martes, 25 de febrero de 2014

Centro psiquiátrico

- ¡Lo hemos conseguido! – susurró uno de ellos, tratando de encontrar las caras de los demás en la oscuridad.
- ¡Silencio! No habremos logrado nada hasta que no hayamos bajado de aquí y estemos fuera de este lugar. Y ahora callaos, no debemos dejar que nos descubran – respondió el segundo, con tono áspero.
- Pues tú eres el primero que está haciendo ruido, hablando tanto – respondió un tercero, con una risita nerviosa.
- Cuando salgamos de aquí, te mataré. Voy a comerme tu hígado en crudo, mientras aún estés respirando, obligándote a mirar – respondió el segundo, con una sonrisa afilada y la mirada perdida. Sangre, anhelaba el sabor de la sangre y de la carne.
- Cuando salgamos de aquí podréis hacer lo que os dé la gana – dijo el cuarto con tono serio, enfadado. – Pero ahora callaos, todos. No voy a permitir que me jodáis la escapada de este sitio de mierda, ¿os ha quedado claro? – sonaba demasiado agresivo, la bata blanca sonreía satisfecha.

El grupo comenzaba a dividirse, por supuesto gracias a ella. Le resultaba irónico pensar que, al final, iba a celebrarse una caza tal como habría deseado Conrad.

- Al final sí que va a haber una caza, Conrad. Pero tú no vas a participar en ella. Tú participarás en una dentro de muy poco, pero no serás el cazador sino la presa – el susurro, con tono lascivo, sonó dentro de su cabeza una vez más, casi podría haberle lamido el cerebro de haber querido; y era eso lo que le preocupaba.
- Dame una última oportunidad, por favor. Te prometo que esta vez no te fallaré. Te prometo que, esta vez, el banquete será frugal e interminable para ti y…si me lo permites, podríamos extender tus dominios más allá de estos muros. ¿Qué te parece? – preguntó tratando de negociar su libertad. – Podríamos hacer grandes cosas…el dolor por el dolor, el miedo por el deseo de provocarlo. Los dos nos deleitaríamos con eso…en una espiral sin fin, hasta el fin de los tiempos.
- Te has vuelto todo un poeta, Conrad – respondió la bata, cargada de burla en la voz. – Pero, ¿Por qué tú? Roldán también podría extender el reino del dolor más allá de estos muros. Tú, Roldán o cualquiera de los que viven bajo mi influencia. ¿Por qué tú deberías ser el elegido para hacerlo?

Tenía que pensar muy bien cómo responder. Había notado el atisbo de duda en la gran bata blanca y tenía que aprovecharlo. Si  lograba convencerla de que él era la mejor baza que podía jugar…entonces se acabaría el miedo, al menos por el momento. ¿Cómo convencerla? Atacando.

- Roldán es débil – dejó unos segundos de silencio, para que ella pensase en aquello. – Él no querrá ir más allá de este lugar, porque tiene miedo. Y, aunque se atreviera, no te brindaría el mismo baile; lo ahogaría bajo las notas de su añorada música clásica, y eso a ti no te sirve tanto. En cambio yo…te dedicaría el mayor concierto de miedo y sufrimiento que jamás te han dado. Yo lograría que las notas, arrancadas de la garganta de los hombres, llegasen a ti puras…completas.

Era un buen argumento, o al menos eso esperaba, y serviría para que ella se plantease la posibilidad de dejarle salir y poder cobrarse su venganza sobre el maldito hombrecillo. Sin embargo ella no le dio ninguna respuesta, simplemente se sumió en el silencio.

- Ya lo habéis oído. Cuando estéis lejos de aquí, pero aún en el centro, sacad a esos perros a palos y cazadlos. Divertíos un poco, ¿de acuerdo? – sonrió Beaumont a los cinco vigilantes que había dispuesto para ese “trabajo”.
- Claro, jefe – sonrió el nuevo líder de los vigilantes – No se preocupe, no le fallaremos.

- Más os vale  - pensó Beaumont, camino de ese quirófano secreto. 

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