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lunes, 10 de marzo de 2014

Centro psiquiátrico

    Nunca pudieron imaginar que los pacientes, normalmente drogados, alguna vez se rebelasen contra ellos. Era demasiado fácil pensar que ellos eran los que tenían el poder y los que podrían mantener a todos bajo el yugo del miedo y el dolor…pero estaban equivocados, y ahora se daban cuenta; siempre llegaba un momento en que el eslabón más débil se rompía, y no siempre se hundía.
    Los pacientes habían plantado cara cuando notaron que fue el momento oportuno, y pudieron coger por sorpresa a los falsos vigilantes, que no esperaban un enfrentamiento directo. Se lanzaron sobre ellos como auténticas fieras, conscientes de que sólo podían vencer o morir, sin importarles en absoluto el daño que infligían, regodeándose del mismo.
Los gritos y las súplicas no tardaron en salir al aire, pero fueron acalladas a fuerza de golpes; la bendita violencia que dominaba hasta el último ápice de razón en aquél maldito sitio por fin acababa de despertar por completo. ¿No querían ellos matarles, y comérselos? Ahora las tornas se habían vuelto, y pensaban disfrutarlo.

- Ya están muertos. – dijo uno de los pacientes entre susurros entrecortados por el esfuerzo.
- ¿Y qué? – preguntó otro, sin parar de patear uno de los cuerpos. – Que no esperen piedad, porque no la iban a tener.
- Que no podemos seguir perdiendo el tiempo con tonterías. – respondió el primero, mirándolo fijamente. - ¿Cuánto crees que tardarán en venir más de estos desgraciados? En cuanto empiecen a impacientarse mandarán a alguien, y seguro que no viene con los puños desnudos.
- Tiene razón, - insistió un tercero. – tenemos que marcharnos de aquí, ahora mismo.
- Bueno, tampoco tenemos tanta prisa. – replicó el segundo aun golpeando los cuerpos inertes, descargando la rabia y la frustración. – Hemos viajado durante un buen rato en ese jodido trasto, creo que estamos bastante lejos del edificio.
- Si tú quieres quedarte, adelante. – respondió el primero del grupo, chasqueando la lengua negando con la cabeza, dándolo por imposible. – Pero yo no pienso quedarme aquí perdiendo el tiempo a esperar a que vengan. Todo esto lo hemos hecho por un solo objetivo: escapar, y eso es lo que pienso hacer.

    Lo vieron alejarse en silencio, sin mirar hacia atrás, y luego se miraron entre ellos. Era cierto que debían escapar de aquél maldito lugar antes de que nadie pudiese darse cuenta de que continuaban con vida, pero no podían romper el grupo. Habían sobrevivido al ataque de los falsos vigilantes, que eran seleccionados entre los pacientes más hostiles, gracias al grupo; ahora no debía ser roto o de lo contrario jamás saldrían de allí con vida.

- Espera, hombre. – llamó uno de ellos con paciencia, comenzando a caminar hacia él. – Todos estamos de acuerdo con que debemos salir de este sitio, pero tenemos que permanecer juntos para poder hacerlo. – sintió alivio cuando vio que los otros dos le seguían también. – No sé por qué, pero creo que no es buena idea que nos separemos. Me siento más seguro así.
- Pues venga. – respondió el primero, con aspereza.

    Ninguno de ellos se había preguntado por qué se sentían a salvo en un grupo de cuatro y por qué no de más gente; dos o tres pacientes que habían pretendido unirse al grupo habían acabado degollados en una habitación por algún motivo que desconocían, sólo sabían que debían ser cuatro.
    En el edificio principal la gran bata blanca continuaba recorriendo los pasillos y las habitaciones, cazando. Los gritos se escuchaban por todas partes, pero no eran capaces de localizarlos; no sabían dónde estaba aquella maldita aberración, y aunque prefiriesen no saberlo la estaban buscando.


