- ¡Lo hemos conseguido! – susurró uno de ellos, tratando
de encontrar las caras de los demás en la oscuridad.
- ¡Silencio! No habremos logrado nada hasta que no
hayamos bajado de aquí y estemos fuera de este lugar. Y ahora callaos, no
debemos dejar que nos descubran – respondió el segundo, con tono áspero.
- Pues tú eres el primero que está haciendo ruido,
hablando tanto – respondió un tercero, con una risita nerviosa.
- Cuando salgamos de aquí, te mataré. Voy a comerme tu
hígado en crudo, mientras aún estés respirando, obligándote a mirar – respondió
el segundo, con una sonrisa afilada y la mirada perdida. Sangre, anhelaba el
sabor de la sangre y de la carne.
- Cuando salgamos de aquí podréis hacer lo que os dé la
gana – dijo el cuarto con tono serio, enfadado. – Pero ahora callaos, todos. No
voy a permitir que me jodáis la escapada de este sitio de mierda, ¿os ha
quedado claro? – sonaba demasiado agresivo, la bata blanca sonreía satisfecha.
El grupo comenzaba a dividirse, por supuesto gracias a
ella. Le resultaba irónico pensar que, al final, iba a celebrarse una caza tal
como habría deseado Conrad.
- Al final sí que
va a haber una caza, Conrad. Pero tú no vas a participar en ella. Tú
participarás en una dentro de muy poco, pero no serás el cazador sino la presa
– el susurro, con tono lascivo, sonó dentro de su cabeza una vez más, casi
podría haberle lamido el cerebro de haber querido; y era eso lo que le
preocupaba.
- Dame una última
oportunidad, por favor. Te prometo que esta vez no te fallaré. Te prometo que,
esta vez, el banquete será frugal e interminable para ti y…si me lo permites,
podríamos extender tus dominios más allá de estos muros. ¿Qué te parece? –
preguntó tratando de negociar su libertad. – Podríamos hacer grandes cosas…el dolor por el dolor, el miedo por el
deseo de provocarlo. Los dos nos deleitaríamos con eso…en una espiral sin fin,
hasta el fin de los tiempos.
- Te has vuelto
todo un poeta, Conrad – respondió la bata, cargada de burla en la voz. – Pero, ¿Por qué tú? Roldán también podría
extender el reino del dolor más allá de estos muros. Tú, Roldán o cualquiera de
los que viven bajo mi influencia. ¿Por qué tú deberías ser el elegido para
hacerlo?
Tenía que pensar muy bien cómo responder. Había notado el
atisbo de duda en la gran bata blanca y tenía que aprovecharlo. Si lograba convencerla de que él era la mejor
baza que podía jugar…entonces se acabaría el miedo, al menos por el momento.
¿Cómo convencerla? Atacando.
- Roldán es débil –
dejó unos segundos de silencio, para que ella pensase en aquello. – Él no querrá ir más allá de este lugar,
porque tiene miedo. Y, aunque se atreviera, no te brindaría el mismo baile; lo
ahogaría bajo las notas de su añorada música clásica, y eso a ti no te sirve
tanto. En cambio yo…te dedicaría el mayor concierto de miedo y sufrimiento que
jamás te han dado. Yo lograría que las notas, arrancadas de la garganta de los
hombres, llegasen a ti puras…completas.
Era un buen argumento, o al menos eso esperaba, y
serviría para que ella se plantease la posibilidad de dejarle salir y poder
cobrarse su venganza sobre el maldito hombrecillo. Sin embargo ella no le dio
ninguna respuesta, simplemente se sumió en el silencio.
- Ya lo habéis oído. Cuando estéis lejos de aquí, pero
aún en el centro, sacad a esos perros a palos y cazadlos. Divertíos un poco,
¿de acuerdo? – sonrió Beaumont a los cinco vigilantes que había dispuesto para
ese “trabajo”.
- Claro, jefe – sonrió el nuevo líder de los vigilantes –
No se preocupe, no le fallaremos.
- Más os vale - pensó Beaumont, camino de ese quirófano
secreto.
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