El grupo de
pacientes se alejaba del centro psiquiátrico sin mirar atrás, impulsados por la
promesa de una vida mejor; podrían volver a cometer sus locuras con total
libertad sin estar sometidos a la voluntad de un grupo de locos que, tiempo
atrás, logró rebelarse contra los trabajadores de un manicomio y lo sustituyó
para continuar llevando a cabo horrores.
Había algo malo
en aquél maldito lugar, y no sólo ellos mismos, algo que había potenciado la
violencia de aquellos hombres y mujeres hasta el punto de que cometiesen
atrocidades. Huían de aquello que sabían que había envenenado las mentes de los
pacientes… ¿pero era lo correcto? Algunos en el grupo se lo preguntaban en
silencio a cada paso que daban.
Cuanto más se
alejaban de aquél edificio oscuro y sombrío mejor se sentían, como si se
estuviesen alejando de un lugar que los ponía enfermos. No pudieron dejar de
ver algunos edificios más, mucho más pequeños, salpicados en el páramo.
Los habían oído
nombrar de labios de Beaumont y Burche pero no sabían que había allí dentro,
tampoco querían saberlo.
- ¡Libres! – exclamó uno, llenándose los pulmones con
aire.
- Todavía no. – negó otro, chasqueando la lengua. – No
hemos salido de este lugar, aún pueden atraparnos.
- ¿Quién? – preguntó negando con la cabeza. – Ya nos
hemos encargado de esa panda de estúpidos.
- Hay algo en este sitio peor que Burche y sus secuaces,
peor incluso que el falso director. – insistió con tono frío. – Y no pienso
quedarme para descubrir quién o qué es.
- Tonterías. ¿No lo sentís? Cada paso que damos estamos
más limpios. – insistió con optimismo.
- Exactamente, amigo. Cuanto más nos alejamos del centro
más limpios estamos, por lo que en el centro hay algo que nos tenía
intoxicados. – hablaba con demasiada seguridad como para ser una opinión sin
más, era como si hablase con auténtico conocimiento. – No me preguntéis el qué,
porque no tengo intención de averiguarlo.
- ¿Y qué creéis que hay ahí? – preguntó un tercero,
señalando uno de los edificios.
- No lo sé, pero tampoco tengo intención de descubrirlo.
– respondió una vez más el segundo, negando con la cabeza.
- Bueno, deberíamos ver si hay agua ahí dentro. – dijo el
cuarto, con voz nerviosa. – Quiero decir…llevamos horas caminando, tengo sed y hambre estoy cansado. Creo que
deberíamos hacer una pequeña parada para descansar.
El grupo guardó
silencio, mirándolo. Era cierto que llevaban horas caminando sin detenerse, y
empezaban a acusar el cansancio y la falta de agua. Tenían que parar en algún
lugar e intentar reponerse antes de volver a continuar camino, pero a ninguno
le hacía especial ilusión entrar en uno de esos lugares de los que aquellos dos
hablaban con tanto énfasis; podían encontrar con cualquier cosa allí dentro.
- ¿Y si hay más gente? – preguntó uno, negando con la
cabeza. – No creo que debamos arriesgarnos a que nos vuelvan a atraparnos.
- Si hay gente, los matamos. – respondió el cuarto sin
rastro de nervios o miedo en la voz, sustituidos por júbilo irracional.
- Es una opción… - susurró el segundo, sopesando las
palabras seriamente. – Necesitamos agua, o no llegaremos a ninguna parte.
- No lo sé. – negó el primero con duda. No sabía
exactamente por qué, pero no quería entrar ahí. Sin embargo sabía que tenían
razón, debían buscar agua. – Está bien…pero con cuidado, ¿entendido? Sin
separarnos, y atentos a todo lo que haya allí.
Avanzaron hacia
el edificio en silencio, en busca de agua y alimento.
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