- Esto me parece un gran error. – dijo Conrad, rompiendo el silencio. 

viernes, 7 de marzo de 2014

Centro psiquiátrico

    Durante un momento sintió el filo del miedo clavándose en sus entrañas con furia, pero luego recordó que Burche no era, ni de lejos, lo más peligroso que rondaba por los pasillos del centro; la gran bata blanca seguía acechando. La ausencia de gritos habituales hacía que el sitio fuese más siniestro.

- Puede intentarlo, señor Burche. – respondió en voz alta, rezando para que le escuchase. – Y creo que me haría un favor, teniendo en cuenta que Ella anda suelta. Recorre los pasillos donde estamos ahora mismo.

    Silencio de nuevo. Comenzó a creer que todo no había sido más que una imaginación, propia o provocada por Ella, cuando volvió a percibir un movimiento entre las sombras, esta vez menos rápido, más inseguro.

- ¡Mientes! – exclamó con tono claramente asustado. – Ella no anda por ningún pasillo, no vas a engañarme. – aseguró con tono triunfal, pero Beaumont logró escuchar el tono de miedo en la esencia.
- Eso es exactamente lo que desearíamos usted y yo, señor Burche. – respondió con tono tranquilo, tratando de localizar el origen de las voces. Era mejor descubrirlo para evitar que le cogiese por sorpresa. – Usted sabe, tan bien como yo, que es mejor morir a manos de alguien y no caer en sus garras, ¿verdad señor Burche? – insistió para arrancarle palabras.
- ¡Cállate, sucio mentiroso! – aulló Conrad, negando con la cabeza. El recuerdo era tenebroso.
- ¿Recuerda esos pasillos oxidados por el olvido, señor Burche? – preguntó con voz asustada. – Éramos muchos, pero esos pasillos eran demasiado largos. Ella se divirtió mucho en esa ocasión, ¿verdad? – insistió. – Y ahora viene a hacer exactamente lo mismo, pero en nuestros propios pasillos. Al menos esta vez los conocemos, ¿no es así? – sonrió un poco, aunque era lo último que deseaba. – Quizá esta vez podamos huir de sus garras…pero lo dudo, Ella conoce todos los pasillos de este lugar, ha pasado aquí demasiado tiempo de su vida, ¿no es lo que había dicho?

    Todo su cuerpo estaba temblando como si tuviese frío, el miedo sin duda habría bajado su temperatura corporal unos grados. La idea de que Ella estuviese por allí…cazando, era demasiado fuerte como para poder resistirla. Aquella vez escaparon de puro milagro, gracias a traiciones y zancadillas, y se juraron que, pasara lo que pasara, evitarían que Ella volviese a salir una vez más; por eso enviaban los cuerpos a los túneles, para que Ella los recogiera y se alimentase. Si alguna vez los encargados de llevar los cuerpos se perdían y no aparecían, cosa que sucedía siempre, simplemente los remplazaban sin más.

- ¿Es cierto? – preguntó al fin. - ¿Es cierto que estás aquí?
- Sí, Conrad. Estoy aquí, con vosotros.
- Pero… ¿cómo has logrado salir? – preguntó, asustado. – Nosotros te encerramos, conseguimos que te perdieses en los túneles. – insistió tragando saliva. – Y llegamos a un trato, te enviábamos comida.
- ¿Crees realmente que ibais a hacer que me perdiese allí dentro? – preguntó con una sonrisa divertida. – He pasado mucho tiempo recorriendo esos pasillos, Conrad. Esos pasillos no tienen secretos para mí.
- Entonces, ¿cómo es que sales ahora? De alguna manera hemos logrado tenerte encerrada hasta ahora. ¿Qué ha fallado?

    La risa de la gran bata blanca fue atroz y potente, como siempre. Sacudió los cimientos una vez más.


- Los pasillos que realmente me retenían eran los de vuestra mente, Conrad. Vuestro deseo de mantenerme lejos, encerrada, había sido suficiente para evitar que encontrase la salida. Sin embargo ahora he logrado abrirme paso por vuestra mente, y aquí estoy. ¿No te alegras, Conrad? – preguntó fingiendo enfado. – Entonces tendré que comerte el primero. – rió una vez más. 

miércoles, 5 de marzo de 2014

Centro psiquiátrico

    Dejaron pasar la oleada de risa que produjo la idea de perseguirlos y cazarlos y entonces los empujaron para hacerlos correr por el yermo de las instalaciones.

