Subió las
escaleras de metal que llevaban al piso superior de la galería para ver qué
diablos estaba ocurriendo, temiéndose lo peor en cuanto a Dalia.
- Quizá haya
sufrido una especie de ataque, o una crisis traumática. Las posibilidades
son…innumerables. – pensaba, subiendo los escalones de dos en dos. En el
mismo momento en que miraba por la ventana de la puerta deseó que hubiese sido
una enfermera, y no él, quien hubiese acudido a la galería. – Cielo santo, ¡está…! – no se atrevió a
pronunciar palabra. Se apresuró a abrir la puerta de la habitación, a causa del
pulso tembloroso no pudo evitar que se le cayeran las llaves en dos ocasiones.
Estaba de prácticas en aquél maldito centro, a decir verdad aún continuaba en
la facultad, no estaba preparado para el fallecimiento de un paciente. – ¡Maldita sea, Gerard, cálmate! Eres un
profesional, puedes hacer frente a cualquier situación que se te ponga delante,
¿no? Venga, demuestra que sabes lo que estás haciendo. – se dijo tratando
de recuperar la calma pero resultaba imposible, no estaba preparado para todo
aquello. Cerró los ojos tomando aire, consciente de que cuanto más tiempo
perdiese presa del pánico menos posibilidades tendría la paciente de escapar
con vida. Cuando por fin abrió la puerta corrió a toda prisa hacia Ella, que se
encontraba tendida en el suelo. – De
acuerdo, de acuerdo, ¿cómo tengo que proceder? Calma, calma. Recuerda lo que
pone en el proceso… ¡maldita sea! ¿Por qué tiene que tocarme a mí? – de
nuevo trató de mantener la calma y volvió a cerrar los ojos. Se concentró en
mantener una respiración y tranquila, sabía que aunque pareciese lo contrario
estaba ganando tiempo. – Vale, está bien.
Ya estoy preparado para lo que sea. – se dijo, plenamente convencido.
Sin
embargo al abrir los ojos descubrió, con una mezcla de horror y alivio, que
Dalia ya no se encontraba en la habitación y que él estaba encerrado en ella.
Fue un horror pues sintió el peso de la claustrofobia hundirse en él,
imaginando cómo las paredes se acercaban de forma lenta para aplastarle, pero
un alivio ya que Ella había abierto las habitaciones de las otras pacientes,
que ahora deambulaban por la galería, y de esa manera él estaría a salvo allí,
lejos de ellas.
- Espero haberme acordado de cerrar la puerta de
seguridad. - susurró, buscando las
llaves en los bolsillos. No estaban, Ella las había robado. – Genial, genial. –
suspiró, cerrando los ojos. – Soy un completo estúpido, ¿ahora cómo se supone
que voy a dar la alarma? – negó con la cabeza antes de golpearse con esta en la
pared repetidas veces. – ¡Soy un maldito imbécil! – exclamó.
En la
galería las pacientes corrían y gritaban, felices, en busca de la libertad que
Ella les había prometido sin abrir la boca. Ella las usaría para que
distrajesen a los empleados del centro mientras escapaba sin problemas. No
obstante algunas se habían quedado y
ahora trataban de abrir la puerta donde se encontraba recluido el médico, que
trataba de refugiarse asustado en una esquina. Ahora comprendía lo que se
sentía estando al otro lado de la puerta, siendo observado como un bicho en una
pecera; quería salir de allí, no quería volver a un centro psiquiátrico jamás.
Afortunadamente los gritos alertaron a los celadores del edificio, que
no tardaron en tratar de poner orden a toda aquella locura. Poco a poco
conseguían tranquilizarlas y hacerlas volver hacia sus habitaciones, pero no
tardaron en descubrir que Gerard, el médico en prácticas, estaba encerrado en
una de las habitaciones.
- ¿Qué ha pasado? – preguntó uno de ellos, mirándolo
con una mezcla de diversión y preocupación.
- Se han escapado. – dijo él con voz avergonzada,
sin mirarlos a la cara. – Yo...me ha engañado, Ella, ha sido Ella. Fingió
sufrir un ataque y yo fui a ver cómo se encontraba, pero me robó las llaves y me
encerró aquí. – explicó a la defensiva.
- De acuerdo, tenemos que encontrarla. – respondió
el hombre con voz más suave.
- ¿Encontrarla? – exclamó, incrédulo. – ¡Me ha
herido! – señaló los golpes que él mismo se había dado en la cabeza.
- Sí, doctor. Eso son gajes del oficio. ¿Qué
esperaba? No puede pretender trabajar aquí sin arriesgarse a nada, no puede
culparla; Ella simplemente hace lo que cree. – explicó el hombre, dándole una
auténtica lección.
- Está bien, supongo. – asintió, avergonzado.
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