lunes, 3 de marzo de 2014

Centro psiquiátrico

    Las palabras de Beaumont provocaron una nueva oleada de atroces carcajadas por parte de la gran bata blanca, que sonaron terroríficamente cerca de donde se encontraba.

- No, no lo es. Y desde luego no es lo más peligroso que hay por aquí en este momento, ¿verdad, Roldán? – preguntó la voz de mujer, resonando por los pasillos de su mente, amenazando con una nueva risa.
- No, no es lo más peligroso que ronda por este lugar en este momento. – confirmó él a desgana. – Pero tú tampoco eres lo único peligroso que ha salido a cazar, ¿sabes? Aquí dentro somos muchos, y todos somos peligrosos.

    De nuevo la risa, estridente y desagradable, recorrió los pasillos del centro en su busca. Lo inundaron por completo, perforándole los tímpanos, bañándolo en la esencia del miedo y el desprecio; haciéndolo caer de rodillas en el suelo, asustado y dolorido. No era más que una muestra del poder que tenía la gran bata blanca.

- ¿Acaso crees que podrías matarme, Roldán? Te veo muy seguro de ti mismo. – dijo la voz, retándolo a un enfrentamiento directo.
- ¿Yo? – preguntó con una sonrisa irónica en el rostro. – No digas tonterías, ¿quieres? Por supuesto que yo sólo no podría ni acercarme a ti para poder hacerte nada; probablemente muriese con sólo verte… muerto por el miedo, ¿no es así? – preguntó con tono tranquilo.
- En efecto, Roldán, en efecto. Así que no pienses que puedes enfrentarte a mí y salir con vida para contarlo, ¿de acuerdo? Muchos lo han intentado ya, y ninguno de ellos ha contado la historia, ¿no crees que quiere decir algo?
- Sí, por supuesto. – aseguró él con voz divertida. – Significa que, uno a uno, estamos indefensos contra ti, pero… ¿y si nos uniésemos todos para derrotarte? ¿Crees que podrías con cientos de degenerados mentales al mismo tiempo? Porque yo creo que decidiste instalarte aquí, en un manicomio, porque creías estar segura de poder manipularnos con tranquilidad. ¿Pero y si todos te plantásemos cara? Yo creo que en ese caso las tornas cambiarían.

    La tercera oleada de risa que lanzó la gran bata blanca fue demasiado potente como para simplemente hincar las rodillas en el suelo, aturdido; iba tan cargada de burla y repulsión que golpeó a Beaumont en el pecho, haciéndolo caer al suelo. Eso le había hecho daño de verdad y ya no estaba tan seguro de que pudiesen luchar contra aquél ser. Se levantó, despacio, tambaleándose un poco mientras lo escuchaba. El sonido de los pasos correr hacia él. ¿Sería ella? ¿Sería Burche? En cualquier caso estaría perdido.

- ¡Insignificante rata de alcantarilla! – aulló, sin voz, la gran bata blanca, corriendo hacia él. - ¿Crees que los humanos sois un rival a tener en cuenta? ¡Podría despedazaros por miles, antes de que ni siquiera llegaseis a hacerme daño! ¿Crees que por tener un cuerpo físico estoy sometida a las leyes de este planeta? Podríais atacarme en masa durante horas antes de que ni siquiera me diese cuenta de que estáis ahí. No sois más que insectos en comparación conmigo. – dijo la voz con tono furioso.
- Y, sin embargo, sí estás sometida al orgullo y el ego herido, querida. – sonrió Beaumont, satisfecho. – Quizá sea ese tu talón de Aquiles, ¿no crees?
- Voy a hacer que te arrepientas de tus palabras, durante el resto de la eternidad. – dijo la voz, que continuaba corriendo.

    No respondió más a las provocaciones de aquella criatura, ya había cumplido con lo que tenía hasta el momento. Ahora lo que tenía que hacer era encontrar a Burche y convencerlo de que le ayudase a atacar a aquella cosa, antes de que le matase a él. No sería una tarea fácil, pero resultaba mucho más sencilla que encararse a la araña.

    El autobús se había perdido en el horizonte, y los falsos vigilantes comenzaron a gritar de placer. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario