Fue un alivio
completo, y una auténtica sorpresa, llegar a salvo a la salida del edificio; no
esperaban llegar tan lejos sin toparse con ella. Quizá pudiesen huir después de
todo, quizá ella estuviese realmente ocupada con los pacientes como para
prestarles demasiada atención.
El frío les
envolvió en una especie de manto, refrescándoles y haciéndoles creer en la
esperanza. Sonrieron, mirándose y mirando al césped que apenas llegaba a crecer
en aquella zona, y preguntándose qué hacer ahora; ambos estaban de acuerdo que
era una estupidez intentar matarse ahora que habían logrado escapar de la
influencia de ella.
- Lo hemos conseguido. – susurró Burche, mirándolo
incrédulo. – Quiero decir… ¡estamos vivos! – aulló.
- Todavía no del todo. – respondió Beaumont haciéndole
gestos con las manos para que guardase silencio. – Aún estamos apenas en la
entrada del centro, será mejor que nos movamos y nos marchemos de aquí cuanto
antes.
- Creo que es una buena idea. – convino Conrad,
asintiendo con la cabeza, mientras comenzaba a andar para alejarse de aquél
condenado lugar. - ¿Qué crees que había en los edificios más pequeños? –
preguntó, mirándolo de soslayo. – Estuvimos en el segundo más grande pero, ¿qué
hay de los pequeños? Hay muchos.
- No tengo ni idea. – replicó Roldán encogiéndose de
hombros. – Y tampoco me apetece mucho saberlo, si quieres que te sea sincero.
Ya tuvimos suficiente con estos dos. – suspiró.
No habían recorrido
ni veinte metros desde que salieron del edificio principal cuando escucharon un
ruido ensordecedor: la caldera había explotado.
Sin embargo no
era la caldera, por mucho que hubiesen deseado que fuese eso, sino ella que se
acercaba. Había salido del centro, probablemente para llevar algunos de los
cuerpos hacia el edificio donde había quedado encerrada tiempo atrás, y ahora
regresaba de nuevo…y los había visto. Ambos quedaron petrificados ante la
imagen de semejante criatura.
- ¿Qué hacemos ahora? – preguntó Burche, asqueado y
aterrorizado. – ¿Qué demonios hacemos ahora? – gritó, presa del pánico.
- Tenemos que volver adentro. – respondió Beaumont,
convencido de sus palabras.
- ¿Y que la caldera nos mate? – preguntó, negando con la
cabeza. – Tiene que haber…
- Es eso o dejar que ella nos cace. – replicó, huyendo
hacia el interior.
- ¡Mierda! – exclamó Burche, echándose a correr tras él.
- ¡Ha llegado
vuestra hora, pobres diablos! – exclamó la voz de ella, que nada tenía de
humano ahora, mientras la criatura se lanzaba tras ellos en una frenética
carrera, riendo y riendo, satisfecha de lo que estaba a punto de suceder.
Una auténtica
aberración para los ojos les perseguía, dispuesta a cazarlos. Un aspecto físico
que no se parecía en nada a la voz sensual y atrayente que les perseguía.
Era una mujer,
o al menos la silueta de una mujer, envuelta con una gran bata de cuero raída.
Una bata oscurecida por las manchas de agua y de sangre. La piel, grisácea,
parecía estar llena de minúsculas escapas que la cubrían. La cabeza era
ovalada, acabada en un pico curvado hacia adelante, y tenía dos cuencas negras
enmohecidas en lugar de ojos y una especie de boca que no podían comprender;
eran dos pequeñas bocas que se abrían por los pómulos de la mujer, llenos de
dientes que parecían dispuestos a cortar y rasgar.
Los dos hombres
corrieron al interior del edifico en busca de refugio, entrando en el mismo
momento en que la caldera finalmente estallaba. Los cimientos fueron sacudidos
con fuerza suficiente como para hacerles caer, desorientados, pero no con la
necesaria como para hacer caer todo el edificio. Estaban perdidos, y lo sabía. Ella
lo sabía.
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