la castigaban por haber huido? Una auténtica oleada de preguntas nublaba su cabeza, amenazando con obligarla a volver allí. Las preguntas se desvanecieron en cuanto Ella puso en marcha el motor y se alejó del lugar lo más rápido que pudo; necesitaba recordar el pasado para poder ayudarla a ella, y para eso no debía seguir estando drogada por aquella gente; estaba convencida de que Oliver les había influido de alguna forma, obligándoles a mantenerla en un estado inconsciente todo el tiempo que fuese posible, pero eso ya había acabado. Ahora era libre.

- Me alegro de que hayas podido salir de ahí, ¿pero a dónde irás? – preguntó ella.
- No lo sé, pero tampoco me importa demasiado. Sólo quiero alejarme de este sitio para poder pensar con claridad. – dijo Ella, intentando prestar atención a la carretera.
- Necesitas un sitio donde poder refugiarte, y probablemente cambiarte de ropa para no llamar la atención. Si supiéramos dónde vivíamos… - dijo ella con tono de fastidio.
- No importa. – aseguró Ella con tono calmado. – Ya me las arreglaré para conseguir todo lo que ahora necesito.
- Pero, ¿qué harás luego? Has salido de ahí, y eso es un comienzo. – preguntó ella, expectante.
- Creo que tengo que ir a buscar a alguien que iba en el coche con nosotras. No sé quién es, pero creo que es importante. Ahora tengo que centrarme en lo que estoy haciendo, no quiero volver a…ya sabes. – respondió, despidiéndose.
- Te cuidado. – pidió con voz tímida.

DELIA:

- Lo primero es salir de esta casa e ir a la ciudad. – respondió Gato, una vez ella salió de ese trance en el que había entrado.
- ¿La ciudad? – preguntó, mirándolo incrédula.
- Claro. – respondió Cucaracha, acercándose un poco. – No creerías que sólo hay una casa y un jardín, ¿verdad? – sonrió, o al menos hizo un gesto parecido.
- Pues…sí. – respondió, tímida. – Pensaba que sólo existían la casa y el jardín.
- Todo este sitio es una representación del mundo real, Delia. – respondió Gato, zanjando la cuestión. – Todo lo que había allí, está aquí. Salvo porque está de forma…diferente, cambiada.
- ¿Cambiada? – preguntó sin entender a qué se refería.
- Amoldada a las necesidades de Oliver. – respondió Rata, mirándolos a todos. – Las cosas aquí ya no son lo que parecen, por lo que tendrás que andar con cuidado de con quién hablas y con quién andas. Puede que creas que un policía va a ayudarte, pero tal vez sólo quiera hacerte daño.
- ¿Entonces…?
- Eso significa que las cosas no son al contrario que en el mundo real, Delia. – respondió Gato con voz autoritaria. – No toda la policía aquí es buena, así como no todos los delincuentes son malos. Tendrás que ir con mucho cuidado para no caer en sus trampas.
- Eso parece muy difícil. – respondió ella, intimidada por la perspectiva de enfrentarse a semejante situación.
- No te preocupes, nosotros te ayudaremos cuanto podamos para que no caigas. Y creo que tu gemela también lo hará, siempre que esté fuera de peligro. – respondió Rata con tono tranquilizador.
- Tienes que estar preparada para matar cuando sea necesario. – dijo Gato, mirándola fijamente. – No puedes sentir pena por lo que veas ahí fuera, porque aun siendo buenos o malos ellos no la sentirán por ti; no son reales, sólo son copias.

- Lo entiendo. – aseguró ella, decidida. 

viernes, 21 de marzo de 2014

Delia en el país de la oligofrenia [27]

    Subió las escaleras de metal que llevaban al piso superior de la galería para ver qué diablos estaba ocurriendo, temiéndose lo peor en cuanto a Dalia.

- Quizá haya sufrido una especie de ataque, o una crisis traumática. Las posibilidades son…innumerables. – pensaba, subiendo los escalones de dos en dos. En el mismo momento en que miraba por la ventana de la puerta deseó que hubiese sido una enfermera, y no él, quien hubiese acudido a la galería. – Cielo santo, ¡está…! – no se atrevió a pronunciar palabra. Se apresuró a abrir la puerta de la habitación, a causa del pulso tembloroso no pudo evitar que se le cayeran las llaves en dos ocasiones. Estaba de prácticas en aquél maldito centro, a decir verdad aún continuaba en la facultad, no estaba preparado para el fallecimiento de un paciente. – ¡Maldita sea, Gerard, cálmate! Eres un profesional, puedes hacer frente a cualquier situación que se te ponga delante, ¿no? Venga, demuestra que sabes lo que estás haciendo. – se dijo tratando de recuperar la calma pero resultaba imposible, no estaba preparado para todo aquello. Cerró los ojos tomando aire, consciente de que cuanto más tiempo perdiese presa del pánico menos posibilidades tendría la paciente de escapar con vida. Cuando por fin abrió la puerta corrió a toda prisa hacia Ella, que se encontraba tendida en el suelo. – De acuerdo, de acuerdo, ¿cómo tengo que proceder? Calma, calma. Recuerda lo que pone en el proceso… ¡maldita sea! ¿Por qué tiene que tocarme a mí? – de nuevo trató de mantener la calma y volvió a cerrar los ojos. Se concentró en mantener una respiración y tranquila, sabía que aunque pareciese lo contrario estaba ganando tiempo. – Vale, está bien. Ya estoy preparado para lo que sea. – se dijo, plenamente convencido.

    Sin embargo al abrir los ojos descubrió, con una mezcla de horror y alivio, que Dalia ya no se encontraba en la habitación y que él estaba encerrado en ella. Fue un horror pues sintió el peso de la claustrofobia hundirse en él, imaginando cómo las paredes se acercaban de forma lenta para aplastarle, pero un alivio ya que Ella había abierto las habitaciones de las otras pacientes, que ahora deambulaban por la galería, y de esa manera él estaría a salvo allí, lejos de ellas.

- Espero haberme acordado de cerrar la puerta de seguridad. -  susurró, buscando las llaves en los bolsillos. No estaban, Ella las había robado. – Genial, genial. – suspiró, cerrando los ojos. – Soy un completo estúpido, ¿ahora cómo se supone que voy a dar la alarma? – negó con la cabeza antes de golpearse con esta en la pared repetidas veces. – ¡Soy un maldito imbécil! – exclamó.

    En la galería las pacientes corrían y gritaban, felices, en busca de la libertad que Ella les había prometido sin abrir la boca. Ella las usaría para que distrajesen a los empleados del centro mientras escapaba sin problemas. No obstante algunas se habían quedado  y ahora trataban de abrir la puerta donde se encontraba recluido el médico, que trataba de refugiarse asustado en una esquina. Ahora comprendía lo que se sentía estando al otro lado de la puerta, siendo observado como un bicho en una pecera; quería salir de allí, no quería volver a un centro psiquiátrico jamás.
    Afortunadamente los gritos alertaron a los celadores del edificio, que no tardaron en tratar de poner orden a toda aquella locura. Poco a poco conseguían tranquilizarlas y hacerlas volver hacia sus habitaciones, pero no tardaron en descubrir que Gerard, el médico en prácticas, estaba encerrado en una de las habitaciones.

