domingo, 2 de marzo de 2014

Delia en el país de la oligofrenia [9]

DALIA:

    Estaba visiblemente alterada por algo, pero la enfermera no sabía decir por qué. – Es probable que haya sido por lo que le he contado, siempre reacciona de una forma parecida aunque no tanto. – pensó, alarmada, segura de que de un momento a otro aquella paciente saltaría sobre ella para atacarla.

- ¿Qué está pasando ahí? – preguntó Ella, confundida y asustada. - ¿Quién ese ese él? ¿Quién es ese Oliver? Su nombre…su nombre me suena de algo, pero no sé de qué.
- A mí también me suena, pero tampoco sé de qué. No le he visto la cara y la voz que me estaba hablando se ha callado, creo que se ha marchado. ¿Ha huido porque sabe que Oliver va a venir a mirar aquí? Tengo miedo…no quiero estar sola. – respondió ella sin abrir la boca. Había pensado en arrastrarse hacia el borde del porche para echar un vistazo, llena de curiosidad por saber qué aspecto tendría ese tal Oliver, pero decidió que era mejor no hacerlo. – Si lo hago probablemente me vea. – se dijo tras meditarlo un poco.
- Quédate quieta ahí donde estás, y no hagas ningún ruido. Creo que no te ha visto y que no sabe dónde estás. Con un poco de suerte no te encontrará…pero no debes volver a hablar conmigo hasta que se haya marchado. – dijo Ella, con la mirada perdida.
- ¿Por qué no? – preguntó ella con tono dolido, asustado. – No quiero quedarme completamente sola…
- No lo sé. – respondió con tono áspero. – Pero creo que, si está muy cerca, puede oírnos. No quiero que te descubra por estar hablando conmigo.
- Vale… - respondió de forma débil, apagada, rezando porque Ella tuviese razón y que Oliver no la encontrase por estar pensando cuando no debía hacerlo.

    Una vez la voz de ella se había pagado en su mente pudo prestar atención de nuevo a la enfermera. Le había hablado y le había contado cosas de las que Ella misma había preguntado, pero sin embargo no le había hecho caso al estar pendiente de lo que pudiese sucederle a ella. No sabía cómo pedirle que se lo repitiese sin que la enfermera se enfadase o, peor, tuviese miedo; la mujer estaba hecha un manojo de nervios, y Ella lo notaba perfectamente, eso le gustaba.

- ¿Dónde había dicho que estaba? – preguntó de forma brusca, saliendo de su ensoñación, optando por mostrarse fuerte; si esa mujer creía que Ella podía ser peligrosa eso era bueno, no intentaría interrumpirla mientras cavilaba.
- He dicho que estás en un centro psiquiátrico, Dalia. – respondió sin querer darle más datos a menos que se los preguntase, no quería que Ella se enfadase, quizá no se los preguntara.
- ¿Y cómo he llegado aquí? – preguntó, mirándola aún a los ojos. Quería intimidarla para que no intentase cualquier otra cosa que no fuese responder.
- Bueno…de eso no estoy muy segura. – respondió con voz temblorosa la enfermera. – Sufriste un accidente muy grave y… eso te afectó mucho. Tuviste varios ataques de histeria y empezaste a tener serias desdoblaciones de la personalidad, y los médicos decidieron ingresarte aquí para que te recuperases.
- ¿Un accidente? – preguntó, sorprendida. - ¿Qué tipo de accidente?
- De trá-tráfico. – tartamudeó la mujer.
- ¿Iba sola? – preguntó, comenzando a recordar.
- No lo sé. – respondió la enfermera con tono evasivo, estaba mintiendo y Ella lo sabía. – Tengo que irme, me están buscando… - dijo poniéndose en pie como un resorte, agradecida por el sonido del busca. No perdió el tiempo en salir de la habitación, cerrando la puerta, y en dirigirse hacia fuera del bloque, necesitaba tomar el aire y aclarar las ideas.
- Un accidente… - susurró en voz baja, tratando de recordar, las palabras habían comenzado a sonar lentas y arrastradas.


La enfermera había puesto un sedante en la comida para dejar a la paciente dormida. Los recuerdos comenzaron a desfilar ante sus ojos mientras los iba cerrando de forma lenta y pesada, quedándose cada vez más aturdida. Se sumió en el sueño, en el recuerdo. Un recuerdo doloroso que, por suerte, se borraría cuando se despertase. 

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