martes, 4 de marzo de 2014

Delia en el país de la oligofrenia [11]

    No podía asegurar que no fuese Ratón, pero tampoco estaba del todo segura. Tenía su misma voz y parecía haberla reconocido, mostrándose aparentemente amistoso. ¿Podría confiar en aquella…rata horrenda? Era grande y parecía capaz de ocasionar serios problemas en un enfrentamiento, pero al mismo tiempo parecía tranquila.

- ¿Ra…tón? – preguntó con nervio. - ¿Eres tú, de verdad?
- El mismo, niña. – sonrió mostrando una vez más la hilera de dientes desiguales pero afilados, rezumantes de algo que no quería saber.
- Pero…has cambiado, no eres el mismo. – dijo ella con tono incrédulo. - ¿Cómo puedes ser el mismo, si has cambiado por completo? ¡Incluso has crecido! Y te ha cambiado el color de pelo, y… - no podía acabar la frase, la lista era interminable.
- Que haya cambiado mi aspecto externo no significa que haya cambiado el interno, niña. – sonrió Rata, sentándose sobre sus patas traseras. – Tú también has cambiado tu aspecto físico, ¿sabes? No eres la misma que entró aquí debajo huyendo de ese loco. La oscuridad y la luz siempre han cambiado la perspectiva de las cosas.
- ¿Qué yo he…? – tragó saliva, esforzándose por no gritar y revelar su posición. - ¿A qué te refieres? Yo me siento igual.
- Yo también me siento igual, pero en la luz soy un pequeño y amigable ratoncillo, y en la oscuridad me convierto en una rata gorda y horrenda. Eso es lo que él quiere, Delia, que sientas miedo y asco de mi para que salgas. – advirtió rata con tono tranquilo. – Tu ropa no es la misma que la que llevabas antes, y tu piel tampoco tiene el mismo tono de color, ¿sabes? Todo ha cambiado, pero no podrás verte.
- ¿Por qué no? – preguntó con curiosidad, al menos estaba recibiendo muchas más respuestas de las que había tenido antes.
- Porque pare verte necesitas que haya luz, y en cuanto haya algo de luz tu aspecto no será exactamente el que te concede la oscuridad. Yo ahora tengo aspecto de rata de alcantarilla, porque me da la luz y tu cerebro debe darme una forma lógica y coherente para que no te vuelvas loca. Pero, en la completa oscuridad, ¿quién sabe qué aspecto tengo realmente? – sonrió divertido ante la cara que ponía ella, asqueada y fascinada al mismo tiempo. Todo aquello no provocaría más que otra oleada de preguntas, pero podía responderlas.

    Fuera, en el jardín, el silencio era casi total; todas las criaturas que habían estado allí, con ella, se habían esfumado ante la presencia de Oliver, y ahora sólo podían escuchar los sonidos que “el rey” producía:
    Pasos arrastrados, lentos y pesados, que recorrían el jardín de manera paciente. Un murmullo inteligible que se mezclaba con una respiración lenta y trabajosa. Lo peor de todo aquello era el olor, un olor a muerte podrido que lo inundaba todo, dejando tras de sí una esencia nauseabunda y peligrosa. No podía dejar que aquella criatura, salida de alguna pesadilla, la atrapase.

- ¿Y qué quiere Oliver de mí? – preguntó en voz baja, a sabiendas de que aquél ser se encontraba cerca de ellos.
- Mi jardín…mi hermoso jardín, tiene bichos, ¡parásitos! – aulló la voz de Oliver. Sonaba cerca, demasiado cerca de ellos. Lo suficiente como para que Delia se asustara. - ¿Quién se atreve a entrar en mi jardín? Te encontraré, pequeño insecto, y acabaré contigo. En mi jardín sólo pueden entrar mis criaturas…mi jardín, mi hermoso jardín. – la voz comenzaba a sonar más lejos, alejándose.

    Pudieron respirar con calma, aunque aspirando con ello el olor de Oliver, cuando aquél ser se hubo alejado lo suficiente de ellos. Se hizo de nuevo el silencio, largo e incómodo, y Dalia abrió la boca para repetir la pregunta cuando Rata se lanzó sobre ella, poniéndole una de las frías patas sobre la misma para hacerla callar. Los pasos volvieron a sonar cerca de ellos, acompañados de una risa quebrada.

- No podrás esconderte eternamente, parásito maligno. Algún día tendrás que salir de tu escondite, y yo estaré aquí para encontrarte. – dijo en voz alta, volviendo a alejarse.
- ¿Qué  hacemos ahora? – preguntó asustada, al borde de las lágrimas.
- Esperar. – dijo Rata. – No estará aquí eternamente.

- Tengo miedo. – susurró. 

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