- ¿Qué ha pasado? – preguntó uno de ellos, mirándolo con una mezcla de diversión y preocupación.
- Se han escapado. – dijo él con voz avergonzada, sin mirarlos a la cara. – Yo...me ha engañado, Ella, ha sido Ella. Fingió sufrir un ataque y yo fui a ver cómo se encontraba, pero me robó las llaves y me encerró aquí. – explicó a la defensiva.
- De acuerdo, tenemos que encontrarla. – respondió el hombre con voz más suave.
- ¿Encontrarla? – exclamó, incrédulo. – ¡Me ha herido! – señaló los golpes que él mismo se había dado en la cabeza.
- Sí, doctor. Eso son gajes del oficio. ¿Qué esperaba? No puede pretender trabajar aquí sin arriesgarse a nada, no puede culparla; Ella simplemente hace lo que cree. – explicó el hombre, dándole una auténtica lección.

- Está bien, supongo. – asintió, avergonzado. 

jueves, 20 de marzo de 2014

Delia en el país de la oligofrenia [26]

DALIA:

    Las palabras de ella habían sido reveladoras y ahora sabía exactamente qué relación tenía con esa voz y por qué le resultaba tan familiar, casi propia. Aquellas palabras no sólo habían arrojado algo de luz sobre aquél tema, sino que también habían servido para que comenzase a recordar lo que había sucedido antes de perder la memoria.
    El coche viajaba por la autopista en dirección a la ciudad, de vuelta a las vidas normales y aburridas de cualquier persona. Era de noche y llovía de forma suave pero incesante, las gotas de lluvias repiqueteaban sobre el techo y los cristales arrullándolos en una letanía lenta y perezosa que comenzaba a dormirlos poco a poco; sólo era un día más, o un día menos en la vida. Entonces lo vieron, una figura en medio de la carretera que esperaba en silencio a que el coche llegase.
    Trataron de frenar a tiempo para evitar atropellarlo pero fue imposible parar a tiempo, la carretera estaba demasiado mojada y las ruedas patinaron. El conductor trató de dar un volantazo para no atropellar a aquél maldito borracho que se había plantado en medio de la carretera pero el coche no respondía, iban directos hacia aquél maldito imbécil; todos en el coche gritaron tratando de advertirle de lo que estaba a punto de suceder, pero el tipo se limitaba a sonreír y a mirarles en silencio mientras el coche se acercaba cada vez más.
    En el momento en que el vehículo debía impactar contra las piernas de aquél hombre supieron que algo iba mal. El cuerpo atravesó limpiamente el coche como en una mala película de ficción, y el tipo quedó sentado en el asiento del medio, mirándolos a todos con una sonrisa extraña y sucia. Todos estaban demasiado impactados por el suceso que no pudieron articular palabra, sin embargo él abrió la boca. Su aliento apestaba a hojas secas y a algo podrido.

- No vais a interferir en mis planes. – pronunció cada palabra de forma lenta, como si le costase articularlas, pero segura. – Parte del problema, parte de la vida. Dos en mi jardín, uno encerrado, otro muerto. Así se rompe el círculo, así todo acaba. – sonrió de medio lado, esfumándose.

    No tuvieron tiempo de decidir si aquello había sido real ya que ahora el coche sí respondió, dando el volantazo que momentos atrás se le había pedido. El coche derrapó en el agua, saliéndose de la carretera dando vueltas de campana.
    Aunque fue imposible que Ella pudiese haberlo presenciado ahora lo veía. Cuando llegaron las ambulancias al lugar del accidente sólo sacaron a dos personas del coche; Ella, inconsciente, y él sangrando de forma alarmante, le dieron por muerto antes de llegar al hospital.

- Todo por su culpa, él nos hizo esto…él nos ha separado por algún motivo. – pensó absorta en su mundo, desesperada por contactar con ella, mientras las lágrimas rodaban por las mejillas en una suicida carrera silenciosa. – Él nos ha hecho esto, y nosotros no podemos permitírselo. Me da igual el motivo por el que lo hagamos, pero tenemos que vengarnos de él. Quiero ver su sangre caer, quiero verle morir por lo que nos ha hecho. – insistió, dolida. No recordaba quién era el chico que le acompañaba en el coche, al volante, pero su muerte le provocaba un dolor intenso en el pecho; un dolor que amenazaba con atravesar cada parte de su ser, arrastrándola a un mar de dolor. – Sea quien sea, tenemos que acabar con él y con toda su influencia.

    Hablaba cegada por la rabia y el odio, y los pacientes de la galería no tardaron en sentir aquella aura que emanaba ahora de su cuerpo; gritaron, asustados, suplicando perdón. Eran como animales enjaulados que huelen el peligro y buscan desesperados que los dejen salir de aquél lugar.
    Aquellos gritos atrajeron al médico de guardia, que se paró en medio de la galería…asustado.

- Están asustados, ¿pero por qué? Nunca habían estado así, y mucho menos todos al mismo tiempo. ¿Qué sucede? ¿Qué ha provocado esta reacción? – se preguntó, incapaz de comprender el motivo.


    Se acercó hacia la habitación de Dalia a la carrera. Ella era la única paciente que se mantenía en silencio, y eso no le gustaba en absoluto. Sabía que, por un motivo que no podía comprender, Ella había sido la responsable de aquella reacción en toda la sala. 

miércoles, 19 de marzo de 2014

Delia en el país de la oligofrenia [25]

- Entonces, ¿cómo se supone que voy a plantarle cara yo? – preguntó con tono incrédulo, negando con la cabeza, y los ojos abiertos como platos. – Si nadie se ha atrevido a plantarle cara, ¿cómo esperáis que yo pueda hacer nada contra él? ¡Es ridículo! – exclamó, golpeando el suelo con un puño, mirándolos a todos.
- Con nuestra ayuda, por supuesto. – respondió Gato con un ligero brillo en los ojos. – No vamos a dejarte sola en todo esto porque también nos concierne a nosotros. Creo que, cuando hayamos empezado, más habitantes nos ayudarán a derrotarle. No va a ser fácil, Delia. – dijo mirándola fijamente a los ojos. – Y probablemente tampoco va a ser agradable, pero te necesitamos. Necesitamos que alguien como tú acabe con el veneno de Oliver para que podamos volver a ser libres.
- ¿Pero por qué yo? – preguntó, dudosa. – No soy la más grande ni la más fuerte, hay cientos de personas mucho más preparadas que yo para hacerle frente.
- Porque tú tienes más poder del que crees. – respondió Gato con voz segura y firme. – Tu gemela puede ayudarte a resolver trampas y acertijos, y cuando consigamos liberar a tu amor…serás imparable. – hablaba con resolución, convencido de lo que decía, y se la estaba contagiando a ella. – Juntos seréis totalmente indestructibles para Oliver.
- Bueno, quizá no tanto. – dijo Rata, entrometiéndose en la conversación sin poder evitarlo. – Pero sí que estarás en disposición de darle una buena tunda a ese maldito diablo. – aseguró, sonriendo.
- ¡Eh! – exclamó Cucaracha con voz trémula. – ¿Qué tal si dejamos un momento los discursos de guerra y le echamos una pata a un servidor? ¡Esto pesa!

    Cucaracha y Rata se habían marchado de la habitación a buscar algo que podría servirle, pero no le habían dicho de qué se trataba, y ahora llegaban por fin. La figura de Gato, frente a ella, tapaba lo que traían entre manos, por lo que sentía una gran curiosidad por saber de qué se trataba. Por fin Rata volvió a su lugar para ayudar a cucaracha.
    Cuando vio de qué se trataba no pudo evitar un grito, mezcla de asombro y júbilo, al distinguir la forma y comprender de qué diablos se trataba. Tenía un mango de madera negra bastante largo y el objeto acababa en una hoja de metal curvada; una hoja que resplandecía con un brillo siniestro, una hoja que prometía estar muy afilada. La unión entre el cabo de madera y la hoja metálica estaba decorada con dos enormes caras hechas con el mismo metal; una sonreía, la otra se lamentaba. El grueso de la hoja estaba decorado con una carta francesa, un as de picas sangrante.

