viernes, 21 de marzo de 2014

Delia en el país de la oligofrenia [27]

    Subió las escaleras de metal que llevaban al piso superior de la galería para ver qué diablos estaba ocurriendo, temiéndose lo peor en cuanto a Dalia.

- Quizá haya sufrido una especie de ataque, o una crisis traumática. Las posibilidades son…innumerables. – pensaba, subiendo los escalones de dos en dos. En el mismo momento en que miraba por la ventana de la puerta deseó que hubiese sido una enfermera, y no él, quien hubiese acudido a la galería. – Cielo santo, ¡está…! – no se atrevió a pronunciar palabra. Se apresuró a abrir la puerta de la habitación, a causa del pulso tembloroso no pudo evitar que se le cayeran las llaves en dos ocasiones. Estaba de prácticas en aquél maldito centro, a decir verdad aún continuaba en la facultad, no estaba preparado para el fallecimiento de un paciente. – ¡Maldita sea, Gerard, cálmate! Eres un profesional, puedes hacer frente a cualquier situación que se te ponga delante, ¿no? Venga, demuestra que sabes lo que estás haciendo. – se dijo tratando de recuperar la calma pero resultaba imposible, no estaba preparado para todo aquello. Cerró los ojos tomando aire, consciente de que cuanto más tiempo perdiese presa del pánico menos posibilidades tendría la paciente de escapar con vida. Cuando por fin abrió la puerta corrió a toda prisa hacia Ella, que se encontraba tendida en el suelo. – De acuerdo, de acuerdo, ¿cómo tengo que proceder? Calma, calma. Recuerda lo que pone en el proceso… ¡maldita sea! ¿Por qué tiene que tocarme a mí? – de nuevo trató de mantener la calma y volvió a cerrar los ojos. Se concentró en mantener una respiración y tranquila, sabía que aunque pareciese lo contrario estaba ganando tiempo. – Vale, está bien. Ya estoy preparado para lo que sea. – se dijo, plenamente convencido.

    Sin embargo al abrir los ojos descubrió, con una mezcla de horror y alivio, que Dalia ya no se encontraba en la habitación y que él estaba encerrado en ella. Fue un horror pues sintió el peso de la claustrofobia hundirse en él, imaginando cómo las paredes se acercaban de forma lenta para aplastarle, pero un alivio ya que Ella había abierto las habitaciones de las otras pacientes, que ahora deambulaban por la galería, y de esa manera él estaría a salvo allí, lejos de ellas.

- Espero haberme acordado de cerrar la puerta de seguridad. -  susurró, buscando las llaves en los bolsillos. No estaban, Ella las había robado. – Genial, genial. – suspiró, cerrando los ojos. – Soy un completo estúpido, ¿ahora cómo se supone que voy a dar la alarma? – negó con la cabeza antes de golpearse con esta en la pared repetidas veces. – ¡Soy un maldito imbécil! – exclamó.

    En la galería las pacientes corrían y gritaban, felices, en busca de la libertad que Ella les había prometido sin abrir la boca. Ella las usaría para que distrajesen a los empleados del centro mientras escapaba sin problemas. No obstante algunas se habían quedado  y ahora trataban de abrir la puerta donde se encontraba recluido el médico, que trataba de refugiarse asustado en una esquina. Ahora comprendía lo que se sentía estando al otro lado de la puerta, siendo observado como un bicho en una pecera; quería salir de allí, no quería volver a un centro psiquiátrico jamás.
    Afortunadamente los gritos alertaron a los celadores del edificio, que no tardaron en tratar de poner orden a toda aquella locura. Poco a poco conseguían tranquilizarlas y hacerlas volver hacia sus habitaciones, pero no tardaron en descubrir que Gerard, el médico en prácticas, estaba encerrado en una de las habitaciones.

- ¿Qué ha pasado? – preguntó uno de ellos, mirándolo con una mezcla de diversión y preocupación.
- Se han escapado. – dijo él con voz avergonzada, sin mirarlos a la cara. – Yo...me ha engañado, Ella, ha sido Ella. Fingió sufrir un ataque y yo fui a ver cómo se encontraba, pero me robó las llaves y me encerró aquí. – explicó a la defensiva.
- De acuerdo, tenemos que encontrarla. – respondió el hombre con voz más suave.
- ¿Encontrarla? – exclamó, incrédulo. – ¡Me ha herido! – señaló los golpes que él mismo se había dado en la cabeza.
- Sí, doctor. Eso son gajes del oficio. ¿Qué esperaba? No puede pretender trabajar aquí sin arriesgarse a nada, no puede culparla; Ella simplemente hace lo que cree. – explicó el hombre, dándole una auténtica lección.

- Está bien, supongo. – asintió, avergonzado. 

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