Dejaron pasar
la oleada de risa que produjo la idea de perseguirlos y cazarlos y entonces los
empujaron para hacerlos correr por el yermo de las instalaciones.
- ¡Corred, corred, conejitos! – aulló uno de los falsos
vigilantes.
- ¡Cuando os atrapemos os vamos a despellejar! – gritó
otro de los falsos vigilantes.
- ¡Nos haremos un abrigo con vuestras pieles! – gritó
otro, riendo.
Los pacientes
corrieron, alejándose todo lo posible de aquellos malditos psicópatas para
tratar de reunirse en algún lugar donde trazar un plan para actuar, sin embargo
todo era prácticamente llano. No podrían cogerlos desprevenidos.
- ¿Cuánto tiempo esperaremos para salir a por ellos? –
preguntó uno de los falsos vigilantes, ansioso por lanzarse a por ellos. La
idea de causar el daño…era demasiado como para poder resistirla.
- Pues… ¡YA! – gritó el líder, riendo.
Se lanzaron a
por aquellos pacientes, que les sacaban algo de ventaja, aullando y riendo,
maldiciendo y burlándose de ellos, para asustarlos y hacer que se separasen
para poder cazarlos sin problemas; se habían imaginado que podrían intentar defenderse,
la gran bata blanca se lo había dicho.
Los pasillos
resultaban mucho más siniestros que de costumbre, mucho más oscuros y
silenciosos. Caminaba por allí tratando de buscar algo con lo que poder
defenderse o, llegado el caso, poder entretenerla para escapar, pero se temía
también que pudiese encontrarse con Burche; sabía que ese maldito desgraciado
estaba aliado con ella, o eso debía creer, por lo que no le serviría de nada
tratar de convencerlo de que le ayudase.
Los sonidos se
magnificaban en el silencio, y las sombras que producían las lámparas de
emergencia tomaban caprichosas formas, aunque la mayoría no eran en absoluto
caprichosas, sino que estaban claramente pensadas para provocar un miedo
irracional a quien las viese.
- ¿Lo sientes,
Roldán? – preguntó la voz de mujer con un sensual susurro en los oídos del
hombre. - ¿Sientes ese frío que se te
clava en los huesos, subiendo por las piernas? ¿Sientes esa sensación, ese
cosquilleo que te recorre la nuca? Se llama miedo, y está justificado que lo
tengas. – decía con una sonrisa sarcástica.
- Oh, por favor, no
sigas así, ¿quieres? Me canso de oírte, ¿sabes? – respondió Beaumont
negando con la cabeza. - ¿Crees que
puedes asustarme a mí? No seas ridícula.
-
¿Ridícula? Tiene gracia que digas eso. – sonrió la bata, satisfecha.
– Veremos si consigues llegar a
encontrarme…o a encontrar a nadie con vida aquí.
- Oh, claro. Ahora
me dirás que todos están muertos, ¿verdad? Vas a decirme que los has matado a
todos, ¿no es así? – replicó Beaumont tratando de sonar lo más tranquilo y
seguro que podía.
- ¿Qué tal si vas a
descubrirlo por ti mismo? – desafió la voz.
- No dudes que lo
haré.
Se arrepintió
de lo que había dicho en el momento de haberlo hecho, sabía que ella era capaz
de acabar con todos en el centro sin inmutarse. La única posibilidad que
tenían, si es que tenían alguna, era que todos se uniesen para enfrentarse a
ella pero…eso sería imposible; sabía que todos estaban demasiado intoxicados y
confundidos por ella como para pensar con claridad. La realidad del asunto era
que estaba solo, y eso era malo.
Empezó a ver
sombras moverse en la penumbra, y supo que algo iba mal. Si era ella estaba
perdido, pero si era otro…tendría alguna posibilidad.
- Voy a por ti…a cazarte como un conejito asustado. –
canturreó una voz que conocía.
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