Nunca pudieron
imaginar que los pacientes, normalmente drogados, alguna vez se rebelasen
contra ellos. Era demasiado fácil pensar que ellos eran los que tenían el poder
y los que podrían mantener a todos bajo el yugo del miedo y el dolor…pero
estaban equivocados, y ahora se daban cuenta; siempre llegaba un momento en que
el eslabón más débil se rompía, y no siempre se hundía.
Los pacientes
habían plantado cara cuando notaron que fue el momento oportuno, y pudieron
coger por sorpresa a los falsos vigilantes, que no esperaban un enfrentamiento
directo. Se lanzaron sobre ellos como auténticas fieras, conscientes de que sólo
podían vencer o morir, sin importarles en absoluto el daño que infligían,
regodeándose del mismo.
Los gritos y las súplicas no tardaron en salir al aire,
pero fueron acalladas a fuerza de golpes; la bendita violencia que dominaba
hasta el último ápice de razón en aquél maldito sitio por fin acababa de
despertar por completo. ¿No querían ellos matarles, y comérselos? Ahora las
tornas se habían vuelto, y pensaban disfrutarlo.
- Ya están muertos. – dijo uno de los pacientes entre
susurros entrecortados por el esfuerzo.
- ¿Y qué? – preguntó otro, sin parar de patear uno de los
cuerpos. – Que no esperen piedad, porque no la iban a tener.
- Que no podemos seguir perdiendo el tiempo con tonterías.
– respondió el primero, mirándolo fijamente. - ¿Cuánto crees que tardarán en
venir más de estos desgraciados? En cuanto empiecen a impacientarse mandarán a
alguien, y seguro que no viene con los puños desnudos.
- Tiene razón, - insistió un tercero. – tenemos que
marcharnos de aquí, ahora mismo.
- Bueno, tampoco tenemos tanta prisa. – replicó el
segundo aun golpeando los cuerpos inertes, descargando la rabia y la frustración.
– Hemos viajado durante un buen rato en ese jodido trasto, creo que estamos
bastante lejos del edificio.
- Si tú quieres quedarte, adelante. – respondió el
primero del grupo, chasqueando la lengua negando con la cabeza, dándolo por
imposible. – Pero yo no pienso quedarme aquí perdiendo el tiempo a esperar a
que vengan. Todo esto lo hemos hecho por un solo objetivo: escapar, y eso es lo
que pienso hacer.
Lo vieron
alejarse en silencio, sin mirar hacia atrás, y luego se miraron entre ellos. Era
cierto que debían escapar de aquél maldito lugar antes de que nadie pudiese
darse cuenta de que continuaban con vida, pero no podían romper el grupo. Habían
sobrevivido al ataque de los falsos vigilantes, que eran seleccionados entre
los pacientes más hostiles, gracias al grupo; ahora no debía ser roto o de lo
contrario jamás saldrían de allí con vida.
- Espera, hombre. – llamó uno de ellos con paciencia,
comenzando a caminar hacia él. – Todos estamos de acuerdo con que debemos salir
de este sitio, pero tenemos que permanecer juntos para poder hacerlo. – sintió
alivio cuando vio que los otros dos le seguían también. – No sé por qué, pero
creo que no es buena idea que nos separemos. Me siento más seguro así.
- Pues venga. – respondió el primero, con aspereza.
Ninguno de
ellos se había preguntado por qué se sentían a salvo en un grupo de cuatro y
por qué no de más gente; dos o tres pacientes que habían pretendido unirse al
grupo habían acabado degollados en una habitación por algún motivo que desconocían,
sólo sabían que debían ser cuatro.
En el edificio
principal la gran bata blanca continuaba recorriendo los pasillos y las
habitaciones, cazando. Los gritos se escuchaban por todas partes, pero no eran
capaces de localizarlos; no sabían dónde estaba aquella maldita aberración, y
aunque prefiriesen no saberlo la estaban buscando.
- Esto me parece un gran error. – dijo Conrad, rompiendo
el silencio.
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