jueves, 20 de marzo de 2014

Delia en el país de la oligofrenia [26]

DALIA:

    Las palabras de ella habían sido reveladoras y ahora sabía exactamente qué relación tenía con esa voz y por qué le resultaba tan familiar, casi propia. Aquellas palabras no sólo habían arrojado algo de luz sobre aquél tema, sino que también habían servido para que comenzase a recordar lo que había sucedido antes de perder la memoria.
    El coche viajaba por la autopista en dirección a la ciudad, de vuelta a las vidas normales y aburridas de cualquier persona. Era de noche y llovía de forma suave pero incesante, las gotas de lluvias repiqueteaban sobre el techo y los cristales arrullándolos en una letanía lenta y perezosa que comenzaba a dormirlos poco a poco; sólo era un día más, o un día menos en la vida. Entonces lo vieron, una figura en medio de la carretera que esperaba en silencio a que el coche llegase.
    Trataron de frenar a tiempo para evitar atropellarlo pero fue imposible parar a tiempo, la carretera estaba demasiado mojada y las ruedas patinaron. El conductor trató de dar un volantazo para no atropellar a aquél maldito borracho que se había plantado en medio de la carretera pero el coche no respondía, iban directos hacia aquél maldito imbécil; todos en el coche gritaron tratando de advertirle de lo que estaba a punto de suceder, pero el tipo se limitaba a sonreír y a mirarles en silencio mientras el coche se acercaba cada vez más.
    En el momento en que el vehículo debía impactar contra las piernas de aquél hombre supieron que algo iba mal. El cuerpo atravesó limpiamente el coche como en una mala película de ficción, y el tipo quedó sentado en el asiento del medio, mirándolos a todos con una sonrisa extraña y sucia. Todos estaban demasiado impactados por el suceso que no pudieron articular palabra, sin embargo él abrió la boca. Su aliento apestaba a hojas secas y a algo podrido.

- No vais a interferir en mis planes. – pronunció cada palabra de forma lenta, como si le costase articularlas, pero segura. – Parte del problema, parte de la vida. Dos en mi jardín, uno encerrado, otro muerto. Así se rompe el círculo, así todo acaba. – sonrió de medio lado, esfumándose.

    No tuvieron tiempo de decidir si aquello había sido real ya que ahora el coche sí respondió, dando el volantazo que momentos atrás se le había pedido. El coche derrapó en el agua, saliéndose de la carretera dando vueltas de campana.
    Aunque fue imposible que Ella pudiese haberlo presenciado ahora lo veía. Cuando llegaron las ambulancias al lugar del accidente sólo sacaron a dos personas del coche; Ella, inconsciente, y él sangrando de forma alarmante, le dieron por muerto antes de llegar al hospital.

- Todo por su culpa, él nos hizo esto…él nos ha separado por algún motivo. – pensó absorta en su mundo, desesperada por contactar con ella, mientras las lágrimas rodaban por las mejillas en una suicida carrera silenciosa. – Él nos ha hecho esto, y nosotros no podemos permitírselo. Me da igual el motivo por el que lo hagamos, pero tenemos que vengarnos de él. Quiero ver su sangre caer, quiero verle morir por lo que nos ha hecho. – insistió, dolida. No recordaba quién era el chico que le acompañaba en el coche, al volante, pero su muerte le provocaba un dolor intenso en el pecho; un dolor que amenazaba con atravesar cada parte de su ser, arrastrándola a un mar de dolor. – Sea quien sea, tenemos que acabar con él y con toda su influencia.

    Hablaba cegada por la rabia y el odio, y los pacientes de la galería no tardaron en sentir aquella aura que emanaba ahora de su cuerpo; gritaron, asustados, suplicando perdón. Eran como animales enjaulados que huelen el peligro y buscan desesperados que los dejen salir de aquél lugar.
    Aquellos gritos atrajeron al médico de guardia, que se paró en medio de la galería…asustado.

- Están asustados, ¿pero por qué? Nunca habían estado así, y mucho menos todos al mismo tiempo. ¿Qué sucede? ¿Qué ha provocado esta reacción? – se preguntó, incapaz de comprender el motivo.


    Se acercó hacia la habitación de Dalia a la carrera. Ella era la única paciente que se mantenía en silencio, y eso no le gustaba en absoluto. Sabía que, por un motivo que no podía comprender, Ella había sido la responsable de aquella reacción en toda la sala. 

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