Durante un
momento sintió el filo del miedo clavándose en sus entrañas con furia, pero luego
recordó que Burche no era, ni de lejos, lo más peligroso que rondaba por los
pasillos del centro; la gran bata blanca seguía acechando. La ausencia de
gritos habituales hacía que el sitio fuese más siniestro.
- Puede intentarlo, señor Burche. – respondió en voz
alta, rezando para que le escuchase. – Y creo que me haría un favor, teniendo
en cuenta que Ella anda suelta. Recorre los pasillos donde estamos ahora mismo.
Silencio de
nuevo. Comenzó a creer que todo no había sido más que una imaginación, propia o
provocada por Ella, cuando volvió a percibir un movimiento entre las sombras,
esta vez menos rápido, más inseguro.
- ¡Mientes! – exclamó con tono claramente asustado. –
Ella no anda por ningún pasillo, no vas a engañarme. – aseguró con tono
triunfal, pero Beaumont logró escuchar el tono de miedo en la esencia.
- Eso es exactamente lo que desearíamos usted y yo, señor
Burche. – respondió con tono tranquilo, tratando de localizar el origen de las
voces. Era mejor descubrirlo para evitar que le cogiese por sorpresa. – Usted
sabe, tan bien como yo, que es mejor morir a manos de alguien y no caer en sus
garras, ¿verdad señor Burche? – insistió para arrancarle palabras.
- ¡Cállate, sucio mentiroso! – aulló Conrad, negando con
la cabeza. El recuerdo era tenebroso.
- ¿Recuerda esos pasillos oxidados por el olvido, señor
Burche? – preguntó con voz asustada. – Éramos muchos, pero esos pasillos eran
demasiado largos. Ella se divirtió mucho en esa ocasión, ¿verdad? – insistió. –
Y ahora viene a hacer exactamente lo mismo, pero en nuestros propios pasillos.
Al menos esta vez los conocemos, ¿no es así? – sonrió un poco, aunque era lo
último que deseaba. – Quizá esta vez podamos huir de sus garras…pero lo dudo,
Ella conoce todos los pasillos de este lugar, ha pasado aquí demasiado tiempo
de su vida, ¿no es lo que había dicho?
Todo su cuerpo
estaba temblando como si tuviese frío, el miedo sin duda habría bajado su
temperatura corporal unos grados. La idea de que Ella estuviese por
allí…cazando, era demasiado fuerte como para poder resistirla. Aquella vez
escaparon de puro milagro, gracias a traiciones y zancadillas, y se juraron
que, pasara lo que pasara, evitarían que Ella volviese a salir una vez más; por
eso enviaban los cuerpos a los túneles, para que Ella los recogiera y se
alimentase. Si alguna vez los encargados de llevar los cuerpos se perdían y no
aparecían, cosa que sucedía siempre, simplemente los remplazaban sin más.
- ¿Es cierto? –
preguntó al fin. - ¿Es cierto que estás
aquí?
-
Sí, Conrad. Estoy aquí, con vosotros.
-
Pero… ¿cómo has logrado salir? – preguntó, asustado. – Nosotros te encerramos, conseguimos que te
perdieses en los túneles. – insistió tragando saliva. – Y llegamos a un trato, te enviábamos comida.
-
¿Crees realmente que ibais a hacer que me perdiese allí dentro? – preguntó
con una sonrisa divertida. – He pasado
mucho tiempo recorriendo esos pasillos, Conrad. Esos pasillos no tienen
secretos para mí.
-
Entonces, ¿cómo es que sales ahora? De alguna manera hemos logrado tenerte
encerrada hasta ahora. ¿Qué ha fallado?
La risa de la
gran bata blanca fue atroz y potente, como siempre. Sacudió los cimientos una
vez más.
- Los pasillos que
realmente me retenían eran los de vuestra mente, Conrad. Vuestro deseo de
mantenerme lejos, encerrada, había sido suficiente para evitar que encontrase
la salida. Sin embargo ahora he logrado abrirme paso por vuestra mente, y aquí
estoy. ¿No te alegras, Conrad? – preguntó fingiendo enfado. – Entonces tendré que comerte el primero. –
rió una vez más.