miércoles, 5 de marzo de 2014

Centro psiquiátrico

    Dejaron pasar la oleada de risa que produjo la idea de perseguirlos y cazarlos y entonces los empujaron para hacerlos correr por el yermo de las instalaciones.

- ¡Corred, corred, conejitos! – aulló uno de los falsos vigilantes.
- ¡Cuando os atrapemos os vamos a despellejar! – gritó otro de los falsos vigilantes.
- ¡Nos haremos un abrigo con vuestras pieles! – gritó otro, riendo.

    Los pacientes corrieron, alejándose todo lo posible de aquellos malditos psicópatas para tratar de reunirse en algún lugar donde trazar un plan para actuar, sin embargo todo era prácticamente llano. No podrían cogerlos desprevenidos.

- ¿Cuánto tiempo esperaremos para salir a por ellos? – preguntó uno de los falsos vigilantes, ansioso por lanzarse a por ellos. La idea de causar el daño…era demasiado como para poder resistirla.
- Pues… ¡YA! – gritó el líder, riendo.

    Se lanzaron a por aquellos pacientes, que les sacaban algo de ventaja, aullando y riendo, maldiciendo y burlándose de ellos, para asustarlos y hacer que se separasen para poder cazarlos sin problemas; se habían imaginado que podrían intentar defenderse, la gran bata blanca se lo había dicho.

    Los pasillos resultaban mucho más siniestros que de costumbre, mucho más oscuros y silenciosos. Caminaba por allí tratando de buscar algo con lo que poder defenderse o, llegado el caso, poder entretenerla para escapar, pero se temía también que pudiese encontrarse con Burche; sabía que ese maldito desgraciado estaba aliado con ella, o eso debía creer, por lo que no le serviría de nada tratar de convencerlo de que le ayudase.
    Los sonidos se magnificaban en el silencio, y las sombras que producían las lámparas de emergencia tomaban caprichosas formas, aunque la mayoría no eran en absoluto caprichosas, sino que estaban claramente pensadas para provocar un miedo irracional a quien las viese.

- ¿Lo sientes, Roldán? – preguntó la voz de mujer con un sensual susurro en los oídos del hombre. - ¿Sientes ese frío que se te clava en los huesos, subiendo por las piernas? ¿Sientes esa sensación, ese cosquilleo que te recorre la nuca? Se llama miedo, y está justificado que lo tengas. – decía con una sonrisa sarcástica.
- Oh, por favor, no sigas así, ¿quieres? Me canso de oírte, ¿sabes? – respondió Beaumont negando con la cabeza. - ¿Crees que puedes asustarme a mí? No seas ridícula.
- ¿Ridícula? Tiene gracia que digas eso. – sonrió la bata, satisfecha. – Veremos si consigues llegar a encontrarme…o a encontrar a nadie con vida aquí.
- Oh, claro. Ahora me dirás que todos están muertos, ¿verdad? Vas a decirme que los has matado a todos, ¿no es así? – replicó Beaumont tratando de sonar lo más tranquilo y seguro que podía.
- ¿Qué tal si vas a descubrirlo por ti mismo? – desafió la voz.
- No dudes que lo haré.

    Se arrepintió de lo que había dicho en el momento de haberlo hecho, sabía que ella era capaz de acabar con todos en el centro sin inmutarse. La única posibilidad que tenían, si es que tenían alguna, era que todos se uniesen para enfrentarse a ella pero…eso sería imposible; sabía que todos estaban demasiado intoxicados y confundidos por ella como para pensar con claridad. La realidad del asunto era que estaba solo, y eso era malo.
    Empezó a ver sombras moverse en la penumbra, y supo que algo iba mal. Si era ella estaba perdido, pero si era otro…tendría alguna posibilidad.


- Voy a por ti…a cazarte como un conejito asustado. – canturreó una voz que conocía. 

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