- ¡Corred, corred, conejitos! – aulló uno de los falsos vigilantes.
- ¡Cuando os atrapemos os vamos a despellejar! – gritó otro de los falsos vigilantes.
- ¡Nos haremos un abrigo con vuestras pieles! – gritó otro, riendo.

    Los pacientes corrieron, alejándose todo lo posible de aquellos malditos psicópatas para tratar de reunirse en algún lugar donde trazar un plan para actuar, sin embargo todo era prácticamente llano. No podrían cogerlos desprevenidos.

- ¿Cuánto tiempo esperaremos para salir a por ellos? – preguntó uno de los falsos vigilantes, ansioso por lanzarse a por ellos. La idea de causar el daño…era demasiado como para poder resistirla.
- Pues… ¡YA! – gritó el líder, riendo.

    Se lanzaron a por aquellos pacientes, que les sacaban algo de ventaja, aullando y riendo, maldiciendo y burlándose de ellos, para asustarlos y hacer que se separasen para poder cazarlos sin problemas; se habían imaginado que podrían intentar defenderse, la gran bata blanca se lo había dicho.

    Los pasillos resultaban mucho más siniestros que de costumbre, mucho más oscuros y silenciosos. Caminaba por allí tratando de buscar algo con lo que poder defenderse o, llegado el caso, poder entretenerla para escapar, pero se temía también que pudiese encontrarse con Burche; sabía que ese maldito desgraciado estaba aliado con ella, o eso debía creer, por lo que no le serviría de nada tratar de convencerlo de que le ayudase.
    Los sonidos se magnificaban en el silencio, y las sombras que producían las lámparas de emergencia tomaban caprichosas formas, aunque la mayoría no eran en absoluto caprichosas, sino que estaban claramente pensadas para provocar un miedo irracional a quien las viese.

- ¿Lo sientes, Roldán? – preguntó la voz de mujer con un sensual susurro en los oídos del hombre. - ¿Sientes ese frío que se te clava en los huesos, subiendo por las piernas? ¿Sientes esa sensación, ese cosquilleo que te recorre la nuca? Se llama miedo, y está justificado que lo tengas. – decía con una sonrisa sarcástica.
- Oh, por favor, no sigas así, ¿quieres? Me canso de oírte, ¿sabes? – respondió Beaumont negando con la cabeza. - ¿Crees que puedes asustarme a mí? No seas ridícula.
- ¿Ridícula? Tiene gracia que digas eso. – sonrió la bata, satisfecha. – Veremos si consigues llegar a encontrarme…o a encontrar a nadie con vida aquí.
- Oh, claro. Ahora me dirás que todos están muertos, ¿verdad? Vas a decirme que los has matado a todos, ¿no es así? – replicó Beaumont tratando de sonar lo más tranquilo y seguro que podía.
- ¿Qué tal si vas a descubrirlo por ti mismo? – desafió la voz.
- No dudes que lo haré.

    Se arrepintió de lo que había dicho en el momento de haberlo hecho, sabía que ella era capaz de acabar con todos en el centro sin inmutarse. La única posibilidad que tenían, si es que tenían alguna, era que todos se uniesen para enfrentarse a ella pero…eso sería imposible; sabía que todos estaban demasiado intoxicados y confundidos por ella como para pensar con claridad. La realidad del asunto era que estaba solo, y eso era malo.
    Empezó a ver sombras moverse en la penumbra, y supo que algo iba mal. Si era ella estaba perdido, pero si era otro…tendría alguna posibilidad.