- Una… - susurró con un hilo de voz. – Una guadaña. – dijo al fin, todos asintieron. – Pero… ¿para qué?
- Oliver ya sabe que estás aquí, y que eres un peligro para él y sus planes. – respondió Gato con tono serio, mirándola fijamente. – Necesitarás toda la ayuda posible para deshacerte de sus secuaces, y ésta guadaña te será útil para eso. Además, si quieres recuperar a tu novio tendrás que abrirte paso por la prisión.
- Pero…pero yo no quería matar a nadie, yo no sabía que iba a ser necesario derramar sangre para todo esto. – dijo ella, negando con la cabeza repetidas veces. ¿Asesinar a alguien? Lo había hecho muchas veces en su propia mente, cuando se hartaba de escuchar las tonterías de alguien en particular, pero nunca había pensado en pasar esos pensamientos a la realidad.
- No te preocupes, Delia, porque no va a correr ninguna sangre. – sonrió Rata, divertido. – Los secuaces de Oliver no son más que títeres, marionetas a su servicio, y como tal sólo están rellenos de tierra. Su sangre se secó hace mucho tiempo, por lo que realmente no vas a asesinar a nadie. – aseguró.

    Llevó una mano temblorosa hacia el mango de madera viejo para cogerlo. Cuando cerró su mano en torno a la madera pudo sentir, durante un breve momento, el poder que emanaba de aquél instrumento; notaba la fuerza que poseía, y eso le gustaba.
    Había cerrado los ojos al tocar el mango de la guadaña pero ahora los abría con un brillo oscuro y demencial. Sonreía, dispuesta a recuperar su vida y la de todos en la casa.


- Muy bien, vamos allá. – se colocó en pie, mirándolos a todos. – ¿Por dónde empezamos? – sonrió una vez más, relamiéndose lentamente. 

martes, 18 de marzo de 2014

Delia en el país de la oligofrenia [24]

- ¿Me ha desarmado cuanto ha podido para evitar que me enfrente a él? – se dijo en pensamientos, dubitativa. No podía creer todo lo que Gato acababa de decirle, aunque sonase demasiado convincente.
- ¿De qué hablas? – preguntó Ella con curiosidad, atenta a las palabras que ella se decía a sí misma.
- Al parecer no sólo somos gemelas, sino que ese tal Oliver me ha robado el amor para que no pueda enfrentarme a él. – respondió tras un instante de duda. Quería hablar consigo misma, sin que nadie se entrometiese en sus pensamientos, pero Ella había preguntado.
- ¿Tú que crees? – preguntó Ella sin hacer caso del tono de ella.
- No lo sé, ése es el problema. – suspiró. – Todo suena muy real y ellos parecen creer lo que dicen… ¿pero y si nada de esto es real? ¿Y si todo no es más que una simple pesadilla?
- ¿A ti te lo parece? – preguntó demasiado deprisa.
- No, no me lo parece. ¿Pero cómo puedo explicar que esté hablando contigo, si estás en otro mundo? Tú crees que eres real tanto como yo, así que ¿cuál es la real y cuál la imaginación? Todo esto es tan real para mí como para ti, y eso me confunde. – replicó ella, poniéndose de mal humor.
- Tal vez los dos mundos sean reales, o los dos inventados. – respondió Ella con tono tranquilo. – Podría ser, ¿no? Ambas tenemos la sensación de estar en el lugar real, ¿por qué una iba a estar equivocada?
- ¿Tú también te lo crees? – preguntó ella negando con la cabeza suavemente, indecisa.
- No he dicho que me lo crea, sólo digo que es una posibilidad que deberías tener en cuenta. De todas formas creo que da igual que este sitio sea real o no, creo que lo importante ahora es que decidas qué vas a hacer. ¿Vas a enfrentarte a Oliver? – no pudo evitar sonar un tanto áspera, directa.
- ¿Por qué todos os empeñáis en que me enfrente a ese tipo? – preguntó ella a su vez, cansada.
- Porque eres tú la única que está en disposición de hacerlo. Creo que yo puedo ayudarte de vez en cuando, pero no puedo enfrentarme a nadie de ese mundo porque yo también estoy encerrada en el mío. Y ellos, los que te acompañan, no parecen ser muy capaces de enfrentarse a nadie. – respondió Ella usando de nuevo un tono suave y amigable. – Sólo depende de ti el que acabes con ese dictador extraño, quizá así puedas resolver todo este asunto y que volvamos al mundo real…si es que existe alguno.

    Escuchó las palabras de Ella con total atención, esperando exactamente esa respuesta sin querer oírla. Todo se reducía a eso, a pelear. No es que ella fuese de naturaleza violenta, le gustaba pensar que era todo lo contrario, pero no podía negar que de vez en cuando sentía el deseo imparable de hacer daño a la gente; fuese por miedo, por rabia o porque no tenía más opciones.
    Cerró los ojos frotándose las sienes, tratando de evadirse de los dos malditos mundos. Sólo necesitaba un segundo de paz para poder pensar con tranquilidad, si tenía que tomar una opción de las dos que le habían dado quería al menos pensárselo bien para no arrepentirse.
    Finalmente llegó a una conclusión y se sintió en calma. Abrió lentamente los ojos, desconectándose de Ella y sus palabras, y miró fijamente a Gato, Rata y Cucaracha. Ellos miraban en un silencio que rayaba el fanatismo religioso, expectantes a lo que ella hiciese o estuviese a punto de decir; sentían que, por fin, iban a obtener una respuesta. Con suerte sería la respuesta que ellos querían oír.

- ¿Y bien? – preguntó Cucaracha rompiendo el silencio, incapaz de continuar con la boca cerrada.
- Lo haré. – respondió ella, decidida. – Me enfrentaré a Oliver y le haré lamentarse de habernos encerrado a todos aquí.

    Todos se sintieron contentos con la respuesta, y asintieron despacio. Rata y Cucaracha se alejaron de ella, habían dicho que iban a buscar algo que darle; algo que, según habían dicho, le gustaría mucho. Algo afilado, la idea le gustaba.

- Gato. – llamó con voz suave.
- ¿Sí? – preguntó, mirándola de medio lado.
- Si derrotamos a Oliver… ¿podremos volver al mundo real? – preguntó con miedo de la respuesta.

- No lo sé. – respondió Gato con tono serio. – Nadie le ha plantado cara hasta ahora. 

lunes, 17 de marzo de 2014

Delia en el país de la oligofrenia [23]

    Quedó estupefacta cuando Gato le dijo que la voz con la que hablaba, y en la que sentía que podía confiar, era la de su gemela. Una vez más un torrente de emociones y preguntas la sacudía con fuerza suficiente como para tumbarla. Tragó saliva, tratando de pensar qué hacer o qué decir a continuación.
    Permaneció en silencio mirando a los tres uno por uno, incapaz de articular palabra. Si todo aquello no era más que una broma pesada…sería demasiado cruel para ser una broma, o al menos esperaba que ellos pensasen así. ¿Sería de verdad su gemela?
    Cerró los ojos esforzándose en no permitir que las lágrimas comenzaran a rodar por sus mejillas en una silenciosa carrera suicida. Tenía ganas de huir de aquél maldito ático donde se encontraba ahora, pero sabía que sería imposible; de alguna forma sabía que ellos tenían razón y que su voz pertenecía a su gemela.

