martes, 18 de marzo de 2014

Centro psiquiátrico

    Fue un alivio completo, y una auténtica sorpresa, llegar a salvo a la salida del edificio; no esperaban llegar tan lejos sin toparse con ella. Quizá pudiesen huir después de todo, quizá ella estuviese realmente ocupada con los pacientes como para prestarles demasiada atención.
    El frío les envolvió en una especie de manto, refrescándoles y haciéndoles creer en la esperanza. Sonrieron, mirándose y mirando al césped que apenas llegaba a crecer en aquella zona, y preguntándose qué hacer ahora; ambos estaban de acuerdo que era una estupidez intentar matarse ahora que habían logrado escapar de la influencia de ella.

- Lo hemos conseguido. – susurró Burche, mirándolo incrédulo. – Quiero decir… ¡estamos vivos! – aulló.
- Todavía no del todo. – respondió Beaumont haciéndole gestos con las manos para que guardase silencio. – Aún estamos apenas en la entrada del centro, será mejor que nos movamos y nos marchemos de aquí cuanto antes.
- Creo que es una buena idea. – convino Conrad, asintiendo con la cabeza, mientras comenzaba a andar para alejarse de aquél condenado lugar. - ¿Qué crees que había en los edificios más pequeños? – preguntó, mirándolo de soslayo. – Estuvimos en el segundo más grande pero, ¿qué hay de los pequeños? Hay muchos.
- No tengo ni idea. – replicó Roldán encogiéndose de hombros. – Y tampoco me apetece mucho saberlo, si quieres que te sea sincero. Ya tuvimos suficiente con estos dos. – suspiró.

    No habían recorrido ni veinte metros desde que salieron del edificio principal cuando escucharon un ruido ensordecedor: la caldera había explotado.
    Sin embargo no era la caldera, por mucho que hubiesen deseado que fuese eso, sino ella que se acercaba. Había salido del centro, probablemente para llevar algunos de los cuerpos hacia el edificio donde había quedado encerrada tiempo atrás, y ahora regresaba de nuevo…y los había visto. Ambos quedaron petrificados ante la imagen de semejante criatura.

- ¿Qué hacemos ahora? – preguntó Burche, asqueado y aterrorizado. – ¿Qué demonios hacemos ahora? – gritó, presa del pánico.
- Tenemos que volver adentro. – respondió Beaumont, convencido de sus palabras.
- ¿Y que la caldera nos mate? – preguntó, negando con la cabeza. – Tiene que haber…
- Es eso o dejar que ella nos cace. – replicó, huyendo hacia el interior.
- ¡Mierda! – exclamó Burche, echándose a correr tras él.
- ¡Ha llegado vuestra hora, pobres diablos! – exclamó la voz de ella, que nada tenía de humano ahora, mientras la criatura se lanzaba tras ellos en una frenética carrera, riendo y riendo, satisfecha de lo que estaba a punto de suceder.

    Una auténtica aberración para los ojos les perseguía, dispuesta a cazarlos. Un aspecto físico que no se parecía en nada a la voz sensual y atrayente que les perseguía.
    Era una mujer, o al menos la silueta de una mujer, envuelta con una gran bata de cuero raída. Una bata oscurecida por las manchas de agua y de sangre. La piel, grisácea, parecía estar llena de minúsculas escapas que la cubrían. La cabeza era ovalada, acabada en un pico curvado hacia adelante, y tenía dos cuencas negras enmohecidas en lugar de ojos y una especie de boca que no podían comprender; eran dos pequeñas bocas que se abrían por los pómulos de la mujer, llenos de dientes que parecían dispuestos a cortar y rasgar.

    Los dos hombres corrieron al interior del edifico en busca de refugio, entrando en el mismo momento en que la caldera finalmente estallaba. Los cimientos fueron sacudidos con fuerza suficiente como para hacerles caer, desorientados, pero no con la necesaria como para hacer caer todo el edificio. Estaban perdidos, y lo sabía. Ella lo sabía. 

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