- Voy a por ti…a cazarte como un conejito asustado. – canturreó una voz que conocía. 

martes, 4 de marzo de 2014

Centro psiquiátrico

    Los pacientes vieron cómo se alejaba la única oportunidad de escapar que tendrían en toda su vida. Estaban fuera, en la intemperie, con el viento soplando con fuerza y aquellos malditos desgraciados sosteniéndolos como si fuesen perros. ¿Sería verdad que se los…comerían? Era una idea ridícula y absurda, pero bien podrían hacerlo; estaban locos, como ellos, y no entendían sobre la ética o  la moral. Podían hacer con ellos cualquier cosa que se les antojase…y eso era lo más duro de todo, que podían hacer cuanto quisiesen sin que nadie pudiese ayudarlos…o tal vez sí.
    Guardaron silencio, mirándose con complicidad, dejando que las risas de aquellos desgraciados volase por encima de su propio miedo. Ellos, los pacientes, eran cuatro, igual que sus captores, los falsos vigilantes, y ellos no parecían llevar armas encima con las que poder defenderse en caso de que ellos les atacasen; era evidente que aquellos imbéciles contaban con el factor intimidación como principal arma para tenerlos bajo control. Sólo sería necesario que se lanzaran a por ellos en el momento adecuado para poder cogerlos por sorpresa y darle la vuelta a la tortilla. Lo mejor era que, como grupo, lo sabían; eran conscientes de esa opción y estaban dispuestos a arriesgarse a ella para poder salir con vida de aquella situación.

- Bueno, bueno, bueno. – dijo uno de los falsos vigilantes, sonriendo abiertamente. – Alguien ha dicho algo de una barbacoa, ¿qué os parecería a vosotros, eh? – preguntó a los pacientes, relamiéndose lentamente. Aquello provocó la risa del grupo, pero los pacientes no dijeron nada. - ¡Vaya! ¿Qué te parece? – insistió el falso vigilante, sonriendo. – Parece que les ha comido la lengua el gato.
- ¡La lengua me la pido yo! – gritó uno, alterado. – Quiero sus lenguas, sus hígados…sus órganos, lo quiero todo. – sonrió, mostrando una boca vacía de dientes.
- ¡Yo quiero su corazón! – alegó otro, interponiéndose entre los pacientes y los falsos vigilantes, dispuesto a llegar a las manos si hacía falta para defender sus trofeos personales. La tensión creció un poco entre ellos.
- ¡Basta! – exclamó el que parecía ser el líder, que sonreía acercándose a ellos. – Son cuatro, y nosotros también, tenemos carne de sobra. Ya nos pelearemos por las partes cuando estén cazados, pero ahora tenemos que empezar el juego.

    Los gritos, los aplausos, las caras de felicidad…parecían auténticos niños ante el árbol de navidad el día de reyes. Los pacientes se miraron entre ellos y aprovecharon aquél griterío desmesurado para poder hablar un poco.

- No sé qué diablos piensan hacer estos desgraciados con nosotros, pero tenemos que mantenernos juntos. – advirtió uno, con tono serio.
- Sí, si nos mantenemos juntos podremos aprovechar el momento justo. – dijo otro.
- ¿El momento justo? – preguntó el tercero, visiblemente nervioso y asustado. - ¿El momento para qué?
- Para lanzarnos sobre ellos, y matarlos nosotros. – sonrió el primero con un brillo en los ojos. – Estos desgraciados creen que van a perseguirnos como a una presa hasta darnos alcance y que luego van a hacer lo que quieran…pero se van a llevar una pequeña sorpresa.

    Los gritos de los falsos vigilantes cesaron con una orden del líder de aquellos degenerados, y sonrieron agarrando cada uno a uno de los pacientes, azuzándolos como si fuesen perros.


- Muy bien, muchachos, es hora de empezar. ¿Estáis preparados? – preguntó con una sonrisa, pateándole el costado a uno de los pacientes. – Las reglas son sencillas: empezad a correr y nosotros os cazaremos, cuando lo hagamos estaréis muertos. – sonrió. 

lunes, 3 de marzo de 2014

Centro psiquiátrico

    Las palabras de Beaumont provocaron una nueva oleada de atroces carcajadas por parte de la gran bata blanca, que sonaron terroríficamente cerca de donde se encontraba.

