- Buenas noches – respondieron al unísono, como
autómatas. Ambos lo miraron durante un momento, con cierta incomodidad – Bueno,
hace frío, ¿eh? – preguntó el vigilante, sonriendo con nerviosismo.
- Sí, un poco – asintió Beaumont con cierta aspereza. –
¿Empezamos?
- ¿Dónde están…ya sabe, los enfermeros? – preguntó el
conductor.
- Están al caer, no se preocupe por eso – respondió
Roldán con una sonrisa un poco forzada.
Los dos se miraron en silencio, compartiendo el mismo
pensamiento al unísono – Aquí hay algo
que realmente va mal, pero no sé qué – se habían dicho mutuamente sin abrir
la boca. Finalmente llegaron los cuatro enfermeros de rigor, aunque no pasó por
alto para el conductor que no eran las caras de siempre, pero no dijo nada.
Sólo quería marcharse de aquél maldito sitio antes de fuese demasiado tarde. – ¿Tarde? ¿Tarde para qué? Deja de decir
tonterías de una vez, ¿quieres? No es tu primer rodeo – se dijo tratando de
calmarse.
- Bien, esta es nuestra oportunidad. ¿Estáis todos
listos? – preguntó uno del grupo, mirando al resto.
- Por fin vamos a salir de aquí – dijo el segundo,
sonriendo.
- Sí, pero no podemos arriesgarnos a que nos vean.
Tenemos que andar con cuidado – insistió un tercero.
Guardaron silencio mientras observaban cómo metían a los
nuevos pacientes, que continuaban medio sedados, en el interior de aquél
horrendo lugar. Caminaron, corrieron, escondidos, en grupo, solos, hacia el
autobús. Tenían que darse prisa, no tenían tiempo, pero tenían que hacerlo con
cuidado; no podían descubrirlos, eso sería desastroso.
- No me gustaría ser uno de esos – susurró con voz
nerviosa uno de ellos, mirando de soslayo cómo los hacían entrar como si sólo
fuesen ganado.
- Ya lo fuiste una vez – susurró otro, sonriendo de medio
lado.
- ¿Crees que lo conseguiremos? – preguntó, mirándolo con
el miedo pintado en la cara.
- Averigüémoslo – sentenció, avanzando con seguridad.
La gran bata blanca observaba en silencio, sonriendo,
viendo cómo intentaban escapar de su red. No podrían hacerlo, nunca, pero no lo
sabían, eso le parecía gracioso. – Tristes
humanos. Pretendéis escapar, ¿para qué? ¿Para seguir causando el dolor y el
miedo? Eso ya lo hacéis aquí, aunque también lo recibís. Os dejaría escapar, si
yo consiguiese algo a cambio, pero ni siquiera podría alimentarme de ese dolor
y ese miedo, estaríais demasiado lejos – pensó, divertida en su trono.
Llevaba tiempo planteándose dejarlos escapar a todos y permitir que todos los
pacientes extendiesen el dolor y el miedo, pero sabía que no era buena idea.
Eran pocos en comparación al exterior, no podrían cumplir con su cometido, y
entonces alguien vendría del exterior para investigar qué había ocurrido en el
centro psiquiátrico…y la descubrirían. Ninguno de esos estúpidos podría acabar
con ella, pero podrían aislarla en su guarida…ya había pasado en una ocasión, y
lo recordaba.
- Hay un pequeño
grupo que intenta escapar del centro, director – susurró en la mente de Beaumont.
- ¿Cómo, quiénes? –
preguntó éste a su vez, alarmado. No podía permitirse un fallo como aquél. Ella
no se lo permitiría.
- En el autobús…
pero no los descubras, aún. Sube a algunos vigilantes en el autobús y, cuando
se pare dentro de algunos kilómetros, haz que abran los maleteros…que los
persigan, que los cacen – sonrió.
- Así lo haré – asintió.
Cuando los nuevos pacientes terminaron de ser
descargados, el grupo logró entrar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario