lunes, 24 de febrero de 2014

Delia en el país de la oligofrenia [4]

- ¿Mi casa hace tiempo? – repitió, estupefacta, incapaz de creerla – Mi casa no es así, no la recuerdo así – negó con la cabeza, pegada a la pared de la habitación, tratando de alejarse de la enfermera. No sabía si era cierto o no, no recordaba su casa…a decir verdad, no sabía si tenía casa antes de haber estado allí; no recordaba nada.
- Dalia, tranquilízate – respondió la enfermera, tratando de sonreír amistosa – Soy yo, ¿no me recuerdas? – había dejado de avanzar para no agobiarla, pero no se retiraba.
- ¡No! – exclamó, asustada. Trataba de buscar una forma de salir de aquella habitación pero la enfermera cubría la puerta, sería imposible.
- Tienes que tomar la medicación para recordar – respondió con paciencia. Cada mañana era la misma historia: aquella paciente despertaba sin recordar nada de su pasado y se asustaba, era comprensible, ella reaccionaría de la misma forma. – Cuando te la tomes podrás volver a recordarlo todo, ¿de acuerdo? – esbozó una sonrisa, tratando de calmarla – ¿Me entiendes?
- No soy estúpida – respondió, mirándola mientras continuaba calculando sus opciones. – No me va a engañar…no voy a tomar nada, ¡nada!

Los gritos empeoraban el panorama; hacían gritar y protestar a las otras pacientes del bloque. En aquél momento prácticamente todas gritaban y maldecían en sus habitaciones, tratando de escapar o de llamar la atención. Tenía que calmar a esa paciente cuanto antes para poder calmar a las otras. – Todos los días lo mismo, todos los días el mismo circo – pensaba tratando de mantener la calma.

– Está bien, Dalia – dijo, alejándose unos pasos hacia la salida. – Te traeré el desayuno y luego hablaremos con calma, ¿de acuerdo? Responderé a todas tus preguntas. ¿Qué te parece?
- No vas a engañarme, sé que es un truco – dijo Ella, con clara desconfianza.
- No te voy a engañar, porque no sacaría nada de eso, ¿verdad? – trató de sonreír una vez más, ya en el marco de la puerta. – Está bien, vuelvo ahora mismo, ¿vale? Tú intenta estar tranquila.

Cuando se marchó, cerrando la puerta, pudo tranquilizarse un poco. ¿Por qué había tenido que entrar en la habitación, acorralándola contra la pared? Eso no le había gustado nada, pero por fin se había marchado. Se lanzó de nuevo contra la puerta para tratar de abrirla pero le resultó imposible: la puerta sólo se abría desde el exterior.  Se dejó caer de nuevo en la cama, quedando sentada. Miró hacia todos los rincones de la misma, tratando de buscar una salida, buscando una solución que no encontraba.

- ¿Tú también estás así, allí donde estás? – preguntó, deseando que ella respondiese. No sabía dónde estaba, y tenía miedo. Pero ella siempre resultaba una voz familiar.
- ¿Así cómo? – preguntó ella, sin saber a qué se refería Ella. – No puedo verte, no sé qué está pasando en tu sitio.
- Estoy encerrada en una habitación, y no me dejan salir. Ha entrado una mujer que dice que ésta es mi casa, pero no me ha dejado salir. Si esta es mi casa de verdad, ¿por qué no me ha dejado salir? – preguntó con enfado, cerrando los puños y apretándolos contra las rodillas, nerviosa.
- No lo sé, pero no creo que en casa nos traten así – respondió ella, con calma.
- ¿Tú estás en casa? – preguntó finalmente.
- No lo sé. Ahora no veo nada…es como si estuviese ciega. A lo mejor compartimos los ojos, y cuando tú los tienes abiertos yo los tengo cerrados. – respondió con sencillez.
- Ahí viene esa bruja. Dice que me trae algo de comer…pero creo que quiere darme esa medicación de la que habla.
- No te dejes engañar, no sabes qué hace esa medicación.


La enfermera la miró con duda, se había vuelto a encerrar en su propio mundo. No debería molestarla, no quería otra reacción violenta al intentar sacarla de ese mundo en el que se refugiaba continuamente. – Dalia – llamó con vos nerviosa – ¿Estás bien? – preguntó, temiendo que le saltara encima, para atacar. 

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