miércoles, 12 de marzo de 2014

Centro psiquiátrico

    Los tres pacientes le miraron en silencio, preguntándose quién diablos le habría nombrado jefe del grupo; el grupo no tenía ningún jefe, todos eran parte de él y él era parte de todos. No sabrían explicar por qué, pero debía ser así.

- Pero si vamos capo a través correremos el riesgo de andar en círculos durante horas, hasta que alguien del manicomio nos encuentre; estaríamos exactamente en la misma situación. – dijo uno de los pacientes con tono nervioso, mirando a los otros buscando aprobación.
- En cambio si seguimos la carretera podremos ver el edificio desde lejos, por lo que podremos marcharnos antes de que ellos nos vean a nosotros. – asintió otro, mirándolo fijamente a los ojos.
- Creo que lo más inteligente es seguir la carretera y dar media vuelta si resulta que vamos en la dirección incorrecta. – miró al tipo que seguía por delante de los tres. Tenían que hacerle entrar en razón como fuese. – Además, no tenemos agua ni comida encima. Si nos perdemos y no encontramos nada… - no terminó la frase. Todos sabían perfectamente lo que pasaría.

    Los miró en silencio, incapaz de resistirse a la presión de grupo. Algo le hacía pensar que era mejor que siguiesen juntos y que no debían separarse; al menos de momento.

- Puede que tengáis razón… - aventuró, con tono dudoso.
- Adelante, ve con ellos. En cuanto os encontréis frente al manicomio te darán una patada para que te atrapen a ti mientras ellos huyen. No creerás realmente que puedes fiarte de ninguno de esos locos, ¿verdad? No creo que seas tan tonto como para poner tu vida en sus manos. – susurró una voz en sus oídos.

    La repentina voz le aturdió, sacudiéndolo por completo como una onda expansiva repentina. Era femenina y sensual, no podía resistirse a las palabras que sonaban justo tras su oído; le hacían suaves cosquillas y le embelesaban.
    No sabía quién las había pronunciado, pero no quería saberlo; sabía que si se arriesgaba a cuestionarlas, aquellas palabras no volverían a hablarle jamás, y él no sería capaz de vivir sin volver a oírlas.

- Pero no es la mejor opción. – insistió, convencido. – Si vamos por la carretera no tardarán en encontrarnos, ¿no recordáis que tienen vehículos? – se cruzó de brazos, negando con la cabeza. – No pienso dejar que esos desgraciados me vuelvan a atrapar, y mucho menos voy a dejar que vosotros me entreguéis. – escupió las palabras como si fuese una serpiente escupiendo veneno, con tono acusador.

    Los tres pacientes le miraron estupefactos, incapaces de creer lo que estaban oyendo. Ese hombre estaba intentando romper el grupo, y era algo que no podían permitir; en las cabezas de los tres sonaban alarmas que indicaban que el grupo no debía romperse.
    La gran bata blanca sonrió satisfecha, relamiéndose para limpiarse las manchas de sangre fresca de los labios. Ella había sembrado la semilla de la duda en uno de esos cuatro, y ahora sólo tendría que esperar a que germinase el árbol de la desconfianza. No podía permitir que ese grupo permaneciese compacto; podrían estropear sus planes.

- No digas tonterías, claro que no vamos a entregarte a esos desgraciados. – respondió uno de ellos, cruzándose de brazos.
- Todos hemos vivido esa pesadilla, ninguno quiere volver a ella. Estamos juntos en esto, y así seguiremos. Al menos hasta que logremos salir de aquí. – dijo otro de ellos, reforzando el compromiso.


    Se hizo el silencio mientras los miraba, preguntándose si realmente podía seguir confiando en aquellos tres. Los necesitaba, pero no pensaba dejarse engañar. 

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