- ¿Qué sucede? Te noto demasiado nerviosa. – preguntó Ella.
- Bueno, no te lo creerías. – sonrió un poco, con gesto cansado. – Pero, al parecer, somos hermanas gemelas, ¿qué te parece?
- ¿Gemelas? – preguntó incrédula. – Pero, ¿cómo es posible? Quiero decir, si tuviese una hermana gemela…creo que lo recordaría, ¿no crees?
- No lo sé, ahora mismo no sé lo que pienso. Tendría cierto sentido, ¿no? Las dos podemos hablar aunque estemos en mundos lugares distintos. – dijo ella con tono bajo y pensativo.

    El improvisado grupo escuchó la palabra que había pronunciado en voz alta y se miró con nerviosismo, incómodo. Delia se había encerrado en una especie de conversación interna y estaba completamente expuesta, si pretendían acabar con Oliver debían evitar eso.

- Bueno, ¿qué está haciendo? – preguntó finalmente Cucaracha, incapaz de mantener el silencio.
- Yo diría que está hablando con alguien, ¿no? – murmuró Rata con voz suave, casi temerosa de molestar aquella conversación. – Pero, ¿nos estará haciendo caso? ¿Nos escuchará? – preguntó con cierto nerviosismo, mirándola de medio lado.
- No lo creo, viejo. Sea lo que sea lo que está haciendo, debe ser bastante interesante. – respondió Cucaracha con una sonrisilla divertida.
- Está hablando con su gemela. – aseguró Gato con voz firme que reclamaba silencio.
- ¿Vas a hablarle de…ya sabes? – preguntó Cucaracha de nuevo.

    En aquél momento Delia había dejado de hablar con Ella ya que su…gemela había roto el vínculo de forma repentina, eso no le gustó en absoluto.

- ¿Hablarme de qué? – preguntó mirándolos con una sonrisa tímida. Sentía como si los hubiese estado espiando ella.
- Bueno de…de nada. – respondió Cucaracha mirando a su alrededor como si buscase una salida por la que huir.
- Bien hecho, genio. – susurró Rata con tono de reproche.
- No podéis darme una información a medias y pretender salir de rositas. – replicó ella, cruzándose de brazos. – Me habéis dado algunas respuestas, pero me dais también preguntas.
- Oliver no sólo te separó de tu gemela, Delia. – dijo Gato con voz suave pero firme. – También te arrancó otra cosa…algo que para ti era muy preciado.

    Guardó silencio, mirándola. Delia sintió por un momento que se le helaba el corazón, imaginaba de qué se trataba; daría sentido a ese dolor simulado que sentía en el pecho de vez en cuando. Explicaría esa extraña sensación de soledad que la perseguía como su sombra.

- ¿Y bien? – dijo para animarle a que continuase hablando, aunque no estaba muy segura de querer oírlo.

- El amor, Delia. Oliver te ha robado el amor. – respondió Gato con seriedad. – Te ha desarmado todo cuanto ha podido para evitar que te enfrentes a él. 

domingo, 16 de marzo de 2014

Delia en el país de la oligofrenia [22]

- Pues eso, que no es de fiar. – insistió ella, sentándose en el suelo.
- No necesariamente. – replicó Rata, acercándose con aire inquieto. – Él solamente se encarga de que las reglas del juego se cumplan, sin interceder en ningún bando.
- Salvo porque permite que Oliver haga lo que le venga en gana. – replicó una tercera voz que no conocía.
- ¿Quién eres? – preguntó Delia con una sonrisa amigable, prefería saber con quién hablaba antes de empezar a comentar nada que considerase serio.

    En el improvisado grupo se formó un silencio un poco incómodo, todos se callaron ante la pregunta. Aunque sabía que no podían verla por la oscuridad mantenía la sonrisa, no quería que aquella criatura pensara que ella no era de fiar.
    Finalmente pudo escuchar que alguien se acercaba despacio y con paso irregular, sin duda estaba planteándose el hacerlo o permanecer en silencio, quizá incluso esconderse. También escuchó el sonido de Gato al lamerse una pata con aire paciente.
    Cuando Delia pudo distinguir la silueta de la criatura tuvo que hacer grandes esfuerzos por no borrar la sonrisa, y muchos más para no echarse a correr. Aquella…cosa le daba muchísimo asco, y le resultaba repugnante; y eso que ni siquiera había visto a la criatura a la luz del sol, pero adivinaba lo que era y no le gustaba.

- Sí, ya lo sé. – respondió con tono impaciente, mirando a Gato, Delia y Rata alternativamente. – No soy algo muy agradable a la vista, pero tú tampoco. – señaló a Rata con un dedo acusador. – Y desde mi perspectiva, tú tampoco lo eres. – señaló ahora a Delia, con el mismo gesto. – Y mejor no hablo de ti… - comentó mirando de soslayo a Gato, quien aún continuaba lamiéndose una pata.
- Yo… - empezó a hablar Delia, pero sin saber qué decir.
- Te guste o no te guste, para los humanos las cucarachas no son más que una criatura bastante desagradable. – replicó Gato con tono un tanto pomposo. – Así que mientras ella no cambie de forma, seguirás resultándoselo. – se estiró con cierta pereza y se acercó a cucaracha.
- Bueno, pero me necesitáis. – respondió Cucaracha con orgullo, cruzándose de…patas.
- Siento que no me gustes. – respondió Delia sonriendo un poco divertida. – Pero Gato tiene razón, para nosotros sois un poco…ugh – prefirió no pronunciar la palabra. – Pero sí, tienes razón, te necesitamos. – asintió.
- Lo mismo que ella a nosotros. – replicó Rata de mal humor. – Si no le gusta lo que es, mala suerte.
- Bueno, ¿qué tal si empezamos a centrarnos un poco en el asunto que tenemos entre manos? – dijo Gato, zanjando la cuestión.

     De nuevo un silencio envolvió al grupo con suavidad. Era uno de esos silencios importantes, como Ella le había dicho antes, y ahora lo reconocía perfectamente.

- Sí, vamos. – asintió Delia, impaciente. – Al parecer Oliver no es alguien que nos caiga demasiado bien, ¿verdad? – sonrió un poco, tímida, mirando al grupo. – Pero, ¿cómo nos deshacemos de él? Quiero decir…cuando lo vi, en el jardín, parecía muy fuerte.
- Lo es, desde luego. – asintió Gato. – Pero no te preocupes, podremos eliminarlo. Sólo necesitamos que recuperes lo que te fue robado; lo más preciado para ti.
- ¿Lo que me fue robado? – preguntó, confusa. – ¿A qué te refieres?
- ¡Pues al amor, maldita sea! – replicó Cucaracha con impaciencia.
- ¿El amor? – preguntó, sobresaltada. – Qué…yo no… - las palabras se trababan en su garganta y no podía pronunciarlas.
- Ay, Delia. – suspiró Rata. – Oliver provocó el accidente de tráfico que rompió el vínculo, y te trajo aquí.
- ¿El vínculo? ¿De qué diablos estáis hablando? – respondió ella sin comprender nada.

