- Si tan seguro estás de que no es más que un engaño,
¿por qué no sales ahí y echas un vistazo? – respondió el conductor, cruzándose
de brazos. – Mira, por lo que a mí respecta es muy tarde como para estar
discutiendo tonterías. Deja que hagan su trabajo y que nos vayamos a casa,
¿quieres? Cuando hayamos descansado podremos hablar de todo esto lo que te apetezca.
– trató de suavizar las palabras. – De
todas formas cuando volvamos a la oficina me encargaré personalmente de que te
asignen a otro compañero, porque yo no pienso seguir cargando contigo. – pensó
de mal humor.
- Está…está bien, - dijo, inseguro. – Ábreme la puerta,
que voy a ver qué está pasand…
Alguien dio unos suaves golpes en el autobús, cerca de la
ventana del conductor. No fueron violentos ni fuertes, pero los habían tomado
por sorpresa, lo cual fue suficiente para que se asustasen dando un pequeño
brinco. Se quedaron en silencio mirándose durante un instante, confusos, hasta
que el conductor abrió la puerta por la que debía haber bajado el vigilante; en
lugar de ello subió uno de los falsos vigilantes.
- Bueno, pues ya está, era lo que nos habíamos temido.
Hemos cogido a cuatro pacientes que se
habían subido. – dijo con tono serio, pero esbozando una sonrisa en los labios.
– Sólo quería decirles que ya está, pueden continuar. Muchas gracias por su…
colaboración. – al pronunciar la palabra miró al vigilante, sonriendo.
- Pues muy bien, amigo. – respondió el conductor,
agradecido de poder volver a ponerse en marcha. – Muchas gracias a ustedes,
hasta luego.
- Sí…adiós. – respondió el vigilante, tratando de
mantener la mirada del falso vigilante sin conseguirlo; aquella sonrisa
ocultaba algo secreto, algo oscuro y extraño que no comprendía pero que tampoco
quería conocer.
- Vayan con cuidado. – dijo el falso vigilante con una
nueva sonrisa antes de salir del autobús, contento. – Una pena que debamos dejar marchar a esos dos…el jovencito era guapo,
podría haberme divertido mucho con él. – pensó mientras la puerta del
vehículo se cerraba tras él. Caminó hacia los falsos vigilantes, que retenían a
los pacientes, silbando una alegre cancioncilla. – Bien, muchachos, en cuanto
ese autobús se pierda de nuestra vista… ya sabéis lo que pasará. – sonrió,
mirando a los pacientes. – Será… ¡la hora de jugar! – exclamó con voz infantil,
provocando las risas de todos, salvo la de los pacientes.
- ¡Sí, hora de jugar! – aulló otro, zarandeando de manera
impulsiva a uno de los pacientes, incapaz de contenerse.
- Calma, calma, disfrutemos de este momento. – sonrió el
vigilante, negando con la cabeza. - ¿No te das cuenta? Están viendo cómo su
única esperanza se marcha, dejándolos aquí tirados como a perros. – sonrió
divertido. – Deja que se esfume su esperanza, y luego podremos jugar con ellos.
- ¿Qué os parece si después de esto hacemos una barbacoa
con lo que quede de ellos? – propuso otro de los falsos vigilantes, sonriendo.
– Creo que después de todo el ejercicio que estamos a punto de hacer nos va a
entrar hambre.
Todos rieron.
La misma risa,
cruel y oculta, sacudió los cimientos del edificio principal; la gran bata
blanca no cabía en sí de gozo. Beaumont caminaba por los pasillos en silencio,
armado con algunos de los útiles que pensaba usar para dar una lección a
Burche, atento a todo lo que pasara a su alrededor. – Le he ganado una vez, puedo volver a hacerlo. Esta vez no le daré
oportunidad a levantarse. – se dijo, tratando de auto convencerse,
necesitaba estar seguro.
- Cuidado, Roldán.
Conrad puede estar en cualquier parte…incluso a tu espalda, esperando a que te
gires. – dijo la voz de mujer, esbozando una sonrisa que el director pudo
ver perfectamente en su cabeza.
- No es el único
que está al acecho en este lugar. – respondió él, tranquilo.
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