No podía
asegurar que no fuese Ratón, pero tampoco estaba del todo segura. Tenía su
misma voz y parecía haberla reconocido, mostrándose aparentemente amistoso. ¿Podría
confiar en aquella…rata horrenda? Era grande y parecía capaz de ocasionar
serios problemas en un enfrentamiento, pero al mismo tiempo parecía tranquila.
- ¿Ra…tón? – preguntó con nervio. - ¿Eres tú, de
verdad?
- El mismo, niña. – sonrió mostrando una vez más la
hilera de dientes desiguales pero afilados, rezumantes de algo que no quería
saber.
- Pero…has cambiado, no eres el mismo. – dijo ella
con tono incrédulo. - ¿Cómo puedes ser el mismo, si has cambiado por completo? ¡Incluso
has crecido! Y te ha cambiado el color de pelo, y… - no podía acabar la frase,
la lista era interminable.
- Que haya cambiado mi aspecto externo no significa
que haya cambiado el interno, niña. – sonrió Rata, sentándose sobre sus patas
traseras. – Tú también has cambiado tu aspecto físico, ¿sabes? No eres la misma
que entró aquí debajo huyendo de ese loco. La oscuridad y la luz siempre han cambiado
la perspectiva de las cosas.
- ¿Qué yo he…? – tragó saliva, esforzándose por no
gritar y revelar su posición. - ¿A qué te refieres? Yo me siento igual.
- Yo también me siento igual, pero en la luz soy un
pequeño y amigable ratoncillo, y en la oscuridad me convierto en una rata gorda
y horrenda. Eso es lo que él quiere, Delia, que sientas miedo y asco de mi para
que salgas. – advirtió rata con tono tranquilo. – Tu ropa no es la misma que la
que llevabas antes, y tu piel tampoco tiene el mismo tono de color, ¿sabes? Todo
ha cambiado, pero no podrás verte.
- ¿Por qué no? – preguntó con curiosidad, al menos
estaba recibiendo muchas más respuestas de las que había tenido antes.
- Porque pare verte necesitas que haya luz, y en
cuanto haya algo de luz tu aspecto no será exactamente el que te concede la
oscuridad. Yo ahora tengo aspecto de rata de alcantarilla, porque me da la luz
y tu cerebro debe darme una forma lógica y coherente para que no te vuelvas
loca. Pero, en la completa oscuridad, ¿quién sabe qué aspecto tengo realmente? –
sonrió divertido ante la cara que ponía ella, asqueada y fascinada al mismo
tiempo. Todo aquello no provocaría más que otra oleada de preguntas, pero podía
responderlas.
Fuera, en
el jardín, el silencio era casi total; todas las criaturas que habían estado
allí, con ella, se habían esfumado ante la presencia de Oliver, y ahora sólo
podían escuchar los sonidos que “el rey” producía:
Pasos arrastrados,
lentos y pesados, que recorrían el jardín de manera paciente. Un murmullo
inteligible que se mezclaba con una respiración lenta y trabajosa. Lo peor de
todo aquello era el olor, un olor a muerte
podrido que lo inundaba todo, dejando tras de sí una esencia nauseabunda y
peligrosa. No podía dejar que aquella criatura, salida de alguna pesadilla, la
atrapase.
- ¿Y qué quiere Oliver de mí? – preguntó en voz
baja, a sabiendas de que aquél ser se encontraba cerca de ellos.
- Mi jardín…mi hermoso jardín, tiene bichos, ¡parásitos!
– aulló la voz de Oliver. Sonaba cerca, demasiado cerca de ellos. Lo suficiente
como para que Delia se asustara. - ¿Quién se atreve a entrar en mi jardín? Te encontraré,
pequeño insecto, y acabaré contigo. En mi jardín sólo pueden entrar mis
criaturas…mi jardín, mi hermoso jardín. – la voz comenzaba a sonar más lejos,
alejándose.
Pudieron respirar
con calma, aunque aspirando con ello el olor de Oliver, cuando aquél ser se
hubo alejado lo suficiente de ellos. Se hizo de nuevo el silencio, largo e incómodo,
y Dalia abrió la boca para repetir la pregunta cuando Rata se lanzó sobre ella,
poniéndole una de las frías patas sobre la misma para hacerla callar. Los pasos
volvieron a sonar cerca de ellos, acompañados de una risa quebrada.
- No podrás esconderte eternamente, parásito
maligno. Algún día tendrás que salir de tu escondite, y yo estaré aquí para
encontrarte. – dijo en voz alta, volviendo a alejarse.
- ¿Qué
hacemos ahora? – preguntó asustada, al borde de las lágrimas.
- Esperar. – dijo Rata. – No estará aquí
eternamente.
- Tengo miedo. – susurró.
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