miércoles, 12 de marzo de 2014

Delia en el país de la oligofrenia [18]

    Las voces que susurraban en el piso de arriba guardaron silencio al escuchar el crujir de la escalera bajo el peso de los pasos; supieron en seguida de quién se trataba, por lo que era mejor desaparecer de allí y dejar que fuese otro el que cumpliese con sus propósitos; sería lo mejor.
    Delia permaneció en silencio mirando al gato que dormía plácidamente, ajeno a todo a su alrededor, sintiendo unas irremediables ganas de lanzarse a por él para cogerlo en brazos y acariciarlo; necesitaba desesperadamente desahogarse con alguien que fuese “normal”, y aquél gato dormilón la estaba tentando demasiado. Sin embargo, decidió que era mejor no hacerlo. – No tengo derecho a molestarle, sólo porque me sienta mal – pensó, dirigiéndose hacia el piso superior de la casa.
No se sorprendió demasiado al encontrarse con Reloj allí, pasando de largo ante sus ojos, con su andar lento y extraño; enfermo y oxidado. Algo estaba pasando allí, pero no sabía qué o cómo impedirlo; sólo sabía que todo aquello no era bueno, y que tendría que hacer algo. No sólo por ella sino también por el resto de los inquilinos de la casa, sabían que estaban demasiado asustados, desconcertados o confundidos como para hacer algo por sí mismos, y eso no era justo.

- Es como si alguien les hubiese lavado el cerebro, y ahora no fuesen capaces de distinguir lo que está bien de lo que está mal. – pensaba exasperada, aún en lo alto de la escalera sin atreverse a avanzar por aquél pasillo.
- Quizá no les hayan lavado el cerebro. Quizá simplemente hayan perdido la capacidad de razonar. – dijo la voz de Ella con tono suave.
- Es lo mismo que he dicho yo. – replicó ella con un poco de impaciencia en la voz. Necesitaba respuestas, no más evasivas.
- No exactamente. Si les han lavado el cerebro es posible que aún haya esperanza de que recuperen su criterio y puedan salir de esta situación. Sin embargo, si han perdido la capacidad de razonar no tendrán esperanza para nada; ya no son personas, por lo que no pueden pensar libremente. – respondió Ella con tono paciente y comprensivo.
- Bueno, es prácticamente lo mismo que he dicho yo, con distintas palabras. – replicó ella cruzándose de brazos, enfadada. No era el momento de que Ella estuviese dándole lecciones ni adivinanzas de ningún tipo, necesitaba respuestas.
- Si han perdido la capacidad de razonar no te ayudarán,  simplemente dejarán pasar la vida frente a sus ojos. – insistió Ella.
- Sea como sea, no me sirve de nada a mí. – respondió ella con tono ligeramente áspero y cansado. – No necesito más problemas, necesito soluciones.
- Eso es lo que te estoy tratando de explicar. Si ellos han perdido la capacidad de razonar es porque ya no son personas, son muebles y animales. Ese tal Oliver ha logrado doblegar su fuerza y ahora no son más que algo extraño. Si lo consigue contigo, tú también serás como ellos. – dijo Ella finalmente con el mismo tono brusco. – Entiendo que estés confundida y asustada, porque yo también lo estoy, pero no lo pagues conmigo. Yo no te he hecho nada, ¿sabes? Yo también tengo mis propios problemas, y te aseguro que para mí también es importante resolverlos. – usó un tono de reproche.

   Delia guardó silencio durante un momento, aturdida. No se esperaba que Ella fuese capaz de responderle de aquella forma, aunque comprendía perfectamente por qué lo había hecho; había sido demasiado egoísta pensando en sus problemas sin contar con que ella tampoco se encontraba en una situación idónea.

- Lo siento. – susurró con un hilo de voz. – No quería hacerte enfadar, es sólo que todo esto es muy raro, y estoy nerviosa. – se disculpó con voz tímida.
- No te preocupes, lo comprendo; yo también estoy igual. – aseguró con un tono más cálido. – Creo que sólo nos tenemos la una a la otra en realidad, por lo que no podemos permitirnos pelearnos por tonterías, ¿de acuerdo?
- De acuerdo. – aseguró ella, decidida a cumplir su palabra.


    Cuando Ella dejó de hablar no pudo evitar sobresaltarse cuando se percató de que el gato que dormía sobre el pasamano estaba ahora a su lado, mirándola fijamente con unos amarillentos ojos expectantes. Era como si aquél animal hubiese subido al segundo piso y ahora se limitase a esperar que le prestase atención. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario