- Pues eso, que no es de fiar. – insistió ella,
sentándose en el suelo.
- No necesariamente. – replicó Rata, acercándose con
aire inquieto. – Él solamente se encarga de que las reglas del juego se
cumplan, sin interceder en ningún bando.
- Salvo porque permite que Oliver haga lo que le
venga en gana. – replicó una tercera voz que no conocía.
- ¿Quién eres? – preguntó Delia con una sonrisa
amigable, prefería saber con quién hablaba antes de empezar a comentar nada que
considerase serio.
En el
improvisado grupo se formó un silencio un poco incómodo, todos se callaron ante
la pregunta. Aunque sabía que no podían verla por la oscuridad mantenía la
sonrisa, no quería que aquella criatura pensara que ella no era de fiar.
Finalmente
pudo escuchar que alguien se acercaba despacio y con paso irregular, sin duda
estaba planteándose el hacerlo o permanecer en silencio, quizá incluso
esconderse. También escuchó el sonido de Gato al lamerse una pata con aire
paciente.
Cuando
Delia pudo distinguir la silueta de la criatura tuvo que hacer grandes
esfuerzos por no borrar la sonrisa, y muchos más para no echarse a correr.
Aquella…cosa le daba muchísimo asco, y le resultaba repugnante; y eso que ni
siquiera había visto a la criatura a la luz del sol, pero adivinaba lo que era
y no le gustaba.
- Sí, ya lo sé. – respondió con tono impaciente,
mirando a Gato, Delia y Rata alternativamente. – No soy algo muy agradable a la
vista, pero tú tampoco. – señaló a Rata con un dedo acusador. – Y desde mi
perspectiva, tú tampoco lo eres. – señaló ahora a Delia, con el mismo gesto. –
Y mejor no hablo de ti… - comentó mirando de soslayo a Gato, quien aún
continuaba lamiéndose una pata.
- Yo… - empezó a hablar Delia, pero sin saber qué
decir.
- Te guste o no te guste, para los humanos las
cucarachas no son más que una criatura bastante desagradable. – replicó Gato
con tono un tanto pomposo. – Así que mientras ella no cambie de forma, seguirás
resultándoselo. – se estiró con cierta pereza y se acercó a cucaracha.
- Bueno, pero me necesitáis. – respondió Cucaracha
con orgullo, cruzándose de…patas.
- Siento que no me gustes. – respondió Delia
sonriendo un poco divertida. – Pero Gato tiene razón, para nosotros sois un
poco…ugh – prefirió no pronunciar la palabra. – Pero sí, tienes razón, te
necesitamos. – asintió.
- Lo mismo que ella a nosotros. – replicó Rata de
mal humor. – Si no le gusta lo que es, mala suerte.
- Bueno, ¿qué tal si empezamos a centrarnos un poco
en el asunto que tenemos entre manos? – dijo Gato, zanjando la cuestión.
De nuevo
un silencio envolvió al grupo con suavidad. Era uno de esos silencios
importantes, como Ella le había dicho antes, y ahora lo reconocía
perfectamente.
- Sí, vamos. – asintió Delia, impaciente. – Al
parecer Oliver no es alguien que nos caiga demasiado bien, ¿verdad? – sonrió un
poco, tímida, mirando al grupo. – Pero, ¿cómo nos deshacemos de él? Quiero
decir…cuando lo vi, en el jardín, parecía muy fuerte.
- Lo es, desde luego. – asintió Gato. – Pero no te
preocupes, podremos eliminarlo. Sólo necesitamos que recuperes lo que te fue
robado; lo más preciado para ti.
- ¿Lo que me fue robado? – preguntó, confusa. – ¿A
qué te refieres?
- ¡Pues al amor, maldita sea! – replicó Cucaracha
con impaciencia.
- ¿El amor? – preguntó, sobresaltada. – Qué…yo no… -
las palabras se trababan en su garganta y no podía pronunciarlas.
- Ay, Delia. – suspiró Rata. – Oliver provocó el
accidente de tráfico que rompió el vínculo, y te trajo aquí.
- ¿El vínculo? ¿De qué diablos estáis hablando? –
respondió ella sin comprender nada.
- Esa voz con la que hablas, la que tan familiar te
resulta, es la de tu gemela. – respondió Gato, mirándola fijamente. – Debes
restablecer el vínculo con ella, debéis volver a ser una, para poder destruir a
Oliver.