-- Relato --
Que la gran
bata blanca hubiese salido del túnel en busca de Burche era algo que
beneficiaba a todos allá abajo, salvo al mismo interesado; pero eso a Beaumont
ahora no le importaba lo más mínimo.
La ausencia de
ella les daba un tiempo vital para que el grupo se reencontrase y el paciente
con el que Roldán había hablado les contase todo lo que éste le había dicho.
Con un poco de suerte lograrían sincronizarse hasta el punto de ser una sola
mente, con voces y argumentos distintos, a tiempo de poder enfrentarse a lo que
estaba por llegar.
Como ella había
salido, el falso director del centro
decidió esperar cerca de la salida del túnel que la gran bata blanca
había excavado por sí misma en la roca para escapar, a fin de que ninguno de
los pacientes decidiese huir de allí abandonando al resto a su suerte.
Sin embargo,
para desgracia de Beaumont, el paciente había encontrado a los otros, pero no
pensaba contarles nada de lo que había ocurrido. O, al menos, nada de lo que el
otro le había contado.
- ¿Dónde diablos estabas? – preguntó el primero, con la
misma voz autoritaria de siempre.
- Haciendo turismo. – respondió el recién llegado con
sorna.
- No es el mejor momento para bromas, ¿no crees? –
reprendió el tercero, con voz nerviosa. – Tenemos que salir de aquí, como sea.
– continuó, mirando a su alrededor.
- No tan deprisa, muchachos. Antes tenemos cuentas que
ajustar. – replicó con una sonrisa divertida.
- ¿Cuentas que ajustar? – preguntó el primero con aire
inquisitivo, mirando al resto y luego al recién llegado. – ¿Qué quieres decir?
¿Quieres matarnos? – esbozó una sonrisa sencilla.
El grupo de
tres pacientes se acercó al otro, rodeándolo. Todos esbozaron la misma sonrisa
sencilla mientras esperaban la respuesta del paciente díscolo.
- No, a vosotros no. – negó con la cabeza, sin añadir
nada más para no ponerlos en alerta. – Pero hay alguien a quien sí que queremos
matar desde hace algún tiempo, y está aquí abajo.
- ¿De quién hablas? – preguntó, inquisitivo.
- De nuestro queridísimo director, por supuesto.
- ¿Está aquí? – preguntó, incrédulo. Negó con la cabeza.
– No puede ser, no te creo.
- Sí, está aquí y aquí está. – aseguró, sonriente. – Si
no me creéis podéis ir a verlo vosotros mismos; está en el mismo sitio por el
que hemos entrado, que a su vez es la única salida. – sonrió de nuevo.
- ¿Ahora te has vuelto un poeta o algo parecido? –
preguntó el segundo con tono burlón, sonriendo de medio lado. – Porque nunca me
gustaron los poetas. – advirtió.
- A mí no me importa lo que te importe. – replicó con un
encogimiento de hombros. – Puedes ir a mirarlo por ti mismo o quedarte aquí sin
perder el tiempo, lo mismo me da. – esbozó una nueva sonrisa.
Mientras se
dirigía de nuevo hacia el edificio principal del centro sonreía satisfecha. Había
logrado envenenar la mente de uno de esos malditos pacientes aprovechando que
se encontraba a solas y, por tanto, era completamente vulnerable a sus
palabras, y ahora estaban peleándose y discutiendo. Eso era bueno para ella, así
no podrían concentrarse y ser uno solo, una sola mente con muchos argumentos
que la confundiera e hiciese que se perdiera una vez más.
- Creo que esta vez
no te vas a salir con la tuya, Roldán. – susurró en el oído del hombre, que
continuaba esperando. – Creo que van a
matarse entre ellos, como perros discutiendo por un hueso.
-
Eso habrá que verlo. – replicó Beaumont, mirando a su alrededor.
Tenía que
buscar a esos cuatro mentecatos para hacerlos entrar en razón él mismo, cosa
que no le gustaba en absoluto. Se puso en marcha, temeroso de la oscuridad.