domingo, 23 de febrero de 2014

Centro psiquiátrico

- Pero no ha sido culpa mía – protestó, aún medio inconsciente por la droga – Ese maldito tramposo me la ha jugado, ha usado una droga. Si hubiésemos peleado en igualdad de condiciones le habría  machacado – le temblaba la voz, estaba asustado. Lo que Roldán hiciera con él no sería más que una ligera incomodidad en comparación con lo que sucedería una vez en la guarida. Allí, encerrado en los túneles de la gran bata blanca, tendría que correr por su vida…aunque nunca llegaría a ninguna parte.
- Nunca habría sido una pelea justa, Conrad. Tú eres mucho más grande y corpulento que él, así que hubieses tenido ventaja. Ha sido un duelo entre cerebro y músculo, y ha ganado el cerebro. Es una auténtica lástima, estoy segura de que contigo las cosas hubiesen sido mucho más…divertidas – respondió la voz de mujer, cargada de burla – Pero no me preocupo demasiado, también me divertiré bastante persiguiéndote a ti.
- ¡Sácame de aquí, por favor! ¡Dame otra oportunidad y te prometo que no te volveré a fallar! Esta vez me encargaré de ese tipo, y me aseguraré de enseñarle la lección – suplicó Burche, luchando por no sonar débil.

No tuvo respuesta, la gran bata blanca decidió marcharse. Permaneció allí, atado a una camilla con correas, en una plácida semiinconsciencia, a la espera de su horrendo destino. Beaumont haría con él cualquier tipo de atrocidad, lo sabía bien, pero nunca se asemejaría al dolor y el miedo que tendría que soportar una vez estuviese en las garras de la gran bata blanca. Tenía que intentar escapar de allí, pero sabía que era imposible: sólo su mente estaba despierta, su cuerpo permanecía dormido; ella, la gran bata blanca, se había encargado de despertarlo para que comprendiese que estaba metido en un auténtico lío – Maldita zorra… - pensó, tratando de mantener la calma.

- Has ganado esta vez, pero sólo porque yo te lo he permitido, Roldán – susurró la voz de la mujer en la mente del médico, que permanecía en la puerta – Espero que hayas aprendido la lección y no vuelvas a olvidarte nunca de quién manda aquí – zanjó, tajante.
- Tan solo ayúdame a acabar con esta estúpida revuelta, y te prometo que jamás volveré a olvidar quién manda aquí. Te haré llegar cobayas con regularidad, tienes mi palabra – respondió Beaumont, estremeciéndose una vez más.
- Apáñatelas tú solo en esto, Roldán. Has aprendido la lección, sí, pero ahora debes enfrentarte a tu castigo. Tienes la posibilidad de lograr mantener la situación bajo control, como también pueden saltarte encima desde cualquier pasillo para descuartizarte a mordiscos – dijo la voz, con un tono de lascivia, mientras parecía relamerse ante la sugerencia.
- Los mantendré a todos bien a raya, no te quepa duda de eso. Lamentarán haber sucumbido a tus deseos, porque si tú eres la que manda aquí yo soy el que va detrás de ti. YO seré el que gobierne sobre todos aquí, salvo sobre ti – respondió con tono seco, confiado.
- Conrad está esperando, con la mente consciente, en esa sucia camilla a que llegues – respondió la voz, haciendo caso omiso a las palabras del hombre – Espero que sepas apreciar el regalo que te he hecho, porque podrías haber sido tú el que estuviese esperando su sentencia de muerte.
- No te preocupes – sonrió de manera demencial, satisfecho por saber que Burche ya estaba sintiendo el miedo de la espera – Arrancaré de lo más profundo de su alma las deliciosas notas del miedo y el dolor, para que puedas bailar con su esencia, y alimentarte de ellas, hasta que te lo envíe. – prometió con tono serio.

Se sintió aliviado cuando notó que la presencia de la gran bata blanca dejaba de centrarse en él para ir hacia cualquier otro lugar, y sonrió al ver cómo el autobús con nuevas cobayas se detenía a escasos metros de él.


- Buenas noches, caballeros, espero que hayan tenido un viaje tranquilo – dijo, acercándose hacia el vigilante y el conductor que salían a estirar las piernas, cansados del trayecto. 

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