DALIA:
Estaba
visiblemente alterada por algo, pero la enfermera no sabía decir por qué. – Es probable que haya sido por lo que le he
contado, siempre reacciona de una forma parecida aunque no tanto. – pensó,
alarmada, segura de que de un momento a otro aquella paciente saltaría sobre
ella para atacarla.
- ¿Qué está
pasando ahí? – preguntó Ella, confundida y asustada. - ¿Quién ese ese él? ¿Quién es ese Oliver? Su nombre…su nombre me suena de
algo, pero no sé de qué.
- A mí también
me suena, pero tampoco sé de qué. No le he visto la cara y la voz que me estaba
hablando se ha callado, creo que se ha marchado. ¿Ha huido porque sabe que
Oliver va a venir a mirar aquí? Tengo miedo…no quiero estar sola. –
respondió ella sin abrir la boca. Había pensado en arrastrarse hacia el borde
del porche para echar un vistazo, llena de curiosidad por saber qué aspecto
tendría ese tal Oliver, pero decidió que era mejor no hacerlo. – Si lo hago probablemente me vea. – se
dijo tras meditarlo un poco.
- Quédate
quieta ahí donde estás, y no hagas ningún ruido. Creo que no te ha visto y que
no sabe dónde estás. Con un poco de suerte no te encontrará…pero no debes
volver a hablar conmigo hasta que se haya marchado. – dijo Ella, con la
mirada perdida.
- ¿Por qué no?
– preguntó ella con tono dolido, asustado. – No quiero quedarme completamente sola…
- No lo sé. –
respondió con tono áspero. – Pero creo
que, si está muy cerca, puede oírnos. No quiero que te descubra por estar
hablando conmigo.
- Vale… -
respondió de forma débil, apagada, rezando porque Ella tuviese razón y que
Oliver no la encontrase por estar pensando cuando no debía hacerlo.
Una vez la
voz de ella se había pagado en su mente pudo prestar atención de nuevo a la
enfermera. Le había hablado y le había contado cosas de las que Ella misma
había preguntado, pero sin embargo no le había hecho caso al estar pendiente de
lo que pudiese sucederle a ella. No sabía cómo pedirle que se lo repitiese sin
que la enfermera se enfadase o, peor, tuviese miedo; la mujer estaba hecha un
manojo de nervios, y Ella lo notaba perfectamente, eso le gustaba.
- ¿Dónde había dicho que estaba? – preguntó de forma
brusca, saliendo de su ensoñación, optando por mostrarse fuerte; si esa mujer
creía que Ella podía ser peligrosa eso era bueno, no intentaría interrumpirla
mientras cavilaba.
- He dicho que estás en un centro psiquiátrico,
Dalia. – respondió sin querer darle más datos a menos que se los preguntase, no
quería que Ella se enfadase, quizá no se los preguntara.
- ¿Y cómo he llegado aquí? – preguntó, mirándola aún
a los ojos. Quería intimidarla para que no intentase cualquier otra cosa que no
fuese responder.
- Bueno…de eso no estoy muy segura. – respondió con
voz temblorosa la enfermera. – Sufriste un accidente muy grave y… eso te afectó
mucho. Tuviste varios ataques de histeria y empezaste a tener serias desdoblaciones
de la personalidad, y los médicos decidieron ingresarte aquí para que te
recuperases.
- ¿Un accidente? – preguntó, sorprendida. - ¿Qué
tipo de accidente?
- De trá-tráfico. – tartamudeó la mujer.
- ¿Iba sola? – preguntó, comenzando a recordar.
- No lo sé. – respondió la enfermera con tono
evasivo, estaba mintiendo y Ella lo sabía. – Tengo que irme, me están buscando…
- dijo poniéndose en pie como un resorte, agradecida por el sonido del busca.
No perdió el tiempo en salir de la habitación, cerrando la puerta, y en
dirigirse hacia fuera del bloque, necesitaba tomar el aire y aclarar las ideas.
- Un accidente… - susurró en voz baja, tratando de
recordar, las palabras habían comenzado a sonar lentas y arrastradas.
La enfermera había puesto un sedante en la comida
para dejar a la paciente dormida. Los recuerdos comenzaron a desfilar ante sus
ojos mientras los iba cerrando de forma lenta y pesada, quedándose cada vez más
aturdida. Se sumió en el sueño, en el recuerdo. Un recuerdo doloroso que, por
suerte, se borraría cuando se despertase.
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