- Esa voz con la que hablas, la que tan familiar te resulta, es la de tu gemela. – respondió Gato, mirándola fijamente. – Debes restablecer el vínculo con ella, debéis volver a ser una, para poder destruir a Oliver. 

sábado, 15 de marzo de 2014

Delia en el país de la oligofrenia [21]

    No sabía qué iba a encontrar allí en el ático pero sabía, sin saber cómo, que no sería peligroso. Al menos…no para ella.
    Los escalones de madera crujían bajo su peso, al contrario que con Gato que había subido con agilidad y rapidez, y temía que tarde o temprano Reloj apareciese por allí para intentar reñirla o retenerla por seguir rompiendo las normas aunque nunca le hubiese hablado del ático. No podía evitar sentir al mismo tiempo una excitación creciente, al igual que su curiosidad, al estar cada vez más cerca de aquél lugar.
    La entrada continuaba siendo un agujero negro de aspecto amenazador, la imaginaba como la boca de alguna criatura hambrienta, pero ella ya no tenía miedo de la oscuridad; Rata tenía razón al decir que la oscuridad sacaba la otra cara de cualquiera. En ese momento la oscuridad la llamaba con fuerza, y ella no pretendía resistirse a la llamada.
    Primero asomó la cabeza al interior del ático, imaginando con descabellado júbilo que la boca de la criatura se cerraría en ese momento para comérsela, para ver qué había en el interior de aquél lugar que ahora le resultaba como de maravilla. Sin embargo la falta de luz le impedía poder ver más allá de sus manos,  e incluso estas estaban un poco difuminadas borrosas, como si estuviesen transformándose en el punto perfecto entre luz y oscuridad. Aquella sensación le gustaba.

- Está aquí, está aquí. Ha venido. – susurró una voz en voz baja, cerca de ella.
- ¿Pero viene a ayudarnos? – preguntó otra voz. – No sé si podemos fiarnos de ella en realidad. – añadió con tono inseguro.
- Callaos. – ordenó Gato con tono autoritario. – Hará lo que crea conveniente.
- ¿Quién está ahí? – preguntó ella con cierto miedo en la voz. - ¿Con quién estás ahora, Gato? – insistió, a punto de dar media vuelta para marcharse.

    Durante un segundo el silencio se hizo delatador incómodo. Delia pensó que aquello no había sido más que una trampa y que ella había caído de lleno como una tonta.
    Comenzó a bajar cuando Gato se acercó a ella con paso lento y tranquilo, mirándola fijamente como si estuviese juzgándola sopesando la capacidad de ella para poder hablar con claridad o no.

- No te preocupes, Delia. – habló al fin. No habían pasado más de tres segundos desde que ella había preguntado hasta que él respondió, pero habían parecido una eternidad.
- Eso es lo que sentimos cuando estamos a punto de dar o recibir una respuesta importante en nuestras vidas. – susurró Ella en la mente de ella.
- ¿Una respuesta importante? – preguntó ella con tono confuso. – Sólo he preguntado quién andaba ahí.
- Tal vez sea importante lo que están a punto de decirte, ¿no crees? A fin de cuentas, no sabes si puedes fiarte de ellos. Ahora conocerás la respuesta, ¿no crees que, por tanto, es una respuesta importante? – respondió Ella con cierta calidez en la voz.
- Supongo que lo descubriremos, ¿no?
- Son amigos. – continuó Gato tras ese extraño momento de silencio en el que ella había mostrado claros signos de no estar atenta a lo que él estaba diciéndole. – A decir verdad, conoces a uno de ellos. – sonrió un poco.
- ¿Sí? – preguntó con curiosidad renovada, volviendo a subir los dos escalones que había bajado.
- Sí, claro que sí. Cuando estábamos en la luz casi me aplastas, pero en la oscuridad no estabas tan dispuesta a hacerlo. – sonrió una voz conocida. Se acercó la silueta de Rata, que reconoció en el instante, y ella sonrió un poco.
- Siento haber sido tan bruta antes… - respondió con aire tímido.
- No quiero meterte prisa, Delia. – dijo Gato, entrometiéndose en la conversación. – Pero no podemos tener esa puerta abierta todo el día. Oliver no recuerda que este sitio existe, por lo que nadie lo recuerda, pero si Reloj lo ve no dudará en llamarlo. – dijo con voz apremiante para que se diese cuenta de que no bromeaba.
- Sí, claro, perdona. – respondió ella subiendo y ayudando a cerrar la puerta. – Entonces, Reloj no es de fiar. – afirmó, mirándolo.

- No exactamente. Reloj sólo cuida de que las normas se cumplan. – dijo Gato con tono triste. 

viernes, 14 de marzo de 2014

Delia en el país de la oligofrenia [20]

    Guardó silencio durante un momento, planteándoselo ella misma. Enfrentarse a Oliver y a sus secuaces era algo que tenía que pensar bien antes de dar una respuesta. ¿Cuántos eran? ¿Hasta dónde iba a ser capaz ella de llegar para recuperar su libertad? ¿La recuperaría?
    Aquellas preguntas bailaban en su cabeza de forma incesante mientras Gato esperaba con paciencia, aparentemente expectante. ¿Podría fiarse de él? Esperaba que sí, porque estaba decidida a hacer lo que fuese necesario para poder salir de aquél lugar.
    Cuando llegó a aquella conclusión, antes incluso de abrir la boca, notó algo extraño en la casa. Fue como si el ambiente cambiase por completo; como si haber decidido plantar cara a Oliver hubiese dado esperanzas a todos allí.

- Sí, Gato. – asintió ella, mirándolo fijamente a los ojos. – Estoy dispuesta a plantarle cara a ese maldito bicho.
- Sí, lo imaginaba. – asintió él, mirándola satisfecho. Se puso de nuevo en marcha, aunque tuvo que pararse a estirarse un momento, caminando por el pasamano de la escalera. – Vamos, sígueme. Tenemos que ir a hablar en un lugar más seguro.
- De acuerdo… - comentó en voz baja, siguiéndolo.

    El piso de arriba era casi una réplica idéntica al de abajo, con la salvedad de que allí no había ninguna sala vacía que haría las veces de recibidor. Aquella estancia sólo era pasillo tras pasillo, habitación tras habitación. Las paredes eran de listones de madera hasta media altura, de ladrillo rojo hasta el techo. El suelo estaba cubierto por una vieja y raída moqueta azul oscuro, cubierta por manchas cada pocos metros.
    No  pudo evitar preguntarse cuántas habitaciones habría en aquella casa  y cuánta gente que supuestamente viviendo en aquella casa pero no se atrevió, imaginaba que la respuesta era demasiado dura como para querer escucharla.
    Llegaron a un pequeño espacio más amplio donde gato se sentó de nuevo y miró hacia arriba, señalando con la cabeza el techo. Allí una pequeña cuerda, de un blanco apagado, colgaba perezosamente desde un pequeño gancho. Delia se preguntó si aquél era el lugar seguro del que le había hablado o simplemente él había sucumbido a sus instintos de gato y lo que quería era jugar con ella.

- ¿A qué esperas para abrir? – preguntó finalmente, mirándola de soslayo. – Yo no llego hasta ahí.
- Sí, perdona. – asintió poniéndose de puntillas para alcanzar la cuerda, pero sus dedos apenas la rozaban y no podía sujetarla. Tuvo que dar un pequeño salto para poder engancharla y tirar hacia abajo, aunque supo que no iba a ser fácil. – Está atascada. – dijo mirando a Gato, no quería romper nada.
- Hace mucho tiempo que nadie la abre. – asintió él, mirándola. – Con fuerza, Delia. Tira con fuerza. – animó.

    Tiró hacia abajo haciendo crujir la madera de una forma tan extraña que por un momento llegó a pensar que le había hecho daño, que la escalera estaba realmente viva y estaba quejándose por aquello. Eso fue suficiente para que parase durante un momento, buscando la aprobación de Gato, que se limitó a mirarla en silencio a la espera de que terminase de abrir.
    Cuando finalmente pudo bajar del todo la cuerda pudo ver cómo se desplegaba una pequeña escalera que subía hacia el ático de la casa. La entrada hacia el lugar estaba oscura y eso le daba un poco de miedo.
Gato subió de manera ágil los escalones y se paró a medio camino, quedando a la altura de sus ojos, mirándola.

- ¿Tienes miedo de la oscuridad? – preguntó, moviendo la cola de forma divertida.
- Un poco. – susurró ella con voz tímida. – Ya sabes…en la oscuridad siempre viven los monstruos.
- Bueno, entonces tendremos que echarlos. – respondió él antes de volver a subir.
- ¿Echarlos? – se preguntó, incrédula.
- Si quieres matar a Oliver tendrás que convertirte en un monstruo. – respondió Ella con voz calmada y suave.


    Finalmente comenzó a subir. A cada escalón que subía sentía menos miedo y más comodidad ante la oscuridad, como si estuviese…en casa. 

jueves, 13 de marzo de 2014

Delia en el país de la oligofrenia [19]

    Se perdió sin remedio en los ojos del gato que la miraba, hundiéndose sin querer evitarlo en la mirada ambarina de aquellos ojos intensos que la observaban. Por un segundo estuvo convencida de que aquellos ojos la habían traspasado y que observaban en silencio su alma, juzgándola, pero finalmente el gato comenzó a lamerse una pata con gesto tranquilo; sólo había sentido un ápice de curiosidad por la recién llegada, pero ahora volvía a centrarse en sus propios asuntos.
    Sonrió un poco ante el gesto y negó con la cabeza, aliviada.

- Qué tonterías pienso. – sonrió, pasándose dos dedos por la frente para apartarse unos mechones de pelo. – Al fin hay alguien normal en esta casa, aparte de mí.

    El gato dejó de lamerse la pata y la miró fijamente de nuevo. Se puso en pie, quedando apoyado sobre las patas traseras, como si quisiera mirarla fijamente a los ojos; como si tuviese algo muy importante que decirle y necesitase captar toda la atención de la chica para asegurarse de que entendía lo que estaba a punto de decirle. Delia no pudo evitar una sonrisa divertida al ver el gesto del animal.

- Yo diría que lo que piensas son realidades, y lo que dices son las tonterías. – replicó el gato con tono suave, mirándola con aspecto sagaz.

    Se quedó petrificada al escuchar al gato hablar, incapaz de creer lo que estaba escuchando. Jamás hubiese imaginado que aquél animal también fuese de los que hablase; no le daba esa sensación.
    Abrió la boca para responder, pero era incapaz de articular palabra.

- Yo…yo… - susurró, aún sorprendida.
- Sí, creías que era un gato de verdad, ¿no es así? – preguntó Gato volviendo a apoyarse sobre las cuatro patas. – Es normal, todos en este sitio han ido a hablarte directamente. Todos, excepto yo. – sonrió, o hizo un gesto que se parecía mucho a una sonrisa.
- S-sí, así es. – asintió ella, sonriendo un poco más al ver que el gato quedaba sentado de una forma elegante pero algo cómica. – No…no quería ofenderte, perdona.
- No me ofendes, no podrías hacerlo aunque quisieras. – aseguró, estirándose un poco. – Así que ya has conocido al viejo Oliver, ¿eh? bueno, en realidad no lo has conocido. No te atreviste a mirarlo, ¿verdad? No te culpo. – continuó el animal con tono suave.

    Volvió  a quedarse sin habla. Estaba completamente convencida de que nadie en el interior de la casa se había enterado de lo que había sucedido en el jardín, sin embargo Gato parecía estar enterado. Lo miró con suspicacia, sin fiarse de lo que pudiese querer.
    Gato no pudo evitar reír un poco por lo bajo al ver la forma en que reaccionaba Delia. Había caminado unos pasos por el pasamano pero ahora volvía de nuevo hacia donde ella se encontraba.

- Ya veo, no entiendes aún cómo funciona este lugar, ¿verdad? – dijo mirándola, luego volvió a lamerse una pata. – Supongo que nadie te ha contado gran cosa, pero si estás dispuesta a escuchar sin interrumpirme yo puedo contarte algunas cosas que puedan interesarte.

    Los ojos de ella centellearon y brillaron por lo que el animal acababa de decirle, al fin parecía que alguien estaba dispuesto a ayudarle. Sin embargo Ratón había dicho que algunos de los habitantes de aquél extraño lugar podrían mentirle para beneficiar a Oliver. ¿Sería Gato uno de esos seres? Por el momento escucharía. Mientras fuese él el que hablase no pasaría nada; el problema llegaría en el momento de tener que decir ella algo.

- Te escucho. – dijo, tratando de decir lo menos posible.

- Bien, me gusta oír eso. – asintió el animal dejando de lamerse la pata y volviendo a mirarla fijamente. – He visto lo que ha pasado en el jardín, porque yo conozco el camino para ir del jardín a la casa sin que nadie me vea; cosa que tú necesitarás saber si estás realmente dispuesta a enfrentarte a Oliver. – comentó con tono indiferente. - ¿Estás dispuesta a hacerlo?

miércoles, 12 de marzo de 2014

Delia en el país de la oligofrenia [18]

    Las voces que susurraban en el piso de arriba guardaron silencio al escuchar el crujir de la escalera bajo el peso de los pasos; supieron en seguida de quién se trataba, por lo que era mejor desaparecer de allí y dejar que fuese otro el que cumpliese con sus propósitos; sería lo mejor.
    Delia permaneció en silencio mirando al gato que dormía plácidamente, ajeno a todo a su alrededor, sintiendo unas irremediables ganas de lanzarse a por él para cogerlo en brazos y acariciarlo; necesitaba desesperadamente desahogarse con alguien que fuese “normal”, y aquél gato dormilón la estaba tentando demasiado. Sin embargo, decidió que era mejor no hacerlo. – No tengo derecho a molestarle, sólo porque me sienta mal – pensó, dirigiéndose hacia el piso superior de la casa.
No se sorprendió demasiado al encontrarse con Reloj allí, pasando de largo ante sus ojos, con su andar lento y extraño; enfermo y oxidado. Algo estaba pasando allí, pero no sabía qué o cómo impedirlo; sólo sabía que todo aquello no era bueno, y que tendría que hacer algo. No sólo por ella sino también por el resto de los inquilinos de la casa, sabían que estaban demasiado asustados, desconcertados o confundidos como para hacer algo por sí mismos, y eso no era justo.