- No, no lo es. Y desde luego no es lo más peligroso que hay por aquí en este momento, ¿verdad, Roldán? – preguntó la voz de mujer, resonando por los pasillos de su mente, amenazando con una nueva risa.
- No, no es lo más peligroso que ronda por este lugar en este momento. – confirmó él a desgana. – Pero tú tampoco eres lo único peligroso que ha salido a cazar, ¿sabes? Aquí dentro somos muchos, y todos somos peligrosos.

    De nuevo la risa, estridente y desagradable, recorrió los pasillos del centro en su busca. Lo inundaron por completo, perforándole los tímpanos, bañándolo en la esencia del miedo y el desprecio; haciéndolo caer de rodillas en el suelo, asustado y dolorido. No era más que una muestra del poder que tenía la gran bata blanca.

- ¿Acaso crees que podrías matarme, Roldán? Te veo muy seguro de ti mismo. – dijo la voz, retándolo a un enfrentamiento directo.
- ¿Yo? – preguntó con una sonrisa irónica en el rostro. – No digas tonterías, ¿quieres? Por supuesto que yo sólo no podría ni acercarme a ti para poder hacerte nada; probablemente muriese con sólo verte… muerto por el miedo, ¿no es así? – preguntó con tono tranquilo.
- En efecto, Roldán, en efecto. Así que no pienses que puedes enfrentarte a mí y salir con vida para contarlo, ¿de acuerdo? Muchos lo han intentado ya, y ninguno de ellos ha contado la historia, ¿no crees que quiere decir algo?
- Sí, por supuesto. – aseguró él con voz divertida. – Significa que, uno a uno, estamos indefensos contra ti, pero… ¿y si nos uniésemos todos para derrotarte? ¿Crees que podrías con cientos de degenerados mentales al mismo tiempo? Porque yo creo que decidiste instalarte aquí, en un manicomio, porque creías estar segura de poder manipularnos con tranquilidad. ¿Pero y si todos te plantásemos cara? Yo creo que en ese caso las tornas cambiarían.

    La tercera oleada de risa que lanzó la gran bata blanca fue demasiado potente como para simplemente hincar las rodillas en el suelo, aturdido; iba tan cargada de burla y repulsión que golpeó a Beaumont en el pecho, haciéndolo caer al suelo. Eso le había hecho daño de verdad y ya no estaba tan seguro de que pudiesen luchar contra aquél ser. Se levantó, despacio, tambaleándose un poco mientras lo escuchaba. El sonido de los pasos correr hacia él. ¿Sería ella? ¿Sería Burche? En cualquier caso estaría perdido.

- ¡Insignificante rata de alcantarilla! – aulló, sin voz, la gran bata blanca, corriendo hacia él. - ¿Crees que los humanos sois un rival a tener en cuenta? ¡Podría despedazaros por miles, antes de que ni siquiera llegaseis a hacerme daño! ¿Crees que por tener un cuerpo físico estoy sometida a las leyes de este planeta? Podríais atacarme en masa durante horas antes de que ni siquiera me diese cuenta de que estáis ahí. No sois más que insectos en comparación conmigo. – dijo la voz con tono furioso.
- Y, sin embargo, sí estás sometida al orgullo y el ego herido, querida. – sonrió Beaumont, satisfecho. – Quizá sea ese tu talón de Aquiles, ¿no crees?
- Voy a hacer que te arrepientas de tus palabras, durante el resto de la eternidad. – dijo la voz, que continuaba corriendo.

    No respondió más a las provocaciones de aquella criatura, ya había cumplido con lo que tenía hasta el momento. Ahora lo que tenía que hacer era encontrar a Burche y convencerlo de que le ayudase a atacar a aquella cosa, antes de que le matase a él. No sería una tarea fácil, pero resultaba mucho más sencilla que encararse a la araña.

