Cuando Ella se concentraba en hablar con ella ambas
llegaban a un estado de autismo completo, ignorando completamente el mundo que
las rodeaba sumiéndose en el propio. Delia no podía ver lo que sucedía en el
mundo de Dalia, ni tampoco a la inversa, pero podían hablar con total claridad.
- Entonces,
¿qué clase de medicina quiere darte? – preguntó ella, con cierta curiosidad
en la voz.
- No lo sé,
pero no sé si quiero tomármela. No sé quién es y no me fío de ella, creo que
sólo quiere engañarme – respondió Ella, tratando de adivinar dónde se
encontraba ahora.
- No, creo que
no deberías hacerlo. Pero tampoco deberías permanecer así demasiado rato, se
está asustando. Si se asusta demasiado puedes tener problemas, y no queremos
eso – replicó ella con voz segura.
- ¿Cómo lo
sabes? – preguntó, sorprendida. - ¿Cómo
puedes saber lo que está pasando en mi mundo, si ni yo puedo saberlo?
- No lo sé,
pero lo siento. Es…extraño, como cuando te siento a ti pero no te veo.
- Sea como
sea, creo que tienes razón. No debo hacerla esperar demasiado…creo que no es lo
más recomendable – asintió lentamente con la cabeza.
La enfermera no pudo evitar dar un paso atrás cuando
la vio asentir de manera repentina, preocupada por lo que pasaría a
continuación. Esa paciente no estaba considerada como especialmente violenta,
pero ya había atacado a algunas de las enfermeras que habían tratado de sacarla
de ese estado de mutismo extremo. No quería ser la siguiente en la lista de
agredidas por cometer semejante tontería.
- ¿D-d-delia? – tartamudeó, inquieta. Estaba más que
nerviosa, estaba asustada. Pudo ver cómo poco a poco la mujer comenzaba a
volver a un estado más consciente, y tragó saliva. – ¿Estás bien? – preguntó
obligándose a dar un paso hacia adelante. A pesar de que pudiese tener miedo a
ser atacada tenía que atenderla, era su trabajo.
- Lo estoy, sí – respondió Ella con total
normalidad. – Pero…no quiero tomar esa medicación de la que habla, ya estoy más
tranquila. Quiero que me responda las preguntas – habló con tono lento, sereno,
pero mirándola fijamente a los ojos. La enfermera asintió, despacio, pasándose
la lengua por los labios.
- Estás en…
DALIA:
Abrió los ojos de nuevo y descubrió que se
encontraba una vez más en el jardín. Se acercó hacia la lata para ver a Araña,
quería darle los buenos días, pero allí no estaba. El jardín entero parecía
distinto, dormido, como si todos se
hubiesen dormido muerto, o huido por
algún motivo. Quiso volver hacia la
casa para buscar a Reloj, él sabría lo que había pasado, pero las puertas
estaban cerradas: se había quedado atrapada
encerrada en el condenado jardín, eso sí que la molestó. – Bueno, seguro que
hay alguna salida por aquí – se dijo con tono tranquilo, sonriendo. Estaba
totalmente segura de que daría con una forma de salir, por lo que avanzó.
En esa ocasión el jardín parecía mucho más grande y
apagado que la última vez, y se sorprendió al ver unos grandes árboles que no
había visto antes – Seguro que por ahí puedo echar un vistazo a cómo salir – se
dijo, a medio camino de los árboles. Eran pinos, abedules y alcornoques.
Grandes, robustos, oscuros… no estaba segura de que la corteza de esos árboles
fuese tan oscura, pero no le dio mayor importancia.
- ¿Qué pretende hacer, señorita? – preguntó una voz
sobre su cabeza, asustándola.
- ¿Quién ha hablado? – preguntó a su vez, levantando
la mirada.
- Yo soy el búho – respondió, posándose en una rama
cerca de ella. - ¿No sabes que trepar a los árboles es peligroso? Podría
partirse una rama y podrías romperte el cuello. Seguro que, pese a todas las
medidas que ha tomado, eso a Él no le haría ninguna gracia. – dijo el búho con
indiferencia. – No, seguro que no le gustaría. Se ha tomado muchas molestias
para hacer que te quedes aquí, con nosotros, sin poder salir.
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