- Es como si alguien les hubiese lavado el cerebro, y ahora no fuesen capaces de distinguir lo que está bien de lo que está mal. – pensaba exasperada, aún en lo alto de la escalera sin atreverse a avanzar por aquél pasillo.
- Quizá no les hayan lavado el cerebro. Quizá simplemente hayan perdido la capacidad de razonar. – dijo la voz de Ella con tono suave.
- Es lo mismo que he dicho yo. – replicó ella con un poco de impaciencia en la voz. Necesitaba respuestas, no más evasivas.
- No exactamente. Si les han lavado el cerebro es posible que aún haya esperanza de que recuperen su criterio y puedan salir de esta situación. Sin embargo, si han perdido la capacidad de razonar no tendrán esperanza para nada; ya no son personas, por lo que no pueden pensar libremente. – respondió Ella con tono paciente y comprensivo.
- Bueno, es prácticamente lo mismo que he dicho yo, con distintas palabras. – replicó ella cruzándose de brazos, enfadada. No era el momento de que Ella estuviese dándole lecciones ni adivinanzas de ningún tipo, necesitaba respuestas.
- Si han perdido la capacidad de razonar no te ayudarán,  simplemente dejarán pasar la vida frente a sus ojos. – insistió Ella.
- Sea como sea, no me sirve de nada a mí. – respondió ella con tono ligeramente áspero y cansado. – No necesito más problemas, necesito soluciones.
- Eso es lo que te estoy tratando de explicar. Si ellos han perdido la capacidad de razonar es porque ya no son personas, son muebles y animales. Ese tal Oliver ha logrado doblegar su fuerza y ahora no son más que algo extraño. Si lo consigue contigo, tú también serás como ellos. – dijo Ella finalmente con el mismo tono brusco. – Entiendo que estés confundida y asustada, porque yo también lo estoy, pero no lo pagues conmigo. Yo no te he hecho nada, ¿sabes? Yo también tengo mis propios problemas, y te aseguro que para mí también es importante resolverlos. – usó un tono de reproche.

   Delia guardó silencio durante un momento, aturdida. No se esperaba que Ella fuese capaz de responderle de aquella forma, aunque comprendía perfectamente por qué lo había hecho; había sido demasiado egoísta pensando en sus problemas sin contar con que ella tampoco se encontraba en una situación idónea.

- Lo siento. – susurró con un hilo de voz. – No quería hacerte enfadar, es sólo que todo esto es muy raro, y estoy nerviosa. – se disculpó con voz tímida.
- No te preocupes, lo comprendo; yo también estoy igual. – aseguró con un tono más cálido. – Creo que sólo nos tenemos la una a la otra en realidad, por lo que no podemos permitirnos pelearnos por tonterías, ¿de acuerdo?
- De acuerdo. – aseguró ella, decidida a cumplir su palabra.


    Cuando Ella dejó de hablar no pudo evitar sobresaltarse cuando se percató de que el gato que dormía sobre el pasamano estaba ahora a su lado, mirándola fijamente con unos amarillentos ojos expectantes. Era como si aquél animal hubiese subido al segundo piso y ahora se limitase a esperar que le prestase atención. 

martes, 11 de marzo de 2014

Delia en el país de la oligofrenia [17]

    El tono con el que le había hablado Reloj no le había gustado en absoluto porque no era propio de él. Reloj no era la persona más comprensiva o cariñosa del mundo, pero no era artificial ni frío como esa imagen falsa que estaba dando en ese momento. Delia lo miró en silencio después de que le respondiese de aquella forma, sosteniéndole la mirada.

- No es él. En cuanto se ponga un poco nervioso mirará a otro lado, porque poca gente puede mirarte a la cara como lo hace el verdadero Reloj. – pensaba sin apartar la mirada.
- ¿En qué piensas? Te noto preocupada. – dijo la voz de Ella, aquello bastó para relajarla un poco.
- Este no es el verdadero Reloj, no es más que una copia barata. – aseguró con tono firme.
- ¿Para qué iban a sustituir al auténtico Reloj? Quiero decir, el otro tampoco era demasiado amable contigo, ¿verdad? No te daba ninguna respuesta. – replicó Ella.
- Bueno, eso no lo sé. – confesó a regañadientes. – Pero quizá estuviese pensando en darme las respuestas, no lo sé. Lo único que sé en este momento es que este no es el mismo Reloj. – afirmó, de nuevo con tono seguro.
- ¿Y qué piensas hacer al respecto? Si no es el verdadero tendrás que buscarlo para que todo vuelva a la normalidad, ¿no? – preguntó Ella con la intención de que se lo replantease.
- Pues eso es exactamente lo que pienso hacer. – respondió ella con un encogimiento de hombros.
- ¿Y si el falso Reloj intenta impedírtelo? – preguntó Ella una vez más.
- Entonces lo mataré. – respondió ella con tono sencillo, incluso alegre. – No sé qué está pasando aquí ni de qué va todo este circo, pero me he cansado de ser la señorita tímida e insegura. Si tengo que derramar sangre para conseguir respuestas, lo haré. – esbozó una sonrisa afilada.
- Vaya, eso es un poco…extremo, ¿no crees? – preguntó, consciente de que lo haría.
- Tal vez, pero no me importa. No me importa nada en absoluto; ya te lo he dicho, ya me he hartado de dejar que todos estos extraños seres me pisen por no ser capaz de ponerme en mi lugar. A partir de ahora quien no quiera colaborar se habrá metido en un buen lío. – aseguró de nuevo con firmeza.
- Ten cuidado. Rata te advirtió de que la noche y el día tienen caras opuestas, pero son lo mismo. Creo que lo que quería decir era que, dependiendo del entorno, una de esas criaturas querrá ayudarte o perjudicarte. – respondió Ella.
- Lo tendré en cuenta.

    Cuando terminó de hablar con Ella se percató de que se encontraba sola en el salón, Reloj  se había marchado y ella no se había dado cuenta. – Tengo que encontrar un arma con la que poder amenazar y defenderme. – se dijo mirando a su alrededor con cierto nerviosismo. La idea más sencilla y evidente era ir a la cocina a por un cuchillo afilado, pero en aquella maldita casa no había cocina. – Tal vez sea porque a estos seres se les mate de otra manera. – pensó mientras avanzaba sin rumbo por los pasillos de la casa sin prestar atención a las puertas cerradas que habían cada pocos metros.
    En otro lugar de la casa dos criaturas escuchaban en silencio lo que ella decía en su mente  y se miraban con codicia, satisfechas de lo que estaba pasando y de lo que iba a pasar.

- Tenemos que ir a presentarnos ante ella, y ofrecerle nuestra ayuda. – dijo una de las voces con ímpetu.
- Todavía no. – respondió otra, frenando a la primera. – Recuerda que nuestro aspecto no es el mejor para conseguir que la gente se fíe de nosotros. Si vamos ahora y hablamos con ella no hará otra cosa que desconfiar y se marchará. – aseguró, con tono pomposo.
- Cierto, de nosotros desconfiaría. Nadie se fía nunca de nosotros...pero Gato podría convencerla, ¿no? – habló otra voz con tono impaciente y nervioso.
- Sí, podría. – respondió la segunda voz con el mismo tono pomposo.
- ¿Pero quién le pone el cascabel al gato? – preguntó la primera voz, y todas rieron.


    Delia continuó avanzando por los pasillos en busca de algo que pudiese servirle como arma cuando se encontró con un gato negro que dormía en el pasamanos de la escalera. 

lunes, 10 de marzo de 2014

Delia en el país de la oligofrenia [16]

    La enfermera volvió a subir las escaleras de metal para dirigirse hacia el segundo piso de la galería, donde se encontraba la habitación de Dalia. Nadie conocía el apellido de la interna, y a decir verdad muchos dudaban que en realidad se llamase así, ya que no había ningún dato registrado sobre la joven; era como si hubiese aparecido de la nada en aquél accidente.

- ¿Cómo se puede pasar por el mundo sin que nadie sepa quién eres? – se preguntaba a menudo la enfermera, aquella era una de las cosas que la ponían más nerviosa.

