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viernes, 7 de marzo de 2014

Centro psiquiátrico

    Durante un momento sintió el filo del miedo clavándose en sus entrañas con furia, pero luego recordó que Burche no era, ni de lejos, lo más peligroso que rondaba por los pasillos del centro; la gran bata blanca seguía acechando. La ausencia de gritos habituales hacía que el sitio fuese más siniestro.

- Puede intentarlo, señor Burche. – respondió en voz alta, rezando para que le escuchase. – Y creo que me haría un favor, teniendo en cuenta que Ella anda suelta. Recorre los pasillos donde estamos ahora mismo.

    Silencio de nuevo. Comenzó a creer que todo no había sido más que una imaginación, propia o provocada por Ella, cuando volvió a percibir un movimiento entre las sombras, esta vez menos rápido, más inseguro.

- ¡Mientes! – exclamó con tono claramente asustado. – Ella no anda por ningún pasillo, no vas a engañarme. – aseguró con tono triunfal, pero Beaumont logró escuchar el tono de miedo en la esencia.
- Eso es exactamente lo que desearíamos usted y yo, señor Burche. – respondió con tono tranquilo, tratando de localizar el origen de las voces. Era mejor descubrirlo para evitar que le cogiese por sorpresa. – Usted sabe, tan bien como yo, que es mejor morir a manos de alguien y no caer en sus garras, ¿verdad señor Burche? – insistió para arrancarle palabras.
- ¡Cállate, sucio mentiroso! – aulló Conrad, negando con la cabeza. El recuerdo era tenebroso.
- ¿Recuerda esos pasillos oxidados por el olvido, señor Burche? – preguntó con voz asustada. – Éramos muchos, pero esos pasillos eran demasiado largos. Ella se divirtió mucho en esa ocasión, ¿verdad? – insistió. – Y ahora viene a hacer exactamente lo mismo, pero en nuestros propios pasillos. Al menos esta vez los conocemos, ¿no es así? – sonrió un poco, aunque era lo último que deseaba. – Quizá esta vez podamos huir de sus garras…pero lo dudo, Ella conoce todos los pasillos de este lugar, ha pasado aquí demasiado tiempo de su vida, ¿no es lo que había dicho?

    Todo su cuerpo estaba temblando como si tuviese frío, el miedo sin duda habría bajado su temperatura corporal unos grados. La idea de que Ella estuviese por allí…cazando, era demasiado fuerte como para poder resistirla. Aquella vez escaparon de puro milagro, gracias a traiciones y zancadillas, y se juraron que, pasara lo que pasara, evitarían que Ella volviese a salir una vez más; por eso enviaban los cuerpos a los túneles, para que Ella los recogiera y se alimentase. Si alguna vez los encargados de llevar los cuerpos se perdían y no aparecían, cosa que sucedía siempre, simplemente los remplazaban sin más.

- ¿Es cierto? – preguntó al fin. - ¿Es cierto que estás aquí?
- Sí, Conrad. Estoy aquí, con vosotros.
- Pero… ¿cómo has logrado salir? – preguntó, asustado. – Nosotros te encerramos, conseguimos que te perdieses en los túneles. – insistió tragando saliva. – Y llegamos a un trato, te enviábamos comida.
- ¿Crees realmente que ibais a hacer que me perdiese allí dentro? – preguntó con una sonrisa divertida. – He pasado mucho tiempo recorriendo esos pasillos, Conrad. Esos pasillos no tienen secretos para mí.
- Entonces, ¿cómo es que sales ahora? De alguna manera hemos logrado tenerte encerrada hasta ahora. ¿Qué ha fallado?

    La risa de la gran bata blanca fue atroz y potente, como siempre. Sacudió los cimientos una vez más.


- Los pasillos que realmente me retenían eran los de vuestra mente, Conrad. Vuestro deseo de mantenerme lejos, encerrada, había sido suficiente para evitar que encontrase la salida. Sin embargo ahora he logrado abrirme paso por vuestra mente, y aquí estoy. ¿No te alegras, Conrad? – preguntó fingiendo enfado. – Entonces tendré que comerte el primero. – rió una vez más.