- ¿Mi casa hace tiempo? – repitió, estupefacta,
incapaz de creerla – Mi casa no es así, no la recuerdo así – negó con la
cabeza, pegada a la pared de la habitación, tratando de alejarse de la
enfermera. No sabía si era cierto o no, no recordaba su casa…a decir verdad, no
sabía si tenía casa antes de haber estado allí; no recordaba nada.
- Dalia, tranquilízate – respondió la enfermera,
tratando de sonreír amistosa – Soy yo, ¿no me recuerdas? – había dejado de
avanzar para no agobiarla, pero no se retiraba.
- ¡No! – exclamó, asustada. Trataba de buscar una
forma de salir de aquella habitación pero la enfermera cubría la puerta, sería
imposible.
- Tienes que tomar la medicación para recordar –
respondió con paciencia. Cada mañana era la misma historia: aquella paciente
despertaba sin recordar nada de su pasado y se asustaba, era comprensible, ella
reaccionaría de la misma forma. – Cuando te la tomes podrás volver a recordarlo
todo, ¿de acuerdo? – esbozó una sonrisa, tratando de calmarla – ¿Me entiendes?
- No soy estúpida – respondió, mirándola mientras
continuaba calculando sus opciones. – No me va a engañar…no voy a tomar nada,
¡nada!
Los gritos empeoraban el panorama; hacían gritar y
protestar a las otras pacientes del bloque. En aquél momento prácticamente
todas gritaban y maldecían en sus habitaciones, tratando de escapar o de llamar
la atención. Tenía que calmar a esa paciente cuanto antes para poder calmar a
las otras. – Todos los días lo mismo,
todos los días el mismo circo – pensaba tratando de mantener la calma.
– Está bien, Dalia – dijo, alejándose unos pasos
hacia la salida. – Te traeré el desayuno y luego hablaremos con calma, ¿de
acuerdo? Responderé a todas tus preguntas. ¿Qué te parece?
- No vas a engañarme, sé que es un truco – dijo
Ella, con clara desconfianza.
- No te voy a engañar, porque no sacaría nada de
eso, ¿verdad? – trató de sonreír una vez más, ya en el marco de la puerta. –
Está bien, vuelvo ahora mismo, ¿vale? Tú intenta estar tranquila.
Cuando se marchó, cerrando la puerta, pudo
tranquilizarse un poco. ¿Por qué había tenido que entrar en la habitación,
acorralándola contra la pared? Eso no le había gustado nada, pero por fin se
había marchado. Se lanzó de nuevo contra la puerta para tratar de abrirla pero
le resultó imposible: la puerta sólo se abría desde el exterior. Se dejó caer de nuevo en la cama, quedando
sentada. Miró hacia todos los rincones de la misma, tratando de buscar una
salida, buscando una solución que no encontraba.
- ¿Tú también
estás así, allí donde estás? – preguntó, deseando que ella respondiese. No
sabía dónde estaba, y tenía miedo. Pero ella siempre resultaba una voz
familiar.
- ¿Así cómo? –
preguntó ella, sin saber a qué se refería Ella. – No puedo verte, no sé qué está pasando en tu sitio.
- Estoy
encerrada en una habitación, y no me dejan salir. Ha entrado una mujer que dice
que ésta es mi casa, pero no me ha dejado salir. Si esta es mi casa de verdad,
¿por qué no me ha dejado salir? – preguntó con enfado, cerrando los puños y
apretándolos contra las rodillas, nerviosa.
- No lo sé,
pero no creo que en casa nos traten así – respondió ella, con calma.
- ¿Tú estás en
casa? – preguntó finalmente.
- No lo sé.
Ahora no veo nada…es como si estuviese ciega. A lo mejor compartimos los ojos,
y cuando tú los tienes abiertos yo los tengo cerrados. – respondió con
sencillez.
- Ahí viene
esa bruja. Dice que me trae algo de comer…pero creo que quiere darme esa
medicación de la que habla.
- No te dejes
engañar, no sabes qué hace esa medicación.
La enfermera la miró con duda, se había vuelto a
encerrar en su propio mundo. No debería molestarla, no quería otra reacción
violenta al intentar sacarla de ese mundo en el que se refugiaba continuamente.
– Dalia – llamó con vos nerviosa – ¿Estás bien? – preguntó, temiendo que le
saltara encima, para atacar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario