- Bueno, tal vez alguien se encargue de mantenerlo
limpio. – sugirió, con voz temblorosa. – No sería tan descabellado, ¿no? Quiero
decir, este sitio tiene muchos edificios así, habrán contratado a alguien para
que limpie.
- ¿Para que limpie una sala vacía? – preguntó otro con
voz burlona. – No seas ingenuo, esto no tiene ningún sentido. Aquí no hay nada,
¡nada! ¿Por qué molestarse en limpiarlo?
- No lo sé. – respondió incómodo. – Dímelo tú, que eres
tan listo.
- Este sitio parece…irreal. – susurró el tercero con voz
tímida. Parecía hablar más consigo mismo que con ellos. – Es como…como si fuese
una especie de teatro, como si estuviese preparado para representar una obra;
por eso tiene ese gran espacio, para poder colocar el escenario.
Aquella
suposición era absolutamente ridícula. La idea de que aquello no era más que
una especie de teatro de los horrores era simplemente absurda. Y, sin embargo,
resultaba completamente lógica al mismo tiempo.
Tal vez tuviese
razón, y aquél edificio fuese el lugar donde se representaba algún tipo de
obra, algún tipo de engaño. Algún tipo de ilusión que hiciese a todos creer en
todo lo que veían como válido.
Un latigazo
frío los sacudió de repente, conscientes de que estaban en el buen camino. Se
miraron en silencio, sabiendo lo que significaba aquello.
- Quiero irme. – susurró uno, finalmente. – Quiero irme
de aquí, este sitio no me gusta. Quiero irme, quiero irme ya, quiero irme a
casa, a algún lugar seguro. Quiero irme lejos, lejos de este lugar, quiero irme
y no mirar atrás. Quiero irme, irme, lejos, lejos… sin volver nunca. – comenzó
a pronunciar de forma rápida y convulsa, sufriendo un ataque de pánico
repentino.
- ¡Bueno, ya vale! – aulló el primero, incapaz de
soportar aquellas palabras que cada vez eran más rápidas y altas. – Nos iremos
de aquí, sí. Pero cállate de una vez, ¿quieres? Me estás poniendo nervioso.
- Pero no hemos encontrado agua. – protestó el cuarto,
mirándolos a todos con calma.
- Ya la buscaremos en otro sitio, aquí no hay nada. –
replicó el primero, fulminándolo con la mirada. No quería pasar ni un segundo
más en aquél maldito lugar.
- Hay una puerta. – dijo el tercero, con voz lejana.
Cuando todos se
acercaron hacia donde estaba supieron que aquello no era una puerta. Sólo era una
abertura abierta en una chapa de hierro oxidado. El metal estaba doblado hacia
fuera, lo que significaba que algo había salido. La idea de que algo hubiese
salido, rompiendo una chapa de metal, no les gustaba; tenían que salir de aquél
maldito edificio cuanto antes.
Sin embargo
aquél agujero, negro y silencioso, los atraía de forma irresistible. Podían
sentir perfectamente el deseo de entrar en aquél lugar y explorar lo que había
en el interior, encontrar los tesoros que se escondían allí dentro.
- Alguien encontrará la forma de matarte, te lo prometo.
– dijo Beaumont, resignado. Sólo quedaba intentar asustarla.
- ¿Alguien? – rió, burlona. – No me hagas reír, ¿quieres?
Os creéis lo suficientemente fuertes como para matar cualquier cosa que se os ponga
delante pero, por si no lo recuerdas, yo no me pongo delante. Primero me
aseguro de confundiros y convenceros.
- Alguien lo hará. – insistió, convencido.
La gran bata
blanca se acercaba hacia su guarida con la primera presa, con ella alimentaría
a su futura prole. A cada paso que daba hacia su lugar de encierro sentía una
opresión en el pecho crecer, el miedo se hacía cada vez más plausible: ellos
estaban allí.
¿Qué hacer?
Ellos podrían volver a derrotarla, y eso no debía suceder. Sin embargo tenía
que continuar avanzando.
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