    En su habitación acolchada Ella esperaba en silencio a que alguien viniese a decirle qué diablos estaba pasando allí; había despertado en un lugar que no conocía, y no sabía cómo había acabado en aquél maldito lugar. Eso la ponía nerviosa, llegando incluso a asustarla.

- Tal vez deberías intentar salir de ese sitio, no parece muy bonito. – dijo ella mientras la enfermera subía las escaleras con paso lento y desganado, sin querer volver a enfrentarse a la paciente.
- ¿Pero cómo? No conozco este lugar, y no sé si ahí fuera pueda haber algo peor que esto. – respondió Ella, ajena a los pasos que se acercaban.
- No lo sé, tal vez debas…bueno, ya sabes. – dijo ella con tono dudoso.
- ¿Tal vez deba hacer qué? – preguntó Ella, confusa.
- Bueno…matarlos. – respondió ella al tiempo que la puerta de la habitación se abrió.
- Hola, Dalia… - susurró la enfermera, que jamás acabó la frase.

    No era un secreto que tenía miedo de la paciente aunque ésta nunca le hubiese atacado, pero ahora tenía una justificación real al miedo que sentía por aquella mujer: la estaba mirando fijamente con un brillo extraño en los ojos y una sonrisa que no le había gustado nada. Durante un momento se le heló la sangre y se le paró el corazón, convencida de que estaba a punto de saltarle encima para atacarla por algún motivo tan descabellado como válido. No tardó ni un segundo en volver a salir de la habitación y en cerrar la puerta con llave, nerviosa y asustada.

Delia:

    Reloj parecía no haberse dado cuenta de lo que había pasado en el jardín pero desde luego estaba raro, pálido y tembloroso; parecía enfermo. A decir verdad todo en la casa era diferente a como lo recordaba de antes.
    La casa tenía varios pasillos llenos de puertas cerradas, habitaciones para invitados había dicho Reloj, y sólo había una habitación central que hacía las veces de recibidor, aunque no había ni un solo mueble en ella. - ¿Dónde se hace la comida? – preguntó ella con aire tímido al llegar. – Aquí no se come, Delia. – respondió Reloj con tono tranquilo. La casa en sí no era fea, aunque sí era muy fría al estar tan vacía de muebles y vida; ella nunca había visto a nadie, aparte de Reloj, en los pasillos de la casa, por lo que comenzaba a sospechar que aquellas no eran habitaciones de invitados.
- Está pasando algo, algo muy malo – pensó mientras caminaba en silencio por uno de los pasillos de la casa tras él. – Es como si toda la casa estuviera enferma.

- Bueno, espero que estés lista para ver de una vez tu habitación, Delia. – dijo Reloj con tono oxidado quebrado, enfermo.
- Se está muriendo. Hay algo en su interior que lo está oxidando de forma lenta pero imparable. – pensó de súbito al escuchar el tono de Reloj. - ¿Estás bien? – preguntó acercándose a él.
- Sí, claro que sí. Todos estamos bien, Delia, tú también. – respondió con tono mecánico, mirándola de soslayo.
- No es Reloj. No es el verdadero Reloj, no hay un ápice de vida en él. No es que el auténtico fuese demasiado expresivo, pero parecía…vivo, éste no es más que una marioneta, un juguete de trapo. – se dijo al ver los ojos apagados, artificiales, del falso Reloj. – Aún no, pero gracias. – respondió asustada; lo último que quería en ese momento era entrar en ninguna jaula habitación.

- Como quieras. – respondió con tono falso. 

domingo, 9 de marzo de 2014

Delia en el país de la oligofrenia

    Guardó silencio observando cómo actuaba Dalia, casi obsesionado, sin hacer demasiado caso a las palabras de la enfermera.

- ¿Crees que quieren hacerte algo malo? – preguntó ella con voz preocupada.
- No estoy del todo segura, pero creo que puedo decir que no. – dijo Ella sin estar del todo segura. – Pero tampoco estoy segura de que quieran ayudarme. Este lugar es demasiado extraño.
- En ese caso creo que deberías escuchar lo que tienen que decir, para ver si puedes averiguar algo que te ayude. – dijo ella con tono inseguro, pero apremiante.

    El médico se acercó un poco hacia Dalia, queriendo recuperar su atención, pero la enfermera le obligó a pararse en seco, sujetándolo por un brazo.

- ¡Espere, doctor! – susurró en voz baja con miedo.
- ¿Qué me espere? – repitió mirándola estupefacto, negó con la cabeza. - ¿Cómo puede decirme que me espere? ¡Déjese tonterías!
- Doctor, si la interrumpe ahora le atacará. – dijo la enfermera mirándolo a los ojos. – Siempre lo ha hecho, no le gusta que la hagan salir de su mundo feliz.
- Curioso… - susurró el médico mirando a la enfermera de soslayo. Volvió hacia atrás para devolver el espacio robado. -  ¿Cuánto tiempo suele pasar en ese estado de retraimiento total?
- No tiene una media – se encogió de hombros con gesto sencillo.
- ¿Cómo que no tiene una media?
- Pues que no la tiene. – respondió la enfermera un poco incómoda. – Pasa así el tiempo que quiere; puede durar horas, minutos o segundos.
- Interesante… - repitió el médico mirándola con atención. - ¿Y cómo es que nunca habían reportado esta forma de actuar? – no pudo evitar un ligero tono de reproche, aquél era un caso demasiado extraño como para llamar su atención.
- Pues porque nunca tuvo un comportamiento violento, hasta hace un par de días. – respondió la enfermera sin prestar demasiado interés a la forma de actuar del médico.
- Bueno, pues a partir de ahora quiero que se le haga un seguimiento exhaustivo al comportamiento de esta paciente. – ordenó levantándose con desgana para dirigirse hacia la puerta de la habitación.
- Como quiera, doctor. – dijo la mujer saliendo junto al médico. Por nada del mundo se quedaría allí dentro más tiempo del necesario.

    La puerta de la habitación se cerró con suavidad, haciendo el menor ruido posible, pero el suave “clac” al cerrarse fue suficiente para que Ella saliese de su ensoñación, a causa de que ella le sugiriese que hiciese caso a aquellos dos hombres. Miró hacia la puerta para buscarlos cuando se percató de que volvía a estar sola en la habitación, sola y sin saber cómo había llegado allí. Se puso en pie para acercarse hacia la puerta.

- Maldita sea, ¿a dónde diablos han ido? – se preguntó con cierto nerviosismo. - ¿Por qué se han ido? No sé dónde estoy ni cómo he llegado, y se han marchado sin más.
- No lo sé, llámalos a ver qué ocurre – propuso ella con tono tranquilo. – Seguro que aparecerán pronto, tal vez hayan tenido algo que hacer.
- ¿Y tú, ya estás a salvo? – preguntó Ella.
- Creo que sí. Reloj me ha dicho que entre y no parecía estar realmente enfadado. A decir verdad ni siquiera parecía saber lo que había pasado pero…no estoy segura, no podría asegurarlo.
- Entonces creo que lo que más nos conviene es ver qué nos ocurre a ambas, y luego veremos qué hacer a continuación. – respondió Ella asintiendo con la cabeza mientras tocaba en la puerta de metal.

    Trató de llamar la atención de los que hubiesen fuera para que la dejasen salir. Sin embargo lo único que consiguió con aquello fue que el resto de pacientes en las habitaciones empezaran a gritar.


- Otra vez vuelta a empezar, estoy harta. – pensó, cansada, dirigiéndose hacia la habitación de Dalia para volver a contarle la misma historia.