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martes, 4 de marzo de 2014

Centro psiquiátrico

    Los pacientes vieron cómo se alejaba la única oportunidad de escapar que tendrían en toda su vida. Estaban fuera, en la intemperie, con el viento soplando con fuerza y aquellos malditos desgraciados sosteniéndolos como si fuesen perros. ¿Sería verdad que se los…comerían? Era una idea ridícula y absurda, pero bien podrían hacerlo; estaban locos, como ellos, y no entendían sobre la ética o  la moral. Podían hacer con ellos cualquier cosa que se les antojase…y eso era lo más duro de todo, que podían hacer cuanto quisiesen sin que nadie pudiese ayudarlos…o tal vez sí.
    Guardaron silencio, mirándose con complicidad, dejando que las risas de aquellos desgraciados volase por encima de su propio miedo. Ellos, los pacientes, eran cuatro, igual que sus captores, los falsos vigilantes, y ellos no parecían llevar armas encima con las que poder defenderse en caso de que ellos les atacasen; era evidente que aquellos imbéciles contaban con el factor intimidación como principal arma para tenerlos bajo control. Sólo sería necesario que se lanzaran a por ellos en el momento adecuado para poder cogerlos por sorpresa y darle la vuelta a la tortilla. Lo mejor era que, como grupo, lo sabían; eran conscientes de esa opción y estaban dispuestos a arriesgarse a ella para poder salir con vida de aquella situación.

- Bueno, bueno, bueno. – dijo uno de los falsos vigilantes, sonriendo abiertamente. – Alguien ha dicho algo de una barbacoa, ¿qué os parecería a vosotros, eh? – preguntó a los pacientes, relamiéndose lentamente. Aquello provocó la risa del grupo, pero los pacientes no dijeron nada. - ¡Vaya! ¿Qué te parece? – insistió el falso vigilante, sonriendo. – Parece que les ha comido la lengua el gato.
- ¡La lengua me la pido yo! – gritó uno, alterado. – Quiero sus lenguas, sus hígados…sus órganos, lo quiero todo. – sonrió, mostrando una boca vacía de dientes.
- ¡Yo quiero su corazón! – alegó otro, interponiéndose entre los pacientes y los falsos vigilantes, dispuesto a llegar a las manos si hacía falta para defender sus trofeos personales. La tensión creció un poco entre ellos.
- ¡Basta! – exclamó el que parecía ser el líder, que sonreía acercándose a ellos. – Son cuatro, y nosotros también, tenemos carne de sobra. Ya nos pelearemos por las partes cuando estén cazados, pero ahora tenemos que empezar el juego.

    Los gritos, los aplausos, las caras de felicidad…parecían auténticos niños ante el árbol de navidad el día de reyes. Los pacientes se miraron entre ellos y aprovecharon aquél griterío desmesurado para poder hablar un poco.

- No sé qué diablos piensan hacer estos desgraciados con nosotros, pero tenemos que mantenernos juntos. – advirtió uno, con tono serio.
- Sí, si nos mantenemos juntos podremos aprovechar el momento justo. – dijo otro.
- ¿El momento justo? – preguntó el tercero, visiblemente nervioso y asustado. - ¿El momento para qué?
- Para lanzarnos sobre ellos, y matarlos nosotros. – sonrió el primero con un brillo en los ojos. – Estos desgraciados creen que van a perseguirnos como a una presa hasta darnos alcance y que luego van a hacer lo que quieran…pero se van a llevar una pequeña sorpresa.

    Los gritos de los falsos vigilantes cesaron con una orden del líder de aquellos degenerados, y sonrieron agarrando cada uno a uno de los pacientes, azuzándolos como si fuesen perros.


- Muy bien, muchachos, es hora de empezar. ¿Estáis preparados? – preguntó con una sonrisa, pateándole el costado a uno de los pacientes. – Las reglas son sencillas: empezad a correr y nosotros os cazaremos, cuando lo hagamos estaréis muertos. – sonrió.