    El autobús se había perdido en el horizonte, y los falsos vigilantes comenzaron a gritar de placer. 

domingo, 2 de marzo de 2014

Centro psiquiátrico

- Si tan seguro estás de que no es más que un engaño, ¿por qué no sales ahí y echas un vistazo? – respondió el conductor, cruzándose de brazos. – Mira, por lo que a mí respecta es muy tarde como para estar discutiendo tonterías. Deja que hagan su trabajo y que nos vayamos a casa, ¿quieres? Cuando hayamos descansado podremos hablar de todo esto lo que te apetezca. – trató de suavizar las palabras. – De todas formas cuando volvamos a la oficina me encargaré personalmente de que te asignen a otro compañero, porque yo no pienso seguir cargando contigo. – pensó de mal humor.
- Está…está bien, - dijo, inseguro. – Ábreme la puerta, que voy a ver qué está pasand…

Alguien dio unos suaves golpes en el autobús, cerca de la ventana del conductor. No fueron violentos ni fuertes, pero los habían tomado por sorpresa, lo cual fue suficiente para que se asustasen dando un pequeño brinco. Se quedaron en silencio mirándose durante un instante, confusos, hasta que el conductor abrió la puerta por la que debía haber bajado el vigilante; en lugar de ello subió uno de los falsos vigilantes.

- Bueno, pues ya está, era lo que nos habíamos temido. Hemos cogido a cuatro  pacientes que se habían subido. – dijo con tono serio, pero esbozando una sonrisa en los labios. – Sólo quería decirles que ya está, pueden continuar. Muchas gracias por su… colaboración. – al pronunciar la palabra miró al vigilante, sonriendo.
- Pues muy bien, amigo. – respondió el conductor, agradecido de poder volver a ponerse en marcha. – Muchas gracias a ustedes, hasta luego.
- Sí…adiós. – respondió el vigilante, tratando de mantener la mirada del falso vigilante sin conseguirlo; aquella sonrisa ocultaba algo secreto, algo oscuro y extraño que no comprendía pero que tampoco quería conocer.
- Vayan con cuidado. – dijo el falso vigilante con una nueva sonrisa antes de salir del autobús, contento. – Una pena que debamos dejar marchar a esos dos…el jovencito era guapo, podría haberme divertido mucho con él. – pensó mientras la puerta del vehículo se cerraba tras él. Caminó hacia los falsos vigilantes, que retenían a los pacientes, silbando una alegre cancioncilla. – Bien, muchachos, en cuanto ese autobús se pierda de nuestra vista… ya sabéis lo que pasará. – sonrió, mirando a los pacientes. – Será… ¡la hora de jugar! – exclamó con voz infantil, provocando las risas de todos, salvo la de los pacientes.
- ¡Sí, hora de jugar! – aulló otro, zarandeando de manera impulsiva a uno de los pacientes, incapaz de contenerse.
- Calma, calma, disfrutemos de este momento. – sonrió el vigilante, negando con la cabeza. - ¿No te das cuenta? Están viendo cómo su única esperanza se marcha, dejándolos aquí tirados como a perros. – sonrió divertido. – Deja que se esfume su esperanza, y luego podremos jugar con ellos.
- ¿Qué os parece si después de esto hacemos una barbacoa con lo que quede de ellos? – propuso otro de los falsos vigilantes, sonriendo. – Creo que después de todo el ejercicio que estamos a punto de hacer nos va a entrar hambre.

Todos rieron.

    La misma risa, cruel y oculta, sacudió los cimientos del edificio principal; la gran bata blanca no cabía en sí de gozo. Beaumont caminaba por los pasillos en silencio, armado con algunos de los útiles que pensaba usar para dar una lección a Burche, atento a todo lo que pasara a su alrededor. – Le he ganado una vez, puedo volver a hacerlo. Esta vez no le daré oportunidad a levantarse. – se dijo, tratando de auto convencerse, necesitaba estar seguro.
- Cuidado, Roldán. Conrad puede estar en cualquier parte…incluso a tu espalda, esperando a que te gires. – dijo la voz de mujer, esbozando una sonrisa que el director pudo ver perfectamente en su cabeza.

