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domingo, 16 de marzo de 2014

Delia en el país de la oligofrenia [22]

- Pues eso, que no es de fiar. – insistió ella, sentándose en el suelo.
- No necesariamente. – replicó Rata, acercándose con aire inquieto. – Él solamente se encarga de que las reglas del juego se cumplan, sin interceder en ningún bando.
- Salvo porque permite que Oliver haga lo que le venga en gana. – replicó una tercera voz que no conocía.
- ¿Quién eres? – preguntó Delia con una sonrisa amigable, prefería saber con quién hablaba antes de empezar a comentar nada que considerase serio.

    En el improvisado grupo se formó un silencio un poco incómodo, todos se callaron ante la pregunta. Aunque sabía que no podían verla por la oscuridad mantenía la sonrisa, no quería que aquella criatura pensara que ella no era de fiar.
    Finalmente pudo escuchar que alguien se acercaba despacio y con paso irregular, sin duda estaba planteándose el hacerlo o permanecer en silencio, quizá incluso esconderse. También escuchó el sonido de Gato al lamerse una pata con aire paciente.
    Cuando Delia pudo distinguir la silueta de la criatura tuvo que hacer grandes esfuerzos por no borrar la sonrisa, y muchos más para no echarse a correr. Aquella…cosa le daba muchísimo asco, y le resultaba repugnante; y eso que ni siquiera había visto a la criatura a la luz del sol, pero adivinaba lo que era y no le gustaba.

- Sí, ya lo sé. – respondió con tono impaciente, mirando a Gato, Delia y Rata alternativamente. – No soy algo muy agradable a la vista, pero tú tampoco. – señaló a Rata con un dedo acusador. – Y desde mi perspectiva, tú tampoco lo eres. – señaló ahora a Delia, con el mismo gesto. – Y mejor no hablo de ti… - comentó mirando de soslayo a Gato, quien aún continuaba lamiéndose una pata.
- Yo… - empezó a hablar Delia, pero sin saber qué decir.
- Te guste o no te guste, para los humanos las cucarachas no son más que una criatura bastante desagradable. – replicó Gato con tono un tanto pomposo. – Así que mientras ella no cambie de forma, seguirás resultándoselo. – se estiró con cierta pereza y se acercó a cucaracha.
- Bueno, pero me necesitáis. – respondió Cucaracha con orgullo, cruzándose de…patas.
- Siento que no me gustes. – respondió Delia sonriendo un poco divertida. – Pero Gato tiene razón, para nosotros sois un poco…ugh – prefirió no pronunciar la palabra. – Pero sí, tienes razón, te necesitamos. – asintió.
- Lo mismo que ella a nosotros. – replicó Rata de mal humor. – Si no le gusta lo que es, mala suerte.
- Bueno, ¿qué tal si empezamos a centrarnos un poco en el asunto que tenemos entre manos? – dijo Gato, zanjando la cuestión.

     De nuevo un silencio envolvió al grupo con suavidad. Era uno de esos silencios importantes, como Ella le había dicho antes, y ahora lo reconocía perfectamente.

- Sí, vamos. – asintió Delia, impaciente. – Al parecer Oliver no es alguien que nos caiga demasiado bien, ¿verdad? – sonrió un poco, tímida, mirando al grupo. – Pero, ¿cómo nos deshacemos de él? Quiero decir…cuando lo vi, en el jardín, parecía muy fuerte.
- Lo es, desde luego. – asintió Gato. – Pero no te preocupes, podremos eliminarlo. Sólo necesitamos que recuperes lo que te fue robado; lo más preciado para ti.
- ¿Lo que me fue robado? – preguntó, confusa. – ¿A qué te refieres?
- ¡Pues al amor, maldita sea! – replicó Cucaracha con impaciencia.
- ¿El amor? – preguntó, sobresaltada. – Qué…yo no… - las palabras se trababan en su garganta y no podía pronunciarlas.
- Ay, Delia. – suspiró Rata. – Oliver provocó el accidente de tráfico que rompió el vínculo, y te trajo aquí.
- ¿El vínculo? ¿De qué diablos estáis hablando? – respondió ella sin comprender nada.

- Esa voz con la que hablas, la que tan familiar te resulta, es la de tu gemela. – respondió Gato, mirándola fijamente. – Debes restablecer el vínculo con ella, debéis volver a ser una, para poder destruir a Oliver.