Escucharon el
sonido de pasos mucho antes de que llegasen al edificio, por lo que contaban
con tiempo de esconderse. O habrían contado con él, de haber habido algún
mueble donde hacerlo en la habitación. La única solución de que disponían era
la peor de todas, meterse en el agujero. No veían más allá de sus propias
manos, pero avanzaron deprisa unos metros tratando de esconderse.
- Os dije que nos estaban buscando y que no teníamos que
perder el tiempo con tonterías. – dijo el primero con tono de reproche, aunque
entre susurros. – Pero no me hicisteis caso y ahora estamos en un buen lío,
espero que estéis contentos.
- Calla, no creo que sea ninguno de esos fantoches. –
susurró, con voz temblorosa.
- ¿Entonces quién, eh? – preguntó otro, negando con la
cabeza. – No creo que nadie entre aquí porque sí, ¿sabes?
- No, no creo que nadie entre aquí por puro gusto. –
respondió el primero, sin perder el tono que usaba. – Creo que esto es mucho
peor que los vigilantes del manicomio, y estamos a punto de descubrir de qué se
trata.
La puerta de
aquél edificio se había abierto despacio, pero el olor llegó mucho antes de que
pudiesen escuchar el primer paso; un olor viejo, a cerrado. Les llenó las fosas
nasales, mareándolos suavemente, haciéndoles volar la imaginación un poco como
si los hubiese drogado.
La ausencia de
luz en aquél maldito hueco donde se escondían era tan grande que no podían ver
dónde se encontraban, por lo que deseaban no tener que adentrarse más en aquél
maldito sitio.
- ¿Listo para volver al hogar, Roldán? – preguntó ella
con voz divertida.
- Te arrepentirás de esto, te lo aseguro. – replicó,
aterrorizado. – Ya lo has notado, ¿verdad? Hay algo aquí que no debería. Si yo
me he dado cuenta, tú también lo has hecho. – sonrió de medio lado. – Sí, sé
que lo has notado. ¿De qué tienes miedo, gran bata blanca? ¿Qué está a punto de
plantarte cara? Espero que no tengas miedo a la oscuridad, porque vas a volver
a tu encierro.
- Oh, ¿eso crees? – preguntó ella, tratando de sonar
burlona. Sin embargo sabía que aquél desgraciado tenía razón, en aquél lugar
había algo que no debía estar…y no quería pensar que se trataba de ese
condenado grupo que podría plantarle cara. – Bueno, supongo que lo
averiguaremos. Bueno, en realidad tú no; para ti hay por delante una larga
espera, hasta que llegue el momento. – sonrió un poco, acercándose hacia el
boquete que había abierto para poder escapar.
Sin abrir la
boca, por miedo a que las dos voces los escuchasen, se retiraron hacia el
interior lentamente; adentrándose en aquél maldito agujero. Ninguno de ellos
quería hundirse en las entrañas de la tierra, pero no tenían más remedio.
Caminaron en
silencio, en fila india para no perderse de vista, durante un buen rato por
aquél túnel excavado en línea recta; como si algo se hubiese cansado de vagar
por algún sitio sin encontrar la salida y hubiese decidido fabricarse una.
- Este ha sido el peor error que podíamos cometer. –
susurró el que iba último mirando hacia atrás constantemente, temiendo
encontrarse con alguna criatura salida de sus pesadillas. – No vamos a salir de
aquí. – susurró.
- Callaos, no necesitamos que nos escuchen. – respondió
el primero con el mismo tono de reproche.
- No pasa nada, caminaremos en línea recta hasta
encontrar un lugar donde escondernos. Esperaremos a que pasen las voces y luego
nos marcharemos de aquí. – susurró otro, convencido.
- Y no volveremos a meternos en ningún maldito edificio
hasta haber salido de este sitio. – añadió el primero.
Aunque quería
hacerle creer que no, estaba asustada, nerviosa, consciente de que aquél
condenado grupo se encontraba allí.