- Pero no ha sido
culpa mía – protestó, aún medio inconsciente por la droga – Ese maldito tramposo me la ha jugado, ha
usado una droga. Si hubiésemos peleado en igualdad de condiciones le
habría machacado – le temblaba la
voz, estaba asustado. Lo que Roldán hiciera con él no sería más que una ligera
incomodidad en comparación con lo que sucedería una vez en la guarida. Allí, encerrado
en los túneles de la gran bata blanca, tendría que correr por su vida…aunque
nunca llegaría a ninguna parte.
- Nunca habría sido
una pelea justa, Conrad. Tú eres mucho más grande y corpulento que él, así que
hubieses tenido ventaja. Ha sido un duelo entre cerebro y músculo, y ha ganado
el cerebro. Es una auténtica lástima, estoy segura de que contigo las cosas
hubiesen sido mucho más…divertidas – respondió la voz de mujer, cargada de
burla – Pero no me preocupo demasiado,
también me divertiré bastante persiguiéndote a ti.
-
¡Sácame de aquí, por favor! ¡Dame otra oportunidad y te prometo que no te
volveré a fallar! Esta vez me encargaré de ese tipo, y me aseguraré de
enseñarle la lección – suplicó Burche, luchando por no sonar
débil.
No tuvo respuesta, la gran bata blanca decidió marcharse.
Permaneció allí, atado a una camilla con correas, en una plácida
semiinconsciencia, a la espera de su horrendo destino. Beaumont haría con él
cualquier tipo de atrocidad, lo sabía bien, pero nunca se asemejaría al dolor y
el miedo que tendría que soportar una vez estuviese en las garras de la gran
bata blanca. Tenía que intentar escapar de allí, pero sabía que era imposible:
sólo su mente estaba despierta, su cuerpo permanecía dormido; ella, la gran
bata blanca, se había encargado de despertarlo para que comprendiese que estaba
metido en un auténtico lío – Maldita
zorra… - pensó, tratando de mantener la calma.
- Has ganado esta
vez, pero sólo porque yo te lo he permitido, Roldán – susurró la voz de la
mujer en la mente del médico, que permanecía en la puerta – Espero que hayas aprendido la lección y no
vuelvas a olvidarte nunca de quién manda aquí – zanjó, tajante.
-
Tan solo ayúdame a acabar con esta estúpida revuelta, y te prometo que jamás
volveré a olvidar quién manda aquí. Te haré llegar cobayas con regularidad,
tienes mi palabra – respondió Beaumont, estremeciéndose una vez
más.
- Apáñatelas tú
solo en esto, Roldán. Has aprendido la lección, sí, pero ahora debes
enfrentarte a tu castigo. Tienes la posibilidad de lograr mantener la situación
bajo control, como también pueden saltarte encima desde cualquier pasillo para
descuartizarte a mordiscos – dijo la voz, con un tono de lascivia, mientras
parecía relamerse ante la sugerencia.
- Los mantendré a
todos bien a raya, no te quepa duda de eso. Lamentarán haber sucumbido a tus
deseos, porque si tú eres la que manda aquí yo soy el que va detrás de ti. YO
seré el que gobierne sobre todos aquí, salvo sobre ti – respondió con tono
seco, confiado.
- Conrad está
esperando, con la mente consciente, en esa sucia camilla a que llegues – respondió
la voz, haciendo caso omiso a las palabras del hombre – Espero que sepas apreciar el regalo que te he hecho, porque podrías
haber sido tú el que estuviese esperando su sentencia de muerte.
- No
te preocupes – sonrió de manera demencial, satisfecho por
saber que Burche ya estaba sintiendo el miedo de la espera – Arrancaré de lo más profundo de su alma las
deliciosas notas del miedo y el dolor, para que puedas bailar con su esencia, y
alimentarte de ellas, hasta que te lo envíe. – prometió con tono serio.
Se sintió aliviado cuando notó que la presencia de la
gran bata blanca dejaba de centrarse en él para ir hacia cualquier otro lugar,
y sonrió al ver cómo el autobús con nuevas cobayas se detenía a escasos metros
de él.
- Buenas noches, caballeros, espero que hayan tenido un
viaje tranquilo – dijo, acercándose hacia el vigilante y el conductor que
salían a estirar las piernas, cansados del trayecto.
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