- No es el único que está al acecho en este lugar. – respondió él, tranquilo. 

sábado, 1 de marzo de 2014

Centro psiquiátrico

    Durante un breve momento el silencio y la espera se hicieron eternos; los falsos vigilantes deseaban ansiosos que saltara el cierre del maletero para poder comenzar la caza, mientras que los pacientes agazapados esperaban con paciencia a que pasara el tiempo suficiente como para sentirse lo suficientemente a salvo como para salir de su escondite. El vigilante del autobús y el conductor se miraron fijamente.

- No lo hagas. – susurró el vigilante.
- ¿Te has vuelto loco? Es una inspección rutinaria, cuando terminen podremos irnos. – replicó el conductor negando con la cabeza, llevando una mano hacia el botón que desactivaba el seguro.
- No creo que sean auténticos vigilantes. – volvió a susurrar el vigilante, negando con la cabeza.
- ¡No digas tonterías, claro que lo son! – replicó una vez más el conductor, cansado. – Mira, no sé a qué demonios viene todo esto, ¿de acuerdo? Pero ya me he cansado de estar aguantando todas estas tonterías. Eres un novato y este es tu primer viaje a este lugar, y comprendo que estés nervioso, pero yo llevo años haciendo esta ruta y he visto a esos tipos en más de una ocasión, te digo que son auténticos vigilantes.
- No se comportan como tal, Harold. – dijo el vigilante, negando con la cabeza. – Mira, comprendo que los hayas visto durante mucho tiempo, pero te digo que no son trigo limpio. No sé qué están tramando, pero no es nada bueno.
- Claro, y me han tenido engañado todo este tiempo, ¿no? – dijo él negando con la cabeza, pulsando finalmente el botón del cierre.

    El cierre saltó con un suave “clac” que resonó incluso dentro del autobús a causa del silencio imperante. ¿Cuánto tiempo había durado la discusión entre ambos desde que el vigilante les dijo que abriesen el maletero hasta que lo hizo? ¿Dos minutos, quizá tres? En realidad apenas habían sido diez segundos. Los falsos vigilantes sonrieron satisfechos, relamiéndose, cuando escucharon el cierre ceder. Uno de ellos se adelantó para abrir la puerta mientras los otros dos apuntaban al interior con dos potentes linternas que cegarían a los pacientes.

- ¡Escondeos! – gritó uno de ellos cuando escuchó saltar el pestillo, llevado por el pánico.
- ¿Nos han descubierto? – preguntó otro, confuso.
- ¿Hemos llegado ya? – preguntó un tercero, que acababa de despertarse.
- ¡Vaya, vaya! ¿Qué tenemos aquí? – preguntó uno de los falsos vigilantes, sonriendo. – Parece que hemos descubierto unos cuantos polizontes, ¿no es así? Eso ha estado mal, muchachos, muy mal. – dijo con tono acusador, como si fuese un padre regañando a los hijos.
- ¡No! – aulló el primero de los pacientes, tratando de escapar hacia atrás.

El maletero no era demasiado grande, ni mucho menos cómodo, y no tenían suficiente espacio por donde poder escapar, ni siquiera defenderse. Su única opción era aguantar allí dentro, agazapados contra una de las paredes, esperando que aquellos hombres entrasen de uno en uno para cogerlos, y atacarles. Sin embargo se habían abierto todas las puertas de los maleteros, y dos de los cuatro falsos vigilantes rodearon el vehículo para atraparlos por la espalda, pillándolos desprevenidos.

- ¡Te cacé, pequeño conejito! – sonrió uno de los vigilantes, agarrando por la espalda al primero de los pacientes.
- ¡No, no, déjame! – aulló, siendo arrastrado hacia el exterior donde fue recibido a patadas.
- ¿Eso te parece una conducta propia de un vigilante? – preguntó el vigilante. No podía ver lo que ocurría fuera, pero se hacía una idea aproximada gracias a los gritos.
- No sabemos lo que está pasando ahí fuera. – replicó el conductor con indiferencia. – Puede ser que los pacientes sean violentos y hayan querido atacarles, tal vez sólo se estén defendiendo.

- Yo